jueves, 18 de agosto de 2011

MI ARMARIO

            Cuando vine a vivir a esta casa traje todos los muebles de la anterior. Complicamos a los amigos y a la familia en la mudanza, y a cambio de una buena paella todo el mundo participó encantado. Desmontamos camas, armarios, mesas, cajones, lámparas, y entre los coches y furgonetas de todos me llevé mi vida a otro lugar en cuestión de un par de días. Lo teníamos todo ya instalado y colocado en menos de una semana, pero nos faltaba algo: un armario. En la antigua casa mi dormitorio contaba con uno empotrado, que evidentemente quedó en ella. Así que yo no tenía dónde guardar mi ropa, que provisionalmente permanecía en cajas y maletas. Imagináos lo que era, no encontrábamos nada, para localizar un pantalón o una camiseta determinada podíamos estar una hora revolviendo, y luego estaba tan arrugada que la plancha echaba humo a todas horas… un desastre. Había que poner un armario, pero con urgencia.
            En el horno donde compraba el pan me recomendaron un carpintero, y le llamé ese mismo día. Vino a casa para tomar medidas, y aquello parecía más un sastre italiano, amanerado y un poco ido de la cabeza, que un carpintero de verdad. Tomó nota de mis indicaciones, el color, la calidad de la madera, los tiradores y el interior que yo quería. Tardó más de un mes en fabricarlo, yo ya estaba que echaba humo.
            El día que vino a instalar el mueble yo no podía estar en casa, así que le di las llaves a un amigo para que se encargase de abrir y controlar que dejasen el armario montado. Cuando llegué por la noche me quedé de piedra. ¡Aquello no se parecía en nada a lo que yo había pedido! Era completamente distinto de color, las puertas que yo quería caoba eran de madera rubia como la miel, no pegaba nada con el resto de muebles de la habitación, los tiradores eran caras sonrientes, y donde yo quería cajones había estanterías, donde yo quería barras puso cajones, y donde tenían que ir las estanterías puso barras y zapatero. En fin, un desastre. Le llamé y le dije de todo. Le insistí en que no le pagaría el trabajo hasta que no estuviese a mi gusto, y prometió volver para arreglarlo en cuanto tuviese hueco. Pero pasaron las semanas, y ni él venía ni me cogía el teléfono, así que resolví colocar toda la ropa en aquel engendro de armario provisionalmente, hasta que consiguiera hacer que aquel tipo hiciese el mueble que yo quería.
            Unos días después me invitaron a una fiesta. Abrí el armario sin saber qué ponerme. No tenía nada apropiado. Y sin embargo, en un rincón de la barra colgaba un vestido que yo no recordaba tener. Cuando mi marido llegó de trabajar le besé y le di las gracias por el regalo, el vestido era precioso y me sentaba como un guante. Él juraba que no era cosa suya, pero yo no le creí. Como es tan bromista…
            Al poco tiempo, el carpintero seguía sin venir, y nosotros teníamos que asistir a una boda. El traje que pensaba llevar no me cabía. Pensé en ir al día siguiente a comprarme algo, malhumorada por el gasto imprevisto, pero cuando fui a buscar unos vaqueros limpios para salir vi que colgaba en el armario un conjunto verde ideal de la muerte. Mi marido estaba de viaje, él no pudo haber sido. Yo no le encontraba explicación. A no ser que… pero no, imposible.
            Lo que me dio la pista definitiva fue el vestido de flores. Lo vi en un escaparate, y me encantó. Me lo probé, y me quedaba fantástico, pero lo que decía la etiqueta no se puso de acuerdo con lo que opinaba mi cartera, así que se quedó en la tienda. Malhumorada, me fui a casa, y al abrir el armario para sacar el pijama, allí estaba, colgado dentro de una funda de plástico, el vestido de flores. Los tiradores de carita sonriente me guiñaban el ojo. Como os podréis imaginar, aluciné en colores. Desde ese día, cada prenda o vestido que yo quería tener, el armario me lo daba. En pocas semanas el mueble estaba tan lleno que no cabía nada más en él. Entonces apareció el carpintero.
            Le invité a café con pastas, le di las gracias, le dije que no hacía falta que cambiase nada, que el mueble era perfecto tal como estaba y que me disculpara por lo mal que le hablé por teléfono el día que lo instaló. Le pagué todo lo que le debía, creo que fue el dinero que más a gusto solté en mi vida, y él se fue, no sin antes mirarme de modo extraño y refunfuñar sobre los cambios de humor y de idea de las mujeres. “Ah, la donna é móbile cual piuma al vento…” dijo.
            Para mi disgusto, cuando entré en mi habitación el armario había cambiado. Las puertas y los tiradores eran lo que yo había pedido en un principio, las caras sonrientes y el color miel habían desaparecido. Lo abrí, y el interior también había cambiado: los cajones, estantes, barras y zapateros estaban donde marcaba el diseño original. Y ya nunca más me regaló ningún vestido. Sólo, a modo de despedida, me dejó una camiseta blanca, en la que se podía leer:
“LA MAGIA ES UN REGALO MARAVILLOSO. PERO CUANDO PAGAS POR ELLA, CUANDO TRATAS DE COMPRARLA, SE ESFUMA”
            Pensadlo con calma y os daréis cuenta de que así es.

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