miércoles, 28 de septiembre de 2011

BUSCANDO PISO

            Hace una década que me cambié de casa por última vez. Recuerdo la tarea de buscar piso como algo tremendamente pesado y lleno de incidentes (no siempre agradables), negociaciones arduas, varios intentos de estafa, papeleos, viajes al registro de la propiedad, atraco a mano armada por parte del banco, el latazo de las obras de reforma, el follón de la mudanza… Y bueno, recuerdo sobre todo haber gastado más de lo que podía permitirme en reparar cosas que se suponía que estaban bien y luego resultó que no lo estaban, pero en fin, hay que vivir en algún sitio, y lo que se tiene que hacer, se hace y punto. También tiene narices que en sólo diez años ya me haya tocado pagar reformas integrales de zaguán, fachada, terraza, tuberías generales, pintura de patio de luces, ascensor… He pagado más en derramas que en hipoteca, pero bueno, qué le vamos a hacer.
            Con todo lo que ha pasado en estos años, la famosa burbuja inmobiliaria, la crisis, los deshaucios por impago de hipotecas y la movida que hay, ahora que estoy buscando casa para mudarme a la civilización me doy cuenta de que la tarea de encontrar piso se ha convertido en algo más peligroso que hacer un safari por Tanzania armado con un tirachinas.
Lo primero que te encuentras es que los precios siguen siendo desorbitados. ¿Quién decía que habían bajado? Pues que alguien me explique dónde ve la rebaja, porque yo no la encuentro por ningún lado.
Como ya hace mucho tiempo que decidí que estas cosas era preferible tratarlas con profesionales, busqué una buena inmobiliaria. Ellos consultaron su base de datos y me citaron para ver los primeros pisos. En el primero al que fuimos, había un tío durmiendo sobre una colchoneta en medio del salón sin muebles de un piso nuevo. Un sobrino del dueño, nos dijo él, y con las mismas se dio la vuelta y siguió durmiendo. En el segundo, la señorita agente inmobiliaria fue incapaz de abrir la puerta con las llaves que tenía. En el tercero debía vivir una manada de gatos, a juzgar por el estado en que se encontraban las puertas y el parquet. No hubo más suerte al día siguiente, fuimos a ver tres viviendas en el mismo edificio (ya sólo eso huele a chamusquina), y los pisos no estaban mal, pero la experiencia me dijo: en cinco años habrás vuelto a pagar fachada, zaguán, terraza, ascensor…  Luego visitamos otro en el mismo barrio, uno de esos que se venden por divorcio. El divorcio debió ser muy traumático, porque en el dormitorio principal aún se veían las huellas de haberle prendido fuego a la cama conyugal. Y eso da un yuyu que no veas.
Desde que comencé a buscar debo haber visto unas tres docenas de pisos y una larga lista de cosas que me gustaría no haber visto: paredes pintadas con spray por alguien a quien iban a desalojar de su casa, carcoma, mugre de lustros, cucarachas, y mucha desesperación por vender. Mucha.
Aún así, tengo que decir que he encontrado algo que me gusta, no está mal situado, le da el sol (al contrario del ataúd en el que aún vivo, que gasto más en luz y calefacción que la Aramís Fuster en tinte y laca) y el precio no es estratosférico. Ya he llamado al banco. Creo que el interventor de la oficina nos está esperando con el hacha escondida bajo el escritorio. Os dejo por hoy, que tengo que sacarle brillo a la armadura.

No hay comentarios:

Publicar un comentario