miércoles, 7 de septiembre de 2011

CRUCEROS PARA SOLTEROS

            Saúl tenía ya más de cuarenta años, y era un soltero recalcitrante. Lo había intentado de todas las maneras que conocía, las que le recomendaron sus amigos y alguna más que se inventó, pero no había manera de que ninguna relación de las que emprendía llegase a buen puerto.
            Nuestro hombre no era guapo, pero tampoco desagradable. Ni alto ni bajo, algo gordito, simpático y siempre sonriente, bueno como el pan y sin más defecto físico destacable que un ligero arqueo de piernas que le hacía caminar como si se le hubiese escapado el caballo de repente, pero eso le hacía incluso más simpático. Con la edad ya le clareaba algo el pelo por la coronilla, como a la mayoría de los hombres, pero ya está. Nada que justificase el que ninguna mujer quisiera casarse con él. Era trabajador y limpio, y metido en fiesta resultaba chistoso y ocurrente, y aún así no había forma.
            Saúl soñaba con casarse y formar una familia, pero se hacía mayor y no conseguía su sueño. Por eso sus amigos le embarcaron en un crucero para solteros. Confiaban en que el aire del mar, el romanticismo de los amaneceres vistos desde la proa y las estrellas sobre la cubierta obrasen el milagro y alguna chica se enamorase de él hasta el punto de aceptarle como compañero de por vida.
            Nuestro soltero de oro embarcó por no decir que no. Era tan bueno que nunca se negaba a nada que le pidiesen, pero en su fuero interno no estaba nada convencido de que aquello fuese a funcionar. En realidad ya se estaba resignando a seguir soltero para los restos, pero bueno. Tampoco le iba a hacer daño conocer gente y pasar una semanita navegando por el Mediterráneo, ¿no?
            Nada más tomar posesión de su camarote, le visitó la “agente catalogadora de solteros”, encargada de entrevistar a todos los participantes del crucero. Ella, experta en esos temas, sólo necesitó una breve charla para diagnosticar el problema de Saúl. Le dijo: “Cuando no fallan ni el aspecto físico ni el carácter, sólo pueden ser tres cosas las que causen esa soltería tan prolongada: la falta de higiene, que no es el caso, una risa absurda, ridícula y escandalosa, que tampoco es el caso, o… su madre de usted”. Nuestro hombre se quedó mucho rato pensando, y se dio cuenta de que todas las chicas con las que pudo llegar a algo habían salido huyendo poco después de conocer a su madre. Él la adoraba: se había quedado viuda muy joven, y se lo había dado todo, se lo había enseñado todo, aún vivían bajo el mismo techo y seguía cocinando para él, lavando su ropa, planchando sus camisas y haciendo su cama. Y él la llevaba a menudo a pasear, a las fiestas de los pueblos vecinos, a las bodas a las que iba, y a todos los sitios que la delicada salud y la obesidad de ella le permitía. Recordando, atando cabos e hilvanando comentarios de aquí y de allá, cayó en la cuenta de que ese era el problema. Su madre se había dedicado a sabotear su vida sentimental para no quedarse sola. Lloró de rabia al darse cuenta de que era ella la que le estaba impidiendo ser feliz por no perderlo, se enfadó, luego se puso muy triste, y al final, cuando se calmó, trazó un plan. 
            Norma y él hicieron buenas migas desde la segunda noche, cuando el azar los colocó de pareja en uno de los juegos que se organizaban en el salón central del buque. Ella era como él: soltera, ni guapa ni fea, ni alta ni baja, pero con un gran sentido del humor. Al acabar la semana ya los dos sabían que un grandísimo amor era posible entre ellos. Norma tenía treinta y siete años, y era soltera aún porque la mala suerte hizo que su novio de toda la vida se marchase con otra poco antes de la boda, y durante años a ella no le quedaron ganas de estar con nadie. Por eso sus amigas la habían embarcado en aquel crucero.
            Dado que los dos querían formar una familia, no tenían tiempo que perder. Saúl volvió a casa y no le habló de Norma a su madre. Pero sí le dijo que se quería independizar. A la mujer le costó un disgusto enorme, una taquicardia (un poco rara según el cardiólogo, que no encontró nada en el electro que le hizo), y varios días de huelga de hambre, pero Saúl estaba decidido. Adoraba a su madre, pero ella no iba a ser eterna, y él necesitaba una pareja, hijos y una vida como las de los demás seres humanos. Se mudó a un piso de alquiler en un par de semanas.
           La pareja preparó una boda sencilla, con unos pocos amigos y los familiares más directos, pero a ella no le dijeron nada. La víspera, Saúl la llamó: “Madre, cepille un traje y vaya a la peluquería, que mañana estamos invitados a una boda”. Cuando la mujer entró con su hijo a la iglesia y vio que era el novio, casi le da un ataque, pero disimuló su furia para evitar habladurías en el barrio. Después de la ceremonia, lloró tanto de camino al restaurante que Saúl la amenazó con llevarla a casa. “Madre, yo la quiero mucho, pero no desee para mí lo que no quiere para usted. Todo lo que hace no tiene otro fin que el de no quedarse sola. Pero, ¿y yo? ¿por qué tengo yo que quedarme solo?”
            Todo el tiempo que duró la luna de miel, la madre de Saúl no se levantó de la cama, y allí estaba cuando volvieron, pero no le sirvió de nada el chantaje. Sólo consintió volver a hablar a su hijo cuando nació el primer nieto. La llegada de los mellizos que vinieron después, la celebró yéndose a un crucero para solteros senior. Por fin lo había entendido.

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