martes, 23 de agosto de 2011

SILENCIO, SE LEE

            Seguí a Brigitte por los jardines de Luxemburgo. Me había prometido que me llevaría a un lugar que era perfecto para mí, pero yo ignoraba sus intenciones.
            Era mi tercer día en París, y ya tenía los ojos llenos de monumentos, la cabeza bullendo de ideas, de nuevas historias, de detalles, datos y fechas de cada uno de los lugares que íbamos visitando. Llegó un momento en que las cosas se empezaron a confundir en mi mente, y ya no sabía si aquella cúpula pertenecía a un palacio, o a un hospital, si aquel edificio era una cárcel histórica, o el parlamento, o un ministerio… el aluvión de información me sobrepasaba, demasiado ruido, demasiada gente, demasiado caminar, demasiadas prisas… Brigitte se dio cuenta de que estaba al borde del cortocircuito, así que hizo un cambio en el programa y me ofreció algo distinto.
            No había demasiada gente en los jardines a esa hora. Eran poco más de las diez de la mañana, el ambiente fresco y la tranquilidad reinaban en aquel rincón de París. Paseamos por sus senderos charlando; vimos algunas esculturas, pero no quiso explicarme nada acerca de ellas, ni del palacio que había en el recinto. Se limitó a darme un folleto que guardé en el bolso, me ofreció una botella de agua y continuamos caminando.
            Brigitte, una de nuestras guías en la ciudad del amor, era una mujer de mediana edad y amable sonrisa. Sabía todo lo que había que saber para hacer su trabajo, pero poseía un don especial: el de intuir los deseos específicos de cada uno de “sus viajeros”, y ser capaz de cumplirlos. Su perfecto español se adornaba con un delicioso acento francés, y su voz hacía que Paris fuera aún más interesante, más atractiva.
            Mientras continuábamos con nuestro relajado paseo me di cuenta de que, de camino hasta allí, habíamos ido dejando a todo el resto de componentes  de la excursión en distintos puntos de la ciudad: algunos jóvenes en la Torre Eiffel, dos mujeres de mediana edad en las Galerías Lafayette, varios estudiantes en la zona del Louvre, un par de matrimonios en Montmartre… Brigitte le estaba dando a cada uno lo que quería. Supuse que todo buen guía turístico debía procurar eso, saber qué es lo que le gusta a cada cual para indicarle cómo encontrarlo, pero ella parecía leer la mente de todos, y sin necesidad de hablar sabía cuáles eran nuestros deseos, necesidades e inquietudes, y encontraba de inmediato el modo de satisfacerlos.
            Se detuvo en un recodo del sendero por el que habíamos estado caminando, y me dijo: “Te dejo aquí el resto de la mañana. Te recogeré en la puerta a la una para ir a comer al Barrio Latino, ¿sí?” Yo asentí, confiando en su criterio, pero sin saber qué me esperaba al final del sendero. Cogí la bolsa de plástico que me tendía y la vi marcharse con su andar tranquilo.
            Caminé unos metros más, y encontré una pradera verde, con la hierba pulcramente recortada. Junto a ella, árboles y sillas. Sólo los pájaros y el rumor del viento parisino entre las hojas rompían el silencio. En las sillas, todo tipo de personas: hombres y mujeres, jóvenes y mayores, extranjeros y oriundos, leían ensimismados. Allí sólo se iba a eso: a leer. En la bolsa que Brigitte me había dado había un libro. Su título, “El espíritu de París”. No figuraba el nombre del autor.
            El resto de la mañana lo pasé allí sentada, con el libro entre las manos. El agobio del viaje, las prisas, la huella de los madrugones y la sobredosis de información que sufría pocas horas antes fueron desapareciendo. Necesitaba eso, un rato de lectura tranquila y relajada para estar en condiciones de seguir disfrutando del viaje en lugar de padecerlo. El libro hablaba del espíritu de esa ciudad impresionante, tan viejo y sabio como travieso y juguetón, y de su costumbre de tomar a veces la apariencia de una persona para confundirse entre la gente y enseñar de la ciudad lo que a veces no se ve.
            Sospecho que Brigitte sabía que ese libro y ese parque eran lo que me hacía falta para sentirme en casa. Desde ese momento, París dejó de ser para mí una ciudad ajena, la vi con otros ojos. Ya no era una turista, el espíritu de París me aceptó como una más, y yo le acepté como a un amigo. A la una en punto, a la puerta de los jardines de Luxemburgo, le devolví el libro a Brigitte con un “merci beaucoup” y una sonrisa. Ella también sonrió, y creí ver en sus ojos amables asomarse al espíritu de París. No sé, tal vez son imaginaciones mías.

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