miércoles, 24 de agosto de 2011

LA NOVIA DE LA MADELEINE

         Hay historias que te cuentan, y otras que no te cuentan. Hay historias que forman parte de la Historia de todos y hay historias que sólo forman parte de la vida de una persona, o de unas pocas. Me gusta conocer las grandes historias, pero realmente me interesan mucho más las pequeñas.
            Cuando entras en la iglesia parisina de la Madeleine, lo primero que te llama la atención es su aspecto. No parece una iglesia, ni mucho menos. Más bien podría pasar por un Parlamento, o similar. En realidad ese edificio neoclásico se construyó sin saber para qué se iba a destinar. La decisión de convertirlo en templo cristiano fue tomada después de terminado. Según nos contaron, es donde se casan la nobleza y la clase alta de París, así como La Almudena o Los Jerónimos en Madrid, o La Virgen en Valencia. Las escaleras de entrada al templo están ajardinadas, y en verdad es un lugar muy hermoso. En el interior, sombrío y solemne, se puede ver un órgano impresionante, de los que se reservan a las grandes catedrales y basílicas. Un pasillo larguísimo conduce al altar, y me imaginé lo que sería casarse en una iglesia así.
            Cuando ya nos íbamos vimos llegar un grupo pequeño de personas muy bien vestidas: las pamelas, tocados y trajes anunciaban boda. Me picó la curiosidad, y me quedé para ver a la novia.
            Un chambelán trajeado, con un gran collar y un bastón ceremonial, salió a buscarla a la puerta, acompañado por los dos sacerdotes oficiantes. Desde el umbral, abrió él la marcha, golpeando el suelo de mármol con la punta dorada de su bastón, exactamente cada tres pasos. Tras él, los sacerdotes, el novio y la madrina, él de negro, ella de rosa palo, rubia, joven y monísima. El fotógrafo disparaba su máquina sin parar; iba vestido con traje y corbata, pero en lugar de zapatos llevaba unas aparatosas deportivas negras. Y, con el órgano cantando a ceremonia, entró ella. Caminaba flanqueada por dos hombres, pero en lugar de ir cogida de sus brazos, eran ellos los que la sostenían. Su paso era lento, y tardó bastante en recorrer el largo pasillo hasta el altar. El velo le cubría la cara, a la antigua usanza, pero no disimulaba ni su emoción ni sus lágrimas. Una sonrisa especial se le dibujaba en la boca, y llevaba un peinado elaboradísimo, lleno de trenzas y ondas. Parecía una novia de hace cien años. El traje, blanco impoluto, sin encajes ni bordados, largo, sencillo y con una pequeña cola, se movía al compás de sus pasos. Entre sus manos, un ramo con cuatro grandes rosas de jardín, de cuatro colores distintos: una roja, una blanca, una rosada y una amarilla. En lugar de zapatos de tacón, calzaba unas bailarinas blancas.
            Pensé que lo de ir acompañada de dos hombres al altar, en lugar de ir del brazo del padrino como hacemos aquí, era una costumbre francesa. Pero cuando terminó de pasar por mi lado y la vi desde atrás, lo entendí. Por encima del borde de su traje, a media espalda, le asomaba el corsé ortopédico que sujetaba su columna. Esa chica necesitaba muletas para caminar. Entendí también su ilusión y su emoción, entendí  por qué un traje tan sencillo, por qué ellos la sujetaban, por qué era su paso tan lento, por qué la ausencia de tacones. Los dos hombres, quizá su padre y su hermano, fueron sus muletas en un día tan importante, como imagino que lo habrían sido en muchas otras ocasiones en su vida.
            Me gustó conocer la historia de un edificio impresionante y representativo de París como la Madeleine, pero me gustó más conocer, o más bien adivinar, la historia de esa mujer de blanco bajo cuyo velo vi una emoción tan intensa. Había tanto cariño en los que la rodeaban que sé que nunca le faltarán muletas en las que apoyarse. Ojalá alguien me hubiera dicho su nombre, aunque sólo fuera para desearle felicidad. Que seas muy feliz, novia de la Madeleine.

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