domingo, 28 de agosto de 2011

PROMETER UN SIRTAKI

            Nos hizo gracia aquel callejón tan estrecho, y también su nombre: Rue du Chat qui pêche (calle del gato que pesca). Lo recorrimos, y la casualidad quiso que al rebasar la esquina con la rue de la Huchette viéramos un gato tumbado ante el mostrador de pescado de un restaurante griego. "¡Mira, mami! ¡El gato que pesca!", dijeron mis hijas. Me detuve a hacerle una foto al animal, y ese fue el momento que aprovechó el encargado del local para salir a llamar nuestra atención. Era un hombre de unos treinta años, alto, muy moreno y con una agradable sonrisa. Con ella por bandera, y con su graciosa mezcla de francés, castellano, italiano y griego, consiguió que nos quedásemos a comer en su restaurante.
            Reconozco que el sitio era de lo más pintoresco. El famoso gato se paseaba por el comedor como Pedro por su casa; los jarrones helénicos se mezclaban con reproducciones de los frisos del Partenón en las paredes, columnas de capitel corintio, lámparas de lágrimas de vidrio rojo, peces disecados, linternas de barco y otros elementos. Pero en fin, el conjunto era agradable y la música también, y a pesar de las dificultades que tuvimos para entendernos con los camareros, comimos bien.
            Andreas, el hombre moreno de la sonrisa mediterránea, salía de vez en cuando a preguntar si necesitábamos algo, si todo estaba a nuestro gusto, y entre visita y visita fue fijándose en todas las mujeres que había en el grupo. Trató de ser amable con las de más edad, y correcto con las evidentemente casadas, como yo (digo evidentemente porque tenía a mi marido sentado a mi lado). Pero pronto centró sus atenciones en las solteras, y su sonrisa no era la misma. Entre bromas y gestos simpáticos llenos de doble intención se fue situando a su espalda para terminar tirando los tejos descaradamente a tres de ellas, que le seguían el juego divertidas.
            A la hora de los postres, las miradas iban que volaban. A Andreas parecía darle igual cuál de las tres respondiera a sus requiebros, pero en el fondo de sus ojos yo veía que no era así. Una de ellas había llamado poderosamente su atención, pero parecía ser la menos interesada de todas en continuar con el juego de seducción que se había iniciado; poco a poco fue distrayendo su atención hacia la conversación que manteníamos en el otro lado de la mesa, así que Andreas, viendo que se alejaba la posibilidad de verla a solas, se lo jugó todo a una carta.
            Desapareció en la cocina unos minutos, y cuando volvió llevaba dos copas de vino de su país en la mano. Comenzó a sonar la música típica de los sirtaki griegos, y él se dirigió derechito a la mesa en la que ella apuraba su café. Le ofreció el vino y adelantó su copa para brindar. Y luego, sin dejar de mirarla a los ojos desde sus enormes pupilas negras como si quisiera hipnotizarla, tendió su mano para sacarla a bailar, le enseñó los pasos sencillos y ceremoniosos del baile típico de su tierra, y bailaron cogidos de la mano, aplaudidos por todos los presentes. Sólo fueron un brindis, una mirada intensa y un baile, pero en realidad fue una declaración de intenciones, tan muda como elocuente. Le pidió que volviera por la noche: “tú, sirtaki aquí, a las diez. Per favore, principessa. Yo espero que tú vienes”. “Me lo pensaré”, contestó ella, riendo.
            Ignoro si acudió a la cita o no. Quisiera pensar que sí, y que aquella noche París fue realmente la ciudad del amor para ella. Todas deberíamos tener cerca alguien que nos mirase igual que Andreas miró a esa chica. Y los psicólogos, en lugar de anti-depresivos, por favor, que receten sirtakis.          

No hay comentarios:

Publicar un comentario