viernes, 12 de agosto de 2011

LA ALQUIMISTA Y EL CANTANTE



            La alquimista pasó el día anterior recorriendo la ciudad. Visitó todas las tiendas de especias del barrio antiguo, los mercados de productos frescos de los barrios más alejados y unos cuantos establecimientos de misteriosos artículos. Cuando llegó a su casa, guardó con cuidado cada hierba, cada baya, cada saquito de aromático polvo, y se fue a dormir. Puso el despertador a una hora muy temprana, antes de que saliera el sol. Era la única manera de tenerlo todo preparado a tiempo.
            Por la mañana se levantó, procurando no hacer ruido. Se puso su delantal, le llenó al gato de agua limpia su cuenco, sacó el mortero y las ollas del armario y encendió el fuego. La magia iba a comenzar.
            Removiendo poco a poco pensaba en la persona a la que iba destinado lo que estaba preparando. Moderó las llamas para asegurar una cocción lenta, tostó algunos frutos en el horno para después reducirlos a polvo en su gran mortero, y los añadió al caldero hirviente. Los olores iban mezclándose e invadiendo toda la casa. Estaba segura de que, cuando terminase, tanto esfuerzo habría valido la pena, y tendría en la persona adecuada el efecto buscado.
            Varias horas después, el cantante entró en la cocina. El trabajo de la alquimista ya estaba casi acabado, pero aún era temprano, así que tomaron juntos un té de hierbas para dar tiempo a que se enfriase convenientemente. Después, el cantante se levantó para interpretar su papel. Iba guapísimo: el pijama de invierno, su mejor batín cruzado, la barba de dos días y las pantuflas de estar en casa. Era la imagen de él que más me gustaba, la de cuando no se iba a trabajar, con su traje y su corbata, dejando que la mayor parte de sus horas las disfrutasen otros.
            El cantante se sentó en mi cama y me despertó:
“Estas son las mañanitas que cantaba el Rey David,
hoy por ser tu cumpleaños te las cantamos a tí.
Despierta, niña, despierta, mira que ya amaneció,
ya los pajaritos cantan, la luna ya se ocultó.
Mira que cuando naciste nacieron todas las flores...”
Y sin terminar siquiera la estrofa, me llenó de besos. El cantante sólo cantaba para mí, el resto del año era profesor de latín, pero poseía una voz bien timbrada y varonil, perfecta para despertarme los sábados por la mañana con alguna canción divertida. La alquimista me llamó desde la cocina. Sobre la mesa había una fuente de tortitas, chocolate caliente y salsas de frambuesas y canela, de manzanas y hierbabuena, de yogur con arándanos, de chocolate blanco y nueces. El desayuno de mi octavo cumpleaños. Yo, riendo entusiasmada, me senté a la mesa con mi pijama de ositos y los rizos despeinados, y enseñando los huecos que en mi boquita infantil habían dejado los dientes de leche que ya se me habían caído, me senté a desayunar. Lo recuerdo como el mejor cumpleaños de mi niñez, esa época en que cada día es único y está lleno de descubrimientos, esa etapa de la vida en que decimos orgullosos los años que cumplimos y no nos miramos las arrugas que el paso del tiempo nos van dejando en el cuerpo y en el alma.
            La alquimista y el cantante, mi padre y mi madre, me hicieron feliz también ese día.

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