miércoles, 31 de agosto de 2011

LA VOZ DE NOTRE DAME


            Quizá una de las sensaciones más estremecedoras que se pueden experimentar en una ciudad como París es la de colocarse frente a Notre Dame en una mañana de sol y mirar hacia arriba poco a poco. Ir descubriendo los relieves, las míticas gárgolas, las vidrieras, los arbotantes, las ventanas apuntadas, y por último las dos torres incompletas, y reconocer en vivo cada detalle de ese templo que tantas veces hemos visto en las películas y sobre el que tanto hemos leído y oído hablar. Es como arrancar una página de algún libro de historia y meterse dentro. Es legendaria, y al mismo tiempo es tan real que te hace sentir como el protagonista de una novela.
            Para alguien que ame el arte, entrar dentro de ella, pisar su suelo, admirar el coro, la primorosa sillería, las imágenes, el colorido de las vidrieras y rosetones, y la fabulosa Piedad protegida por las rejas es algo que no se olvida, y que tampoco se puede ver en unos minutos, porque encierra tantos tesoros, tanto trabajo de cientos de artesanos silleros, imagineros, escultores, pintores, vidrieros, restauradores, carpinteros, que sólo en honor a ese ingente esfuerzo hay que detenerse a cada paso casi con reverencia.
            Con un poco de imaginación, no es difícil ver ocultarse tras las columnas la silueta de algún monje medieval, o percibir la presencia del maestro organista a punto de hacer sonar algunos acordes. Pero no, allí sólo hay cientos de turistas como uno mismo, docenas de guías explicando los retazos de historia de cada elemento, y un aire denso y pesado producto de la respiración de todas las almas presentes.
            Aún sabiendo que Quasimodo, el famoso campanero deforme de Notre Dame, jamás existió fuera de la literatura y de las películas que nos enseñaron su triste aventura, yo quise verlo con los ojos de mi fantasía, y lo descubrí al fin, observándonos desde la galería superior que recorre discreta los laterales de la nave principal. Le saludé con la mano, y me respondió con un gesto de la suya, que señalaba hacia arriba. Enseguida supe lo que me quería decir, así que me di prisa en salir de la catedral y volver a la plaza exterior.
            Un enorme grupo de japoneses se hacía fotos junto a la larga cola de acceso, y yo corría en sentido contrario: todos querían entrar, pero yo quería salir. Una vez fuera, volví a mirar la fachada al sol de mediodía, y creí verle subiendo hacia una de las ventanas superiores, trepando de adorno en adorno, de escultura en escultura, caminando por los arbotantes con su soltura de equilibrista jorobado. Luego, se apoyó en una de las gárgolas y saltó al interior.
            Plantada en medio de la plaza y con la mirada fija en las torres, pensé una vez más que la imaginación es una herramienta muy poderosa. Si Víctor Hugo pudo verlo para escribir su historia, cualquiera podía llegar a verlo también con los ojos de la mente, como yo acababa de hacerlo. Sólo era cuestión de dejar los prejuicios de lado.
            Terminada ya mi particular visita a Notre Dame, me dispuse a irme, pero la catedral quiso despedirse de mí ofreciéndome un último regalo: su voz. Las campanas legendarias, el bronce más literario de todos los que conozco, comenzaron a cantar una tras otra. Escuché a su tañido solemne decirme: “Volverás. Volverás. Volverás.”
            Ella lo sabe, como yo también lo supe en aquel instante. Volveré, claro que sí. Volveré a ella cada vez que la recuerde, cada vez que la imagine. Volveré cada vez que escuche el tañido de alguna campana, cada vez que huela a incienso, cada vez que encuentre una vidriera que me recuerde los colores de las suyas.
            Espero tener la oportunidad de pisar de nuevo su histórico suelo, pero hasta que ese día llegue, regresaré con mi imaginación a menudo. Ella no dejará que la olvide.

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