sábado, 20 de agosto de 2011

NO SÉ POR DÓNDE SEGUIR

            “No sé por dónde seguir”. Era la frase que más se repetía a sí misma Carmen desde el día en que Mar se marchó. “No sé por dónde seguir”.
            Mar tenía trece años cuando el diagnóstico de su tumor segó para siempre la sonrisa del alma de Carmen. No así la de su cara, continuamente sonreía para que Mar no la viera triste, pero las palabras del médico fueron tan concluyentes, tan aplastantes, que no quedó lugar para la esperanza. Un sustantivo y tres adjetivos: proceso largo, doloroso e imparable. Desde ese día, el cáncer contó hacia delante y Mar contó hacia atrás.
            Las segundas y terceras opiniones no ofrecieron el milagro esperado, el del error en las pruebas. Desde entonces, Carmen vio en los ojos de Mar el avance de la muerte sin poder hacer nada para evitarlo. A medida que la enfermedad iba invadiendo aquel cuerpo que con tanto amor había parido y criado, a medida que su niña iba perdiendo capacidades y sintiendo más y más dolor, en el corazón de Carmen se empezó a librar una batalla feroz entre sus creencias más arraigadas y su instinto de madre. Mar iba a morir, pero antes iba a sufrir más de lo que cabía imaginar. ¿Qué podía pedirle a Dios? ¿Qué deseo debía prevalecer? ¿Debía rogar para que su hija no muriese, o por el contrario debía rezar pidiendo que dejara de sufrir cuanto antes? Cuando la ley de la vida no se cumple y una madre debe enterrar a un hijo en lugar de ser al revés, todos los principios morales saltan por los aires. Nadie la podía ayudar.
            Desde la cama, Mar la miraba. Carmen le sonreía con dulzura, le inyectaba las dosis de morfina y después la arropaba y le daba un beso. Pero unos minutos más tarde, cuando con el alivio de las drogas llegaba el sueño y su niña se dormía, Carmen lloraba de rabia sabiendo que el próximo despertar sería más doloroso que el anterior. ¿Era posible sentir mayor impotencia?
            Habló con un abogado. Luego con otro. La ley lo impedía todo. Sólo quedaba administrar los cuidados paliativos para el dolor y esperar a que la naturaleza de Mar se agotase. No se podía acortar su agonía. Dos años después de escuchar la sentencia de muerte de su hija, Carmen comenzó a desear cada vez con más fuerza poder terminar con aquella vida que tanto amaba para que por fin pudiese dormir, para que dejase de sentir aquel dolor.
            El médico se quedó pálido cuando aquella mujer menuda y desesperada le pidió consejo sobre cómo matar a su hija de la manera más dulce posible. Se negó a seguir tratando a Mar y amenazó con denunciarla. Carmen buscó otro médico, y otro, pero ninguno la ayudó. Comprendió que Mar y ella estaban solas.
            Los medicamentos los compró por Internet. Luego lavó a Mar, le peinó con cuidado los pocos cabellos que la enfermedad le había dejado y le puso unas gotas del perfume que a ella le gustaba. Le dijo lo que iba a hacer, y Mar sólo le contestó que la quería. La morfina la durmió. Las otras sustancias hicieron el resto.
            Sentada en su celda de la cárcel, Carmen pensaba en lo que iba a hacer cuando saliese. La condena no fue demasiado severa. Ella no había querido recurrirla. Había matado por amor, y no le importaba pagar por eso si era necesario. Lo que le preocupaba era qué iba a hacer con su vida cuando tuviese que volver a casa. A casa de Mar sin Mar. “No sé por dónde seguir”. Sólo tenía diez años por delante para pensarlo. Sólo diez.
            Lentamente se levantó de su cama. El toque de sirena marcaba el comienzo del día para las presas. Se vistió, se peinó y salió al pasillo, en donde se perdió entre el resto de compañeras del módulo penitenciario.
                                                                 

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