domingo, 4 de septiembre de 2011

COCINAR PARA CATORCE

            Rosario era hija de una familia acomodada. Se crió sin dificultades, fue al colegio y nunca le faltó de nada. Como era hija única, siempre deseó tener muchos niños, porque le gustaba estar rodeada de gente. Soñaba con cuidar de ellos, y con reunirlos cada día alrededor de la mesa para comer juntos, charlar y compartir las cosas de cada uno. Adoraba cocinar, y le hacía ilusión alimentar a los suyos con sus propias manos. De hecho, a los trece años presionó a su padre para que se despidiese a la cocinera, y hasta que se casó fue ella la que guisó para los tres.
            Cuando Julián, un joven lleno de sueños y proyectos de crear una empresa de perfumería y jabones, se cruzó en su vida, inmediatamente supo que su futuro estaba junto a él, así que unieron esfuerzos para levantar el primer taller de fabricación de productos y la primera tienda. En cuanto funcionó lo suficientemente bien como para mantenerlos, se casaron.
            Rosario cocinó para dos hasta que llegó el primer hijo, y con él la tercera tienda y el tercer plato en la mesa. Eran felices, les iba muy bien con la empresa, y los sueños de Rosario se iban cumpliendo. Julián, aunque tuviese mucho trabajo, lo dejaba todo para ir a comer a casa, que era la única exigencia que su esposa le había impuesto desde el principio. Si tenía que hacer algún trato comercial siempre era en las cenas. La hora de la comida era sagrada, era para su familia.
            Se fueron añadiendo platos a la mesa a medida que los hijos llegaban. Rosario ampliaba la familia y Julián las tiendas, una por cada hijo que iba naciendo. Compraron una mesa más grande porque ya apenas cabían, y una casa más grande para albergarlos a todos. Cuando llegaron el hijo doce y la tienda doce, algo se torció: Rosario se desangraba y tuvieron que operarla. Ya no habría más hijos, y Julián decidió que tampoco habría más tiendas. Desde entonces, Rosario guisó para catorce.
            Los niños iban creciendo, pero siempre se mantuvo la ceremonia de la comida, aunque el resto del día cada uno se dedicase a sus múltiples ocupaciones. La felicidad de la mirada de Rosario mientras cocinaba para alimentar a la gran familia que había creado iluminaba toda la casa.
            El primero en faltar de la mesa fue Raúl, el más travieso de sus hijos. Un accidente con la motocicleta se lo llevó con diecinueve años recién cumplidos. Pero a Rosario le pareció que si dejaba de cocinar su ración era como traicionar su memoria, así que siguió echando al puchero la misma cantidad de comida. Después, le daba el plato de sobra a una vecina del barrio cuyo marido se había quedado sin trabajo. A los pocos meses, Laura se marchó a estudiar ingeniería química a Alemania, para continuar desarrollando los productos de la empresa familiar. Serían cinco años fuera de casa, pero Rosario siguió cocinando para catorce, y daba la ración de Laura a un hombre que vivía dos casas más allá de la suya, que se había quedado viudo.
            Así, poco a poco, unos se fueron casando, otros simplemente quisieron volar solos y abandonaron el nido, y al fin la pequeña Ana enfermó de meningitis y murió. Era el último hijo que le quedaba en casa, pero Rosario siguió guisando todos los días la misma cantidad. Comían ella y Julián solos en la mesa grande que antaño estuvo llena de manos y bocas, de risas y anécdotas, de preguntas y experiencias, de consejos, proyectos y alguna que otra regañina, de camaradería de hermanos y amor de padres. Había una vida entera en la memoria de aquella mesa y de los pucheros de la cocina, y Rosario no estaba dispuesta a perderla. Después de comer, Julián se marchaba a la fábrica y ella repartía las doce raciones de sus hijos entre quienes sabía que las necesitaban. Los domingos y días de fiesta, cuando acudían los diez hijos que les quedaban vivos con los yernos, nueras y nietos, podían llegar a ser sesenta y tantos, y Rosario ya no podía cocinar para tantos, así que ella guisaba las catorce raciones de siempre, y sus hijos encargaban lo demás a una empresa de catering.
            Rosario y Julián murieron hace años, pero una de sus hijas, que cambió la perfumería por la hostelería porque había heredado el amor a la cocina de su madre, abrió un restaurante. Se llama “Casa Catorce”; la comida casera de toda la vida, preparada con cariño a partir de las recetas de Rosario, atrae todos los días a docenas de clientes. Alma, la dueña, aparta siempre catorce raciones para repartir entre aquellos que lo precisan en su barrio de toda la vida.
            Muchas veces, Alma piensa en su madre, y sabe que las personas generosas como ella nunca mueren del todo, porque siempre hay alguien que sigue su ejemplo. Sus huellas son las más hermosas que pueden quedar marcando el camino para los que vienen detrás.

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