lunes, 19 de septiembre de 2011

CATÁLOGO DE ABRAZOS

            Todo el mundo colecciona cosas en algún momento. Puede ser una afición pasajera, o durar toda la vida, pero no conozco a nadie que no haya hecho colección de algo. Supongo que tendrá que ver con algún vericueto de la psicología humana, pero como ese campo es desconocido para mí, no podría asegurarlo. Hoy voy a hablaros de Alonso, el chico que catalogaba abrazos.
            Desde muy pequeño, Alonso mostró una especial predilección por los abrazos. No así por los besos, que le daban bastante asco en aquella época. De hecho, cuando alguien le daba un beso, solía limpiarse con la mano ante el estupor de su madre y el sonrojo de quien le plantó los labios en la mejilla, ya fuera tía, abuela, amiga o similar. Sin embargo, cuando recibía un abrazo, todo su ser disfrutaba de una sensación que le parecía maravillosa. Por eso, en cuanto supo escribir, comenzó a catalogar y coleccionar los abrazos que daba y recibía. Anotaba cuidadosamente su impresión, las sensaciones, la persona que se lo había dado y las circunstancias en que había ocurrido para no olvidar ningún detalle. Las primeras piezas de su colección fueron algo así:
“16-5-84. Día de mi cumpleaños. Abrazo de la tía Pepita. Llevaba una blusa muy suave, pero olía como las bolitas que pone mamá en los armarios para que las polillas no se coman la ropa. Me abrazó blandito, debe tener miedo a que me rompa, y me gustó el gruñido que dio mientras me frotaba la espalda.”
“20-9-85. Papá ha vuelto de su viaje de trabajo. Me ha abrazado fuerte, como un oso. Me ha raspado un poco con la barba, pero me ha gustado. Ha sido un abrazo largo, porque tenía muchas ganas de verme, y yo a él. Le echo mucho de menos cuando se va. Olía a tren y a cansancio. Estoy contento.”
            Con el tiempo, su catálogo se fue llenando de anotaciones. Algunas eran de ocasiones muy comunes, como los abrazos de mamá, o los del abuelo. Otras fueron el testimonio de piezas únicas, ejemplares raros e irrepetibles, como el abrazo que le dio a la abuelita antes de que la llevaran al hospital. Consciente de que iba a ser el último, lo anotó con especial cariño, e incluso dibujó unas flores en los márgenes de la hoja. Él quería mucho a la abuelita, y la ausencia de sus abrazos le tuvo triste mucho tiempo.
            Alonso, como todos los niños, tenía la mala costumbre de crecer, así que en pocos años llegó a la adolescencia, con todo su alboroto corporal. Ahí el tema de los abrazos se volvió un poco loco: ya era mayor para los de mamá y papá, pero aún era joven para los otros, los de las chicas. Abrazarse entre los chicos estaba mal visto, así que se acabaron por el momento los apretones con los amigos. Durante esa época, su libro de catalogar abrazos se abrió raramente, hasta que cumplió los dieciséis y llegó Begoña. Entonces anotó: “Quiero probar a qué sabe un abrazo de esa chica”.
            “8-11-92. Abrazo de Begoña. No sé qué decir. He notado una sensación rara. Las chicas no tienen ni idea de abrazar bien. No se están quietas, te echan los brazos al cuello y se olvidan de que tienes cuerpo y espalda. Eso no es abrazar, es colgarse, como los monos. El beso ha estado mejor de lo que yo esperaba.”
            Buscó otra candidata para su colección de abrazos, y conoció a Adela.
            “13-1-93. Abrazo de Adela. Está tan flaca que aún no sé si la abracé o no, no encontraba su cuerpo. No me dio ningún calor, no tiene fuerza para dar un abrazo como Dios manda. Ni siquiera tuve ganas de besarla. Un desastre.”
            Durante esos meses, Alonso buscó a la abrazadora perfecta entre las chicas que conocía, pero no le convenció ninguna de aquellas a las que consiguió arrimarse. Con otras ni lo intentó, algunas le rechazaron, y ni siquiera miró a las que ya tenían pareja. La cosa no pintaba bien, y el libro de catalogar abrazos pasó otra temporada larga sin recibir ninguna anotación más. Pero, como suele ocurrir en la vida, un buen día, sin esperarlo, llegó Alicia. Alonso tenía diecinueve años, y ella andaba por los treinta. Fue amor al primer abrazo.
            “14-10-95. Alicia. Alicia, Alicia, Alicia… nunca había sentido un abrazo así. Rodeó mi cuerpo con sus brazos, se pegó a mi pecho y a mi cintura. Era firme, pero sin avasallar, y todas las curvas de su cuerpo se dibujaron contra el mío. Aún siento su huella, sus manos abiertas en mi espalda y el olor de su melena. ¿Podré repetir? Espero que sí.”
            “18-10-95. Las chicas no saben abrazar. Las mujeres sí. Alicia me inunda de Alicia cuando me ciñe con sus brazos. No estoy seguro de que ella quiera más, pero yo sí. Cuando la abrazo me siento tan bien que no me separaría de su pecho.”
            “25-10-95. Hoy he recibido el abrazo más maravilloso que recuerdo. Durante el tiempo que estuvimos pegados no dejé de sentir cosas a través de cada milímetro de mi piel. Alicia me ha enseñado cómo acariciarla hasta perder la respiración y el sentido fundidos el uno en brazos del otro. El abrazo definitivo es el que se da sin ropa. Estoy enamorado, creo.”
            “31-12-95. El abrazo de Alicia se ha vuelto frío y seco. Breve, distante, sin fuerza. No sentí el calor de su pecho traspasando mi ropa, ni las palmas de sus manos en la espalda. Me ha deseado que me vaya bien. Ha sido el último. ¿Qué voy a hacer ahora?”
            Después de aquella, en el cuaderno de Alonso ya no hubo más anotaciones. Ya conocía todos los tipos de abrazo que necesitaba conocer para afrontar la vida. Recuperó la costumbre de estrechar a sus padres y a sus amigos, entendió que un abrazo puede significar muchas cosas: amor, afecto fraternal, amistad sincera, compañerismo bien entendido, bienvenida y despedida… Y también entendió que hay un sitio mejor para anotar todo lo que nos hace sentir un abrazo: la propia alma.

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