jueves, 4 de agosto de 2011

PELUQUERÍA TERAPÉUTICA

            Después de una semana de infinito mal humor, Anna vio venir una crisis de ansiedad y llanto, y decidió pasar a la acción. Las otras veces que le había ocurrido lo había pasado francamente mal, incluso había llegado a decir cosas que no sentía y de las que luego tuvo que arrepentirse. Tenía que evitarlo, pero no sabía cómo.
            Como les ocurre a casi todas las mujeres cuando hay algo en su vida que les gustaría cambiar y no pueden, pensó en ir a la peluquería y cambiar de imagen. Le habían dicho que podía servirle de ayuda, y decidió probar. Pero, ¿a qué peluquería podía ir? No le gustaba ninguna de las que conocía. En algunas le cobraron demasiado cuando las probó. En otras no le gustó el trabajo que le hicieron. En otras había que pedir cita con tanta antelación como para ir a un traumatólogo de la seguridad social… De pronto, Anna recordó que cerca de su casa habían abierto una pelu nueva, y pese a que no conocía a la peluquera, decidió ir.
            La chica, un encanto de pelo castaño y casaca verde, le abrió la puerta y le invitó a entrar. Con una sonrisa preguntó “¿Qué quieres que te haga?”. Y Anna respondió “Todo lo que se te ocurra. Tinte, mechas, corte, peinado… haz que parezca otra. Ahora mismo me veo como un oso con sarna, y no me gusta. Ayúdame, por favor”.
            A pesar de su juventud, Teresa se dio cuenta enseguida de que lo que Anna quería no era solo un aspecto distinto. Y ella sabía lo que tenía que hacer.
            Comenzó a trabajar. Le cepilló el pelo con suavidad, y empezó una charla intrascendente para distraerla. Luego acercó el carrito con todos sus útiles de trabajo, y mientras peinaba y distribuía pinzas por su cabeza, le habló del buen tiempo. Luego preparó un tinte, y le añadió un extraño líquido, pero Anna pensó que sería algún aditivo nuevo para mejorar el color. El caso es que, a medida que le iba llenando la cabeza de papeles de aluminio y le iba aplicando aquella pasta, los pensamientos negros que le ocupaban la mente iban perdiendo su color oscuro y volviéndose rubios e inofensivos. Cuando terminó con las mechas le puso un tinte distinto, al que había añadido el contenido de una botellita redonda de color rosa. Y, a medida que se lo iba aplicando sin dejar de charlar de libros, películas y viajes, Anna notaba cómo el pesimismo y el mal humor que durante días no le habían dejado dormir se iban suavizando.
            Teresa miraba a Anna a través del espejo del tocador mientras colocaba pinzas aquí y allá, y le ofreció un café: cafeína, hielo, sacarina y una revista del corazón. Echaron un rato en comentar los amores y desamores ajenos, la ropa y el pelo de las celebridades de turno, los kilos de más y de menos de unas y otras… Luego, el agua, el champú y un suave masaje arrastraron por el desagüe el resto de soledad y lástima de sí misma que habían invadido a Anna en las últimas semanas.
            La peluquera sacó entonces sus tijeras mágicas, y después de mirar con atención el rostro de Anna, comenzó a mover sus manos con delicadeza, cortando aquí, retocando allá, vaciando acullá… con cada mechón de pelo que caía Anna se sentía más ligera. Luego entró en juego el secador, y un extraño cepillo dorado que se enredaba en su pelo haciendo que tomase formas que no conocía. El aire caliente dispersó cualquier residuo de pensamientos negativos, y la plancha achicharró con precisión los restos de amargura.
            Anna se miró al espejo por todos los lados. Hacía años que no se veía tan guapa. Pagó la cuenta a Teresa, conteniendo las ganas de darle un beso, y se fue a casa sonriendo. La peluquera buscó en el armario una escoba para barrer su local y, canturreando una canción de Melendi, sacó la varita mágica que llevaba escondida en un bolsillo de su casaca verde y la guardó en el botiquín, junto a las tiritas y el desinfectante. Contenta, le abrió la puerta a un nuevo cliente.

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