sábado, 27 de agosto de 2011

LA CALLE DE ROMA

            El pequeño clarinete llegó a París después de un largo y pesado viaje. Había ido hasta allí sólo para cantar en un sitio importante; por eso, cuando abrió su maleta y se dio cuenta de que había olvidado meter en ella cañas de reserva, el estómago se le puso al revés. La caña que llevaba puesta estaba empezando a rajarse, y cuando se le rompiese, cosa que no tardaría en ocurrir, no tendría ninguna para sustituirla, y se quedaría mudo.
            El llanto desconsolado del pequeño clarinete conmovió a un serio y bigotudo gendarme francés que pasaba cerca; le resultó francamente complicado entender lo que ocurría, pero cuando lo consiguió, sólo dijo tres palabras: CALLE DE ROMA.
            Nuestro clarinetillo se secó las lágrimas y echó a andar. París era muy grande, y tardó casi toda la mañana en encontrar la calle de Roma. Cuando llegó no supo por dónde empezar: las tiendas de música se sucedían una tras otra a lo largo de toda la vía.
            Entró en la primera, y un enorme piano, desde el escaparate, le dijo:
–¿Qué se te ha perdido aquí, enano?
–Bonjour, Monsieur le piano –contestó, educado, el clarinete–. Necesito cañas del número 2 para poder cantar mañana. ¿Usted tiene?
–Aquí no hay de eso –le dijo secamente–. Sólo tenemos pianos y artículos para pianos. Prueba en la siguiente.
El pequeño clarinete se dijo que nunca había conocido a un piano tan antipático. Salió de la tienda y entró en la siguiente. Allí, una partitura le habló desde el mostrador.
–Bonjour, mon petit. ¿Qué partitura necesitas?
            –Buenos días, señora –saludó el clarinete–. No necesito una partitura, sino cañas del número 2 para poder cantar. ¿Aquí tienen?
            –No, pequeño, aquí sólo se venden partituras. Tengo algunas muy bonitas para ti, ¿quieres verlas?
            –Gracias, señora, pero no tengo tiempo –contestó el clarinete–. Necesito con urgencia esas cañas para no quedarme mudo. La que llevo puesta se me está rompiendo y olvidé poner más en la maleta.
Y sacándose una astilla de la boca, se despidió con la manita y volvió a salir a la calle.
            Tampoco hubo suerte en la siguiente tienda, especializada en violines, violas y chelos, ni en la siguiente, que sólo trabajaba viento metal. Desde el escaparate, trompas, trompetas y trombones, tubas y cornetas le miraron y le saludaron al pasar. Él contestó al saludo, y siguió buscando.
            Por fin llegó a un escaparate desde el que otro clarinete, un saxo y un precioso oboe le hicieron gestos con las manos.
–¡Oh, la-la, un clarinete español! ¡C’est très mignon! –exclamó un saxo soprano– ¿Qué necesitas, pequeño?
-Ze me ha doto la caña que tengo en la boca –pronunció el clarinetillo con dificultad–. Nececito una caja de cañaz del doz pada cantad mañana.
El soprano abrió un cajón y sacó de él una cajita azul.
–¡Voilà! Aquí tienes, mon petit. Y no olvides nunca más tus cañas cuando salgas de casa –le recomendó sonriendo–. No siempre encontrarás una calle de Roma que solucione tu problema.
Contento y saltarín, el pequeño clarinete se puso una caña nueva en la boca, sonrió y dio las gracias. Había aprendido una lección muy útil, y deseó tener cerca de casa una calle como aquella, en la que todo el universo musical estuviese al alcance de la mano sólo con cruzar de acera y caminar unos pasos.

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