lunes, 29 de agosto de 2011

HÁGASE LA LUZ

            Para mí, la tendencia a la magia en las personas es mucho más acusada en las mujeres que en los hombres. Sin embargo, también entre ellos se dan casos de fabricantes de ilusión. Pero ilusión de verdad, magia de la buena. Nada de trucos de circo que sólo aportan entretenimiento. Joseph tiene esa capacidad, ese guiño alocado y travieso capaz de aportar una pizca de brillo a la vida de los demás.
            Durante casi una semana, Joseph nos llevó, a golpe de sorpresa, de un momento maravilloso a otro. Su programa era general: día 1, visita por París. Día 2, al parque de atracciones… y dentro de estas pautas, él hacía lo que creía necesario para conseguir ese brillo en los ojos que delata la emoción. Por la mañana decía “vamos a ir a ver unas iglesias”, y en unos minutos te veías dentro de Notre Dame, pisando ese trozo vivo de leyenda e historia. Luego anunciaba “vamos a ver unas tiendas”, y de pronto te encontrabas en los Campos Elíseos, frente a los escaparates de las tiendas más lujosas del mundo. Más tarde, a través del micrófono oíamos su voz cálida diciendo: “ahora vamos a ver la tumba de un soldado”, y al momento estabas bajo el arco de triunfo de Napoleón, admirando las impresionantes esculturas, los nombres de las batallas que ganó, y la llama que arde perenne en la tumba del soldado desconocido, y pensando en cuántos personajes históricos e ilustres habrían pisado en el mismo lugar en el que tú tenías los pies: reyes, presidentes, héroes…
            Fuimos saltando, como digo, de ilusión en ilusión, de sorpresa en sorpresa, de la mano de Joseph, durante una semana. Pero para mí, el destello de magia más claro que él me proporcionó tuvo lugar a bordo de un barco. Un barco al que no sabíamos que íbamos a subir. Declinaba el sol cuando subimos al bateau mouche para hacer la travesía por el Sena. La vista de los puentes, la historia de cada uno, los monumentos y edificios vistos desde el agua, son ya de por sí suficiente atractivo como para coger el barco, un paréntesis relajado en la maratón de visitas de un viaje así. Creí que la maravillosa vista de Notre Dame recortándose contra el sol poniente era el recuerdo más hermoso que mis retinas iban a llevarse de París. Pero no, me equivoqué.
            Joseph miró la hora y sonrió. Navegábamos ya de vuelta hacia el embarcadero cuando, mientras pasábamos bajo un puente, se levantó de su silla y llamó nuestra atención. “Miren hacia allí, en aquella dirección, por favor”. Su mano señalaba hacia la Torre Eiffel que se dibujaba, oscura, en el cielo. “Et… ¡Voilà! ¡La reina de la noche parisina despierta ante ustedes para que nunca la olviden!” Y de pronto, como una antorcha, la torre se iluminó en naranja. Un murmullo de sorpresa se extendió por la cubierta del barco, que se transformó de pronto en voces de entusiasmo cuando miles de destellos cubrieron la estructura de hierro recorriéndola de arriba abajo, transformándola en un sueño deslumbrante y romántico cuya imagen repetían las aguas oscuras del Sena. Todos los ojos brillaron también. El mago Joseph, sentado en su silla, solamente sonreía.

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