domingo, 7 de agosto de 2011

LA REINA DEL KARAOKE

            Cuando yo era una tierna jovenzuela, más o menos a mis dieciocho diciembres, llegaron a España los karaokes. Un fenómeno venido del lejano oriente, del Japón, creado para que los ejecutivos nipones liberasen su estrés desinhibiéndose y cantando en público. Al principio nos resultaba extraño verlos en la televisión, la chaqueta del traje dobladita en la silla, la camisa desabrochada, la corbata floja y de lado, arremangados, litros de sake corriendo por sus venas, cantando micrófono en mano ante el regocijo de otros altos ejecutivos que esperaban su turno para hacer el mismo papelón. Pero poco a poco la idea nos fue atrayendo, y los primeros locales de karaoke abrieron sus puertas. En mi ciudad, durante bastante tiempo sólo hubo uno. Y yo lo hacía polvo.
            Si mis amigas iban, yo también. Si mis amigas no iban, pues yo sola. Y hale, con una coca-cola, toda una tarde de diversión. En aquella época repasé todos los clásicos: la puerta de Alcalá, mírala, mírala. Juntos, café para dos, fumando un cigarrillo a medias. Bailar pegados es bailar igual que baila el mar con los delfines, búscate una chica ye-ye que tenga mucho ritmo y que cante en inglés, y el abuelo fue picador allá en la mina. Reconozco que lo de que te aplaudan es adictivo, y no niego que me gustaba entonces y me sigue gustando. Incluso me ofrecieron trabajo cantando en una orquesta después de un memorable “alma de blues” una tarde de domingo, aunque no acepté por razones que no vienen al caso.
            Entonces encontré novio, y a él le daba vergüenza lo del karaoke, no quería cantar y poco a poco yo dejé de hacerlo también para no obligarle a pasar tiempo viendo una actividad que no le atraía en absoluto. Ya se sabe, las pequeñas renuncias del amor. Con los años el tema pasó de moda, los locales cerraron casi todos, los japoneses inventaron otros sistemas para controlar el estrés, y lo de los karaokes quedó para las fiestas de los pueblos, alguna reunión privada de amigos con muchas ganas de juerga, y poco más.
            Anoche, durante una memorable noche de cava, golosinas y cachondeo con la gente de mi grupo de folklore, nos regalaron un par de horas de karaoke. Y mi señor costillo se juntó con otros dos de la misma quinta y se me destaparon con un “viaje con nosotros”, de la Mondragón, con un pitorreo que no se podía aguantar, seguido de un “por la raja de tu falda” de los de quitar el “sentío”. Se ve que a la vejez se le ha curado la vergüenza microfonera, así que, tomando justa revancha por el tiempo perdido, yo me arranqué por Luz Casal, continué por Rosana, seguida de Ana Belén, Sole Giménez, Mecano, Nino Bravo (hay que tocar todos los palos), Rocío Dúrcal y algunos más. Un desquite de dieciséis años de inactividad karaokera que me han dejado nueva.
Tengo que darle cava más a menudo a mi chico. Luego a él le duele la cabeza, pero yo me quedo más a gusto que un arbusto. Para la próxima sesión, creo que voy a atreverme con una de la Pantoja. Ole yo.
           



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