lunes, 1 de agosto de 2011

MOSAICOS

            Jaime era un hombre de apariencia huraña que vivía solo. No se le conoció nunca compañía alguna, más allá de sus perros, a los que hablaba como si fueran personas, y los pájaros que anidaban en los árboles de su jardín. Era un empleado del servicio de recogida de basuras, y conducía todas las noches un camión maloliente de calle en calle, parando para vaciar todos los contenedores que encontraba en su ruta. Y después de terminar su jornada laboral, todo el tiempo que le quedaba libre lo empleaba en su gran pasión: los mosaicos.
            Su casa era conocida en toda la comarca, era la obra de una vida entera recogiendo azulejos de colores en los vertederos y las escombreras, eligiendo los dibujos, trasladándolos con trozos de carboncillo a los muros de la vivienda, y luego recubriéndolos, con la paciencia de los artesanos que aman su oficio profundamente, de trocitos de cerámica de tamaño regular. Podía pasarse horas con su pequeño martillo en la mano, troceando baldosas o botellas de vidrio de colores, para conseguir los fragmentos del tamaño justo para cada hueco de un mosaico.
            Cuando se le terminaron las paredes de su casa comenzó con el muro exterior que circundaba el jardín, y cuando agotó la cara interna, emprendió la parte que daba a la calle. Dividió el perímetro total del muro en nueve partes iguales, y después realizó una escena distinta en cada una de ellas. Con cada una de esas nueve partes empleó casi dos años de trabajo. Culminó su obra cuando él ya contaba setenta y dos primaveras; el día en que fraguó la pasta con que rellenó los huecos para consolidar el último de los mosaicos, se bañó, se afeitó, se cortó el pelo, se puso un traje nuevo, compró un ramo de flores y, con él en la mano, cruzó la calle y llamó a la puerta de la casa que quedaba justo enfrente de la suya.
            Le abrió su vecina de toda la vida, una mujer de sesenta y cinco años que lucía su hermoso pelo gris recogido en una larga trenza. Era domingo, y se había vestido con su mejor blusa de lunares para ir a comer a casa de su hija y jugar un rato con sus nietos. Hacía ya cinco años que había enviudado.
            Jaime le ofreció las flores, al tiempo que hizo el discurso más largo de toda su vida.
            –Señora Rosa, he venido a decirle que ya he terminado de decorar su nueva casa. Empecé con la primera pared cuando la conocí a usted, el día que se mudó aquí enfrente, recién casada con su difunto marido. Tenía usted apenas veinte años, y era entonces, y sigue siendo, la mujer más hermosa que yo vi nunca. Como supuse que tendría que esperar bastante para que usted pudiera acceder a verme a solas, comencé a hacer estos mosaicos, pensando en que una mujer tan bella se merecía la casa más llena de amor y belleza que se pudiese imaginar. Por eso todas las paredes hablan de amor.
            Rosa enmudeció. Se detuvo a contemplar cada una de las escenas que llenaban los muros: en una, Tristán e Isolda. En otra, el balcón, Romeo y Julieta. En otra, Penélope y Ulises frente al tapiz que ella tejía y destejía esperando la vuelta de su marido. Otra más, Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en Casablanca. Rhett Buttler y Escarlata O’Hara en Tara. Paris y Helena de Troya. La Sirenita y el príncipe Erik luchando contra la furia del mar desatada por la bruja. Gara y Jonay huyendo desesperados montaña arriba, perseguidos por la familia de ella… todas eran escenas de célebres historias de amor. Jaime se había pasado la vida esperando a que la mujer de la que se había enamorado quedase libre para poder cortejarla, y mientras tanto alimentó su devoción recreando sus historias de amor favoritas. Había más de veinte, en las que había empleado casi toda su vida.
            En la última, la que aún tenía el yeso fresco, un hombre frente a una puerta abierta le ofrecía flores a una mujer peinada con larga trenza. Rosa aceptó el ramo con una sonrisa.
            –Don Jaime, ¿quiere usted pasar a tomar un café? Ayer preparé unas pastas.
Jaime, sonriendo a su vez, entró tras ella y cerró la puerta.

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