sábado, 13 de agosto de 2011

LAS LÁGRIMAS DE SAN LORENZO

            Ayer hubo lluvia de estrellas, ese fenómeno conocido como “Lágrimas de San Lorenzo” que se produce todos los años alguna vez, y que siempre nos maravilla y se convierte en noticia como si fuese algo inusual. Yo soy una de esas personas que piensan que todo puede tener una doble, o una triple lectura, dependiendo de los ojos que lo miren, y los míos tienden a ver las cosas de forma distinta al común de los mortales. Os voy a poner un ejemplo gráfico de a qué me refiero.
            Anoche, a unas horas en que la gente decente ya está bastante rato durmiendo, allá que nos fuimos mi costillo y yo montaña arriba, en una zona rural, buscando la oscuridad necesaria para admirar el fenómeno. Y esto fue lo que pasó.
VISIÓN 1:
 La tormenta de la tarde había dejado la tierra húmeda y fragante, y la hierba del campo exhalaba toda su esencia al aire nocturno. Los grillos, festivos y alegres, llenaban con su canto monótono cada rincón, y el cielo exhibía el rostro de la luna, casi llena, entre los restos de las nubes que se resistían a disolverse en el aire veraniego. Un pájaro nocturno voló cerca de nosotros, y posándose en alguna roca nos regaló su ulular característico como saludo. Una brisa fresca aliviaba el ambiente de agosto cuando nos sentamos a mirar al cielo, muy juntos, buscando esas estrellas fugaces a las que pedir nuestros deseos. El Universo nos obsequió con una de sus perlas, que dejó caer surcando la bóveda negra hacia nosotros. Nos miramos, contentos, y cerramos los ojos, formulando sin hablar nuestro secreto anhelo. Más tarde, cogidos de la mano como dos novios, emprendimos el camino a casa.
VISIÓN 2:
            Después de toda la tarde lloviendo y sin poder salir de casa, aguantando rayos y truenos, por fin pudimos asomar el morro a la calle. Menos mal, porque ya pensaba que nos íbamos a perder la lluvia de estrellas fugaces. Mientras caminábamos monte arriba, las matas de romero que crecían a ambos lados del camino, animadas por el intenso remojón de la tarde, olían tanto que mareaban. Ignoro si había alguna manifestación reivindicativa de grillos, pero así debía ser, porque se oía su chirrido enervante por todos los rincones, y por muchas piedras que tiré alrededor los puñeteros bichos no se callaban. He de decir que esa especie de cucarachas campestres negras y chillonas me da bastante asco, y sólo de pensar que pululaban a mi alrededor a sus anchas se me ponía la carne de gallina. La luna no tenía otro día para estar casi llena,  emanaba tanta luz que casi no se veían las estrellas, y aún quedaban muchas nubes, con lo cual iba a resultar más que difícil ver el famoso fenómeno. Cerca de nosotros, no sé si era búho, lechuza, mochuelo o qué rayos, pasó haciendo un vuelo rasante y nos dio un susto de muerte, para luego posarse en una piedra y ponerse a ulular como un fantasma. Daba un mal rollo impresionante. Se levantó un aire helado y yo, que por una vez me había dejado la chaqueta en casa, empecé a tiritar en cuanto paramos de caminar y nos sentamos a mirar el cielo. Me arrimé lo que pude a mi costillo, más que nada porque tenía frío y él es como una manta (ya me casé yo con idea, que siempre he sido muy friolera), y allí nos quedamos, mirando hacia arriba, esperando ver caer alguna estrella. Más de una hora después, con el cuello dolorido, el trasero mojado de estar sentados sobre la tierra húmeda, ateridos y hartos de esperar, estábamos a punto de irnos a casa cuando vimos algo cruzar el cielo. Empleamos todo el camino de vuelta en tratar de averiguar si realmente había sido una estrella fugaz o un cohete de las fiestas del pueblo vecino. Yo me inclino más por lo segundo, aunque, puestos a pedir deseos, formulé el mío: llegar sana y salva a casa sin descalabrarme monte abajo por el camino, y que la aventura no me costase un resfriado.
Con estos ejemplos gráficos queda claro que todo es del color del cristal con que se mira. Cuidando de mi salud mental, trato de quedarme siempre con la versión bonita. Pura cuestión de supervivencia.

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