lunes, 12 de septiembre de 2011

EL ARBUSTO DE JAZMÍN

            El arbusto de jazmín no era feliz. Fue regalado a una muchacha por su novio, pero la relación acabó mal y rompieron. Desde entonces, ella apenas lo regaba, y al fin lo dejó junto al contenedor de la basura para no verlo más. Por fortuna, una anciana se apiadó de él, lo recogió y lo plantó en el alcorque de un árbol, en el paseo. El primitivo ocupante de ese espacio de tierra era un olmillo que había muerto meses atrás por culpa de no sé qué hongo.
            Las lluvias de aquella primavera y la nueva tierra que lo sustentaba animaron la vida del jazmín, que comenzó a despertar del coma y a crecer. Desde su trocito de mundo veía pasar los coches, la gente, los pájaros, y el ser testigo de la vida de los demás entretenía la suya. En un par de años se hizo enorme y frondoso. Llegando el verano se llenaba de florecillas blancas, tan delicadas y frágiles que se desprendían con sólo tocarlas y se deshacían entre los dedos, pero llenas de un aroma tan puro y delicioso que la gente comenzó a pasar por allí a propósito, para disfrutar de ese regalo que él esparcía por el aire.
            Con el tiempo, los empleados del Ayuntamiento le colocaron un arco tutorial para que tomase forma, y pusieron delante de él un banco. Ese se convirtió en el lugar favorito de muchas personas. Un anciano profesor leía allí el periódico las mañanas de sol. Una joven solía dar de merendar a su bebé sentada en aquel banco, mientras le cantaba y le contaba cuentos para animarle a comerse la papilla de frutas. Dos gatos callejeros dormían cobijados junto a su tronco, una oficinista gustaba de comerse el contenido de su fiambrera allí sentada todos los mediodías, y un par de señoras mayores se juntaban bajo sus ramas a charlar y a hacer ganchillo en cuanto refrescaba. Pero cuando nuestro jazmín cobraba vida de verdad era por las noches.
            Cuando se pone el sol y durante las horas nocturnas es cuando los arbustos de jazmín intensifican su aroma, y ese era el momento que las parejas elegían para ir a sentarse allí, al amparo de la oscuridad. La farola más próxima era saboteada a pedradas en cuanto la reparaban, así que dejaron de arreglarla, y la penumbra reinaba, únicamente rota por la luna y las estrellas. El jazmín vio nacer a su amparo muchas historias de amor. Con los años, aprendió a distinguir los dos grandes tipos de parejas que existen: las parejas que realmente se aman y las que únicamente se disfrutan. Y también aprendió que las primeras establecen relaciones duraderas y felices, mientras que las segundas se rompen en cuanto los besos y las caricias ya no saben a nuevo.
            El jazmín se fijaba mucho en las parejas que iban a sentarse en aquel banco por las noches. Con el paso del tiempo conoció a gran cantidad de enamorados, y se esforzaba por ser más frondoso, o por exhalar más perfume cuando veía que eso podía ayudar a crear un ambiente más íntimo que favoreciese el romanticismo de todos aquellos jóvenes. El arbusto no podía olvidar que un desamor casi le cuesta la vida, y no quería ver más que felicidad a su alrededor.
            Había una pareja en concreto a la que el jazmín acogía con mayor agrado. Se llamaban Marta y Jorge, y hacía ya tres años que los veía llegar de la mano, sentarse en el banco, abrazarse y hablar. Se fue dando cuenta de cómo habían cambiado las conversaciones de la pareja. Al principio hablaban de estudios, de libros y exámenes, y por supuesto, de amor. Después hablaron de futuro, de planes y proyectos, y después hablaron de trabajo, de sueños y metas alcanzadas. El jazmín solía cerrar sus ramas sobre ellos para darles cobijo de las miradas de los demás, porque no tenían otro lugar en que estar solos. A través de todo lo que ya sabía sobre las relaciones de pareja, el arbusto se daba perfecta cuenta de que Jorge y Marta se querrían siempre, sólo había que ver con qué cariño se miraban, cómo se hablaban y se cogían de la mano, cuánta ternura había en aquellos besos.
            La noche de verano en que Jorge le pidió a Marta que se casara con él, el jazmín, cómplice inesperado, puso todo de su parte para que ninguno de los dos olvidase aquel momento. Marta se sentó en el banco, Jorge la cogió de la mano y el jazmín sopló fuerte, inundándolo todo de un aroma dulce y delicado que penetraba por todos los poros de la piel dejando una sensación deliciosamente embriagadora. Él sacó una sortija de su bolsillo, y se la ofreció. Y el arbusto sacudió sus ramas, haciendo que una lluvia de flores blancas cubriese a Marta. Ella, el pelo todo flores y los ojos todo lágrimas, dijo “Sí”.
            Ha llovido mucho desde entonces, pero aún hoy, cuando Marta pasa junto a un arbusto de jazmín cualquiera y percibe su olor, se emociona con el recuerdo de aquella noche. En su mesilla, junto a la cama, guarda un frasquito con esencia de esas mágicas flores blancas, y lo destapa cuando está triste para animar a su memoria a revivir cada detalle de uno de los momentos más felices de su vida. Y siempre que vuelve a pasar junto al banco, le da mentalmente las gracias al arbusto. Él, con su mente vegetal, percibe la gratitud de Marta y sonríe a su manera.

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