viernes, 5 de agosto de 2011

LAS GAFAS DE SOL DE MARÍA


            Las gafas de sol de María estaban muy cansadas. Y tenían miedo. Ella las compró un día, cuando aún era feliz, pero las utilizaba para esconderse desde que todo había empezado a torcerse.
            Al principio con el maquillaje había bastado, y las gafas sólo tapaban sus lágrimas, pero pronto los hematomas y los derrames producidos por los golpes eran tan grandes que no había pintura capaz de taparlos, y ellas eran lo único que la libraba de las preguntas en la calle, de la vergüenza de decir: mi marido me ha dado una paliza.
            María fue fiel a las mismas gafas de sol durante los seis años que duró su calvario. Él tampoco le daba dinero suficiente como para comprar otras, controlaba con mano de hierro a dónde iba, qué hacía, con quién hablaba, qué se ponía... y cualquier cosa era un motivo, una excusa suficiente para exaltar su ira y provocar los golpes. María era una mala esposa, una desvergonzada, una puta, y se merecía cada puñetazo, cada insulto que él le propinaba. Era el castigo justo a lo mal que se portaba.
            Las gafas de sol trataban de protegerla de la luz, de las miradas de los demás, pero pronto no fueron suficientes, y comenzaron a sufrir viendo el deterioro de María. Las lágrimas eran tan frecuentes que las tenía que limpiar demasiado a menudo, y ellas también empezaron a estropearse, como su dueña. Querían gritarle: “María, tú no tienes la culpa, denúnciale. No te castiga porque te lo merezcas, sino para camuflar su propia incapacidad para ser una persona normal. No te ama, nunca lo hizo, sólo depende de tí para sentirse fuerte, superior. ¡¡¡DENÚNCIALE!!! ¡¡¡ESCAPA!!!” Pero María no las oía, y seguía perdonando, seguía escondiendo, llorando a solas, temblando de miedo cada vez que él llegaba a casa. Y después de los golpes aceptaba los besos, las flores, las súplicas de perdón, no me dejes, yo te quiero, lo siento, no pasará más... y volvía a colocarse las gafas de sol para salir a la calle.
            Una mañana en que ella salía a por el pan, su marido, que no había ido a dormir, volvía a casa borracho y furioso. Se dio de bruces contra él nada más salir del portal. María cometió el error de preguntarle dónde había estado, y él ni siquiera contestó. Las gafas de sol se negaron a abandonar a su dueña a pesar de los golpes, y se interpusieron entre el puño y los ojos. Cayeron hechas trozos, llenas de sangre, vencidas, casi a la vez que cayó María sobre el suelo. Los que pasaban por la calle no tuvieron tiempo de detener al monstruo, que acabó con la vida de su mujer a cuchilladas. Ella no se defendió, ni siquiera intentó huir. La tortura había terminado.
            Las gafas de sol de María salieron en los informativos de todas las cadenas. Sobre la acera, entre los guantes y las jeringuillas abandonadas por los sanitarios que inútilmente habían tratado de devolverle la vida, entre las manchas de sangre de su dueña, yacían hechas añicos. María se convirtió en la víctima número dieciocho de la violencia doméstica de aquel año. Sus gafas murieron felices porque al menos sus cristales rotos hirieron a la bestia en el puño. Dentro de unos años, cuando salga de la cárcel, las cicatrices en los nudillos le recordarán a María, no le dejarán olvidar lo que hizo con aquel ser espléndido que cometió la equivocación de casarse con él.
            Todas las Marías del mundo se esconden tras unas gafas de sol.

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