lunes, 15 de agosto de 2011

ORGULLO FAMILIAR


            Cuando Nuria dijo que quería tocar la trompeta, recuerdo que pensé: “madre mía, la trompeta... qué instrumento tan poco femenino”. Claro, que por entonces ella era un mico pequeñajo y yo de viento y metales sabía bastante poco. Pero Nuria, heredera directa del carácter campanero de su abuelo y su madre, no dio opción a protestas. “Si no me dan una trompeta, no estudio música”. Hale, trompeta para la niña.
            Ella fue uno de los primeros componentes de la banda infantil, que se creó por entonces para abastecer a la grande de nuevos músicos. Debutaron un verano, con camisa blanca y un lazo azul marino en lugar de corbata. Aquel “DO-RE-MI” de “Sonrisas y lágrimas” no tuvo precio, por los titubeos de algunos de aquellos mini-músicos, y por los babeos de padres, tíos y abuelos que llenábamos la plaza. Y Nuria aquella tarde dio una lección de que no importan los pocos años cuando la música va escrita con tinta indeleble en tu código genético.
            En eso pensaba yo anoche, sentada en una silla parecida, en la misma plaza, pero unos cuantos años después, durante un concierto de la banda. Recuerdo que aquella tarde tuvo que tocar de pie, porque si se sentaba en la silla las piernas no le llegaban al suelo y no se la veía por encima de su atril. Ahora la veo, tan alta, con su melena castaña brillando bajo los focos casi tanto como el metal pulido de su trompeta, y aunque conserva el gesto infantil de colocarse el flequillo para que no le moleste, la pequeña Nuria de entonces ya no existe. Sólo se asoma a sus ojos cuando sonríe.
            Su abuelo estaba muy orgulloso de ella. Tenían una relación muy especial, así que supongo que él anoche bajó a escucharla tocar, a verla reinar entre los metales. Yo, como soy de lágrima fácil (de sobra lo sabéis a estas alturas), solamente de imaginarlo ya tuve que sacar el pañuelo.
            Mi flautilla travesera, sentada a mi lado, miraba y escuchaba. Mi pequeño clarinete, una silla más allá, se durmió a la segunda pieza. Continuar lo que empezó su abuelo era algo natural para ellas, no entenderían la vida de otro modo, y sé que él ve crecer lo que sembró y sabe que con cada nota que sale de sus labios, sus chiquillas le dan las gracias.
            La cuarta nieta, la mayor de todas, lo intentó de niña, pero pronto se dio cuenta de que la música no era lo suyo. Ella heredó, grabada en su carácter, una constancia a prueba de bomba, la misma que él tenía, y que la llevará todo lo lejos que quiera ir.
            Para el reparto de esta herencia no han hecho falta notarios, ni bancos. No ha habido peleas, ni papeles, ni escrituras. Y sin embargo es un legado tan fabuloso que hace que no sintamos envidia de nadie. Es el orgullo familiar, reconocer en ellas lo que él fue, lo mejor que él tenía. Y sé que anoche él las miraba igual que las miraba yo, y mientras yo lloraba, él seguramente reía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario