jueves, 25 de agosto de 2011

LINDA VERACRUZANA

            El barrio latino es un lugar que rebosa encanto por todas sus esquinas. Es como una especie de universo dentro de la ciudad, donde puedes encontrar personas de cualquier nacionalidad que se te ocurra. Está lleno de restaurantes de todas clases, de todos los países. También está repleto de las consabidas tiendas de souvenirs que llenan el centro de París, en las que reina la Torre Eiffel en todos los colores y tamaños posibles, estampada en todo tipo de objetos y adornando cualquier cosa que se pueda imaginar.
            Paseando por sus calles, concretamente por la Rue de la Huchette, mis hijas pegaron la nariz a un escaparate. Era una heladería fantástica, y a eso en pleno agosto no hay ser humano que se resista. Saqué el monedero, preparada para el sablazo, cosa bastante normal en París. No me equivoqué, desde luego.
            Detrás del mostrador reinaba una mujer morena. Era un bellezón espectacular. Vestía con el uniforme negro y el gorro de la casa. Sus cejas, dos líneas oscurísimas muy bien dibujadas, amparaban unos ojos vivarachos y también negros. En los escasos diez minutos que estuve frente a ella la oí hablar en cinco idiomas distintos con la misma soltura de un experto traductor de la ONU.
            No me hizo falta preguntar qué hacía una persona como ella sirviendo helados en el barrio latino de París; el cliente anterior a mí ya lo estaba haciendo. Le contó que era de Veracruz, en México, y que la mayoría de personas que tienen la oportunidad de marcharse de allí lo hacen sin dudarlo. No porque no amen su tierra, que lo hacen, y mucho, sino porque allí no hay quién viva tranquilo. “La semana pasada hubo catorce “balaseras” y un ataque con granadas. ¿Quién puede vivir así?”
            Con la misma gracia con la que hablaba en su dulce castellano, preparó cuatro deliciosos helados de cucurucho formando una flor con los sabores que le habíamos pedido. Después se despidió de nosotros en catalán.
            Por un momento la imaginé vestida con un traje elegante, y con el pelo negro suelto sobre su espalda morena. Podría haber sido una estrella de cine, o un miembro del cuerpo diplomático de su país. Era como una princesa, pero en lugar de tiara llevaba un gracioso gorrito negro. Sólo con su sonrisa hacía que los helados fueran incluso más sabrosos. Paola, la linda veracruzana que conocí en la Rue de la Huchette, es una joya dentro de ese multicolor joyero que es el barrio latino de París. Una reina de los mayas de incógnito en Francia.

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