jueves, 15 de septiembre de 2011

ES INÚTIL QUE CORRAS

            El muchacho corría desesperado por el campo. Su corazón, en un galope loco, bombeaba a toda velocidad para tratar de avanzar más rápido, espoleado por el terror. El chico corría por su vida.
            No se atrevía siquiera a mirar atrás. Sabía que la manada de animales salvajes que le perseguían para darle muerte estaba cada vez más cerca. Lo intuía por sus gritos desatados, por el crujido de las cañas y los matojos que ellos, en su galope ciego y sediento de sangre, pisoteaban sin piedad. Lo sentía porque el olor de la locura que desprendían le llegaba con claridad. Eran cientos, y todos querían ser el primero en herirlo.
            Corrió lo más rápido que sus fuerzas le permitieron durante unos angustiosos minutos, aunque intuía que su suerte ya estaba echada. No iban a permitirle escapar. La manada de unicornios negros, sedienta de sangre, ávida de crueldad, borracha de adrenalina, estaba a punto de alcanzarlo. Venían por todos los lados, salían de todas partes, y él… él estaba solo. Tuvo miedo. Pánico. Por un instante, pensó en su casa, en su familia. En la vida que no viviría, en los hijos que no tendría, en la mujer a la que jamás podría amar. Pensó en todo lo que moriría con él por el capricho sádico de los unicornios.
            El muchacho cambió de dirección tratando de evitar el cuerno del primero, pero no lo consiguió. Sangrando, continuó corriendo. Le alcanzó el segundo, que lo hirió en una pierna. Trató de seguir, cojeando, pero ya sentía el resuello de los demás en la nuca. Suplicó clemencia, rogó, lloró. Fue inútil. Sus gritos le taladraban los oídos a la vez que sus cuernos le iban abriendo heridas en la carne. Encharcado en su propia sangre, agonizando entre terribles dolores, aún les veía, los ojos desencajados, las bocas abiertas, la barbarie en sus pupilas, encendidos por el olor de la carne abierta, atravesándole una y otra vez.
            Los minutos que el muchacho tardó en morir le parecieron siglos. Los unicornios gritaban enardecidos, contentos de haber vuelto a celebrar su fiesta de la muerte, orgullosos de matar por placer, cientos de ellos armados contra uno, desnudo, solo y aterrorizado. Y se marcharon, felicitándose unos a otros por su valentía.
            Los unicornios negros, capaces de crear las mayores bellezas, también son capaces de las mayores crueldades. En días así, me avergüenzo de pertenecer a la misma raza que ellos.
            Dedicado a “Afligido”, el Toro de la Vega de Tordesillas (2011)

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