martes, 27 de septiembre de 2011

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS III

         A medida que me hago mayor me va dando más ternura contar estas pequeñas anécdotas que me ocurrían con los abuelos en la residencia geriátrica en la que trabajé de jovencilla. No sé, tal vez sea porque veo a mis padres y a mis suegros más próximos a esa etapa, o quizá porque la madurez hace que entienda mejor cosas que a los veinte años no se pueden comprender del todo.
            Luzdivina era muy mayor. Cuando en un geriátrico hablas de “muy mayor” te refieres a “de noventa y cinco para arriba”. Aún caminaba, y pese a que a veces su cabeza no regía del todo bien, en general se podía decir que estaba estupenda. Vivía en el edificio de mujeres, donde se colocaba a las solteras y a las viudas. Recuerdo que cuando me asignaron esa planta tuve turno de tardes durante varias semanas. Yo ponía las mesas en el comedor, y primero cenaban los más ancianos, para irse temprano a dormir. El primer día que estuve, hice pasar a Luzdivina al comedor, se sentó sola a su mesa y dijo que no quería cenar porque faltaba el cubierto de su marido. Consulté la lista, pero él no figuraba. Y ella seguía en sus trece de no probar bocado, así que le seguí la corriente y coloqué un cubierto de más, por si él venía. Cenó como una lima.
            Aquella noche me quedé pensando en ella. ¿Se quedó viuda? ¿Él se fue a por tabaco y nunca volvió? No, a juzgar por el mimo y la dulzura con que le colocaba los cubiertos, la servilleta y el vaso. No, seguramente se quedó viuda, y el ponerle la mesa a su lado todos los días era un recurso para sentirlo aún cerca. Debía amarlo mucho.
            Seguí poniendo dos servicios en la mesa de Luzdivina todas las noches durante mucho tiempo. Ella veía el plato de su marido, acomodaba los cubiertos y la servilleta a su gusto, le servía agua en el vaso y cenaba sonriendo. Después, cuando la ayudaba a ponerse el camisón y acostarse, trataba de sonsacarle cosas sobre él, pero ella no me decía nada. Ni su nombre siquiera pude averiguar. Confieso que sentía curiosidad. No debían tener hijos, porque a Luzdivina nunca la visitaba nadie, y me daba pena verla siempre sola, soñando que él aún vivía. No vi nunca foto alguna de ningún hombre en la habitación, y aún me dio más lástima aquella anciana. No le quedaba ni una imagen para recordarle.
            Al cambiar al turno de mañana, cambié también de planta, y ya no veía a mi nostálgica ancianita todos los días. Por eso, a la hora del relevo, en el vestuario, le pregunté a la compañera que entraba de tardes a su planta cómo estaba la mujer. Le conté lo de los cubiertos para la cena de su marido y se echó a reír. Se lo contó a las demás trabajadoras veteranas, y el cachondeo fue monumental. Luzdivina fue soltera toda su vida. Ni se casó, ni nada de nada. Tal vez soñó hacerlo alguna vez, pero no pudo ser, y quiso así hacerse la ilusión de una vida que no tuvo. O quizá su lucidez no era tanta como yo creía. ¿Quién sabe?
            A pesar de saber aquello, las veces que volví a trabajar en su planta puse de nuevo dos servicios en su mesa. Me tomase el pelo o no, preferí pensar que aquello le ayudaba en algo, aunque sólo fuera a sonreír un poco.

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