viernes, 19 de agosto de 2011

PATATAS FRITAS

            Hasta ayer no me había dado cuenta de lo difícil que se ha puesto hoy en día hacer la compra en un supermercado. Antes, las cosas eran de otra manera. Comprar vino, por ejemplo. Había tres o cuatro marcas para elegir. Se acababa enseguida. Ahora empiezas a recorrer las estanterías de la zona de vinos, y si lees las etiquetas de todo, te puede llegar la hora de cierre del establecimiento sin haberte decidido. Entras pensando comprar un tinto para la comida, y sales con un cacao mental de espanto. Igual te ocurre con el vinagre, por poner un ejemplo. Mandas al costillo a por una botella de vinagre y vuelve sin ella. ¿En vidrio o en plástico? ¿De vino o de manzana? ¿Blanco o negro? ¿Al estragón, con laurel, a la pimienta, al ajo, o de frambuesa? ¿Español o de Módena? ¡Si yo sólo quería una botella de vinagre para arreglar los boquerones! Es tremendo.
            Ayer me planté. En una sola compra tuve que decidir entre quince variedades de aceite de oliva (picual, arbequina, extra virgen, virgen a secas, un grado, medio grado….), once de patatas (freír, cocer, gallega, morada, nueva, manchega…), sesenta y cinco de vino blanco, ocho de pimentón y cinco de sal gorda. Eso para hacer un pulpo a la gallega. Menos mal que de pulpo sólo había una clase, porque yo ya me esperaba tener que elegir entre pulpo del Cantábrico, el Atlántico o el Mediterráneo, macho o hembra, liso o con pintas…
            El acabóse ya llegó con mis hijas, que pidieron una bolsa de patatas fritas para el aperitivo. Casi me desmayo cuando enfilé el pasillo. Sabor jamón, vinagreta, crema de cebolla, barbacoa, queso (cheddar y picón), bravas, punto de sal, churrería, onduladas, lisas, tradicionales, oliva, girasol, torrezno de Salamanca, cheeseburguer, en bolsa, en tubo… Más de media hora después aún no habían alcanzado un consenso. Huelga decir que nos fuimos del supermercado sin patatas fritas y con un cabreo considerable, y es que entre que yo no soy la reina de la paciencia y que al pulpo le cuesta varias horas cocerse… en fin, corté por lo sano y desoyendo las protestas infantiles nos fuimos a casa, pelé dos patatas de las que había en el verdulero (de variedad desconocida), las freí con el aceite que tenía en el armario (oliva corriente y moliente), un pellizco de sal de mesa de la de toda la vida, y ya está. Patatas fritas.
 Bueno, no era tan complicado después de todo, ¿verdad?

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