miércoles, 21 de septiembre de 2011

COLORES DE OTOÑO

            Fiel a su nueva filosofía de que todo es del color del cristal con que se mira, Luna estaba tratando de pintar el otoño con los tonos más luminosos que podía, para no caer en el abismo de todos los años.
            No sé si sabéis lo que es un trastorno bipolar. Antes de ser diagnosticada, Luna pasaba períodos de euforia, en los que sentía que se iba a comer el mundo, e inmediatamente después temporadas de depresión profunda, en las que iba de la cama al sofá sin ninguna esperanza, sin amor por la vida y con un deseo creciente de dejar de respirar por el método más rápido posible. Fueron años de infierno para ella y para cuantos la rodeaban. Muchos no resistieron y salieron huyendo. Quedaron sus padres, sus hermanos y pocos más. Ahora, con la medicación y la terapia, estaba mucho mejor, y huía de todo lo que pudiera alterar su frágil equilibrio.
            En el área de psiquiatría de cualquier hospital se puede conocer a todo tipo de gente interesante. Luna había conocido allí a Lila. También era bipolar, pero llevaba ya muchos años de tratamiento por delante de Luna, que acababa de ponerle nombre a su enfermedad. Lila era pintora, y usaba la pintura como terapia. Aprendió a ver venir las crisis, y a combatirlas acompañando los fármacos con un tratamiento de choque a base de colores. Cuando algo amenazaba con romper su estabilidad, comenzaba un cuadro, concretaba el problema en el dibujo, y lo pintaba con los colores más vivos, inapropiados, estimulantes y rebeldes que se le ocurrían. Así, el fantasma de turno dejaba de darle miedo, y podía continuar adelante con una sonrisa.
            Luna miraba con miedo el final del verano. El cambio de estación, menos horas de luz, las noches largas, los árboles perdiendo hojas, el viento frío, las tardes de lluvia… el comienzo del otoño le daba tristeza, el ánimo caía, y la espiral de la depresión se abría bajo sus pies. El psiquiatra siempre le aumentaba la medicación al final de septiembre, pero sólo conseguía que pasara semanas atontada, sin poder trabajar ni hilvanar cuatro frases seguidas con una cierta coherencia. Por eso, aquel año Luna compró un lienzo y empezó a pintar.
            Comenzó dibujando árboles con las hojas amarillas, y para compensar les pintó camisetas de color verde. Luego dibujó las nubes de tormenta, pero las gotas de lluvia, en lugar de ser de agua, eran de naranjada, su bebida favorita. Dibujó un jardín desnudo, y pintó las flores debajo del suelo, esperando la primavera para nacer. Al sol le puso debajo un cartel que decía: “ME VOY DE VACACIONES AL CARIBE”, pintó el cielo de rosa y el mar de verde cigarra, y dio por concluida su obra. Después colocó el cuadro en el salón de su casa, para verlo todo el día, y marcó el número de Lila para invitarla a verlo.
            Lila no se puso al teléfono. Algo había fallado en ella. Quizá se tomó unas copas, alterando el efecto de su medicación. O tal vez no vio venir la crisis a tiempo de disfrazarla con sus pinturas, o quizá había vuelto a fumar hachís a escondidas, pero mientras el teléfono sonaba su vida flotaba a su alrededor, diluida en el agua caliente de la bañera en la se metió sin más vestido que su pelo y una cuchilla de afeitar.
            Todos pensaban que Luna no lo resistiría, y trataron de evitar que lo supiera. Le dijeron que Lila se había mudado de ciudad, pero Luna no era estúpida. Enferma, sí. Bipolar, distinta, emocional, inestable, especial, pero no estúpida. No lloró. Se tiñó el pelo de un violeta absurdo, se encerró en su cuarto y se pintó todo el cuerpo con los colores del cuadro, rojos, amarillos, marrones, rosas, verdes y naranjas, y se miró al espejo. Eso era ella, un lienzo por pintar, y en su mano estaba elegir los colores. Se puso un vestido blanco sobre el cuerpo multicolor, y fue al cementerio. Sobre la tumba de Lila dejó el tubo de óleo color negro, y también el gris. “Llévate tú la oscuridad, Lila”, le dijo. “Yo me quedo la luz y el color para vivir por las dos”.
            A Luna le quitan los cuadros de las manos. Su forma inocente de tratar los dibujos y los colores tienen un atractivo al que pocos se resisten. Sigue tiñendo su pelo de lila, y aunque todos piensan que es una excentricidad de artista, yo sé que no lo es. Lo hace para no olvidar que ha elegido la vida.

 

2 comentarios:

  1. ufff Susana... llevo leyendo unas cuantas entradas bastante duras.... pero me gusta como relatas sobre ellas...

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  2. ¿Quieres que te lo cuente?

    http://www.youtube.com/watch?v=nYbHaaiQNWQ&feature=youtu.be

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