viernes, 2 de septiembre de 2011

LA PLANCHADORA DE PALACIO

            Elena era una de las seis planchadoras que vivían en Palacio. De la mañana a la noche, tanto ella como sus cinco compañeras no hacían otra cosa que planchar una prenda tras otra. En un palacio como aquel, que la familia Real sólo usaba como residencia de verano tres meses al año, de junio a septiembre había mucho trabajo. Luego, en el mes de octubre, cuatro de las planchadoras se marchaban a sus casas con sus familias, pero Elena y Carmina no lo hacían. En el caso de Carmina, porque era la esposa de uno de los palafreneros de Palacio, y ambos vivían en una casita cerca de las caballerizas. En el caso de Elena, porque no tenía familia, ni un lugar al que volver. Fue enviada por las monjas del orfanato a Palacio cuando no era más que una niña de once años, y desde entonces no había hecho otra cosa que trabajar por un pequeño sueldo y el derecho de dormir en una de las diminutas buhardillas del tercer piso del edificio. Al menos tenía un espacio digno y privado en el que vivir, cosa que no podían decir muchas mujeres solteras de su edad.
            En aquella época, las planchas no eran como ahora. Eran muy pesadas, había que cambiar a menudo las brasas que se colocaban dentro para que el metal se mantuviese caliente, humedecer las prendas, ponerles almidón y cuidar que no se quemasen. Planchar era todo un arte, y Elena una experta en la materia. Dejaba impecables las sábanas bordadas, las servilletas, los pañuelos de los Reyes, las enaguas de las infantas, las chorreras de las blusas del Príncipe y todas y cada una de las prendas de la Reina. De hecho, ella insistía en que nadie más que Elena tocase su ropa.
            El verano en que cumplía los veintiún años, los Reyes invitaron a los Marqueses de Peñazul a pasar unos días en Palacio. El trabajo se multiplicaría: sábanas, toallas y servilletas serían necesarias en grandes cantidades, y las planchadoras hicieron acopio de almidones y perfumes para tenerlo todo listo. Pero con lo que Elena no contaba era con que el hijo de los Marqueses, un prepotente muchacho de unos veinte años, se encaprichase de ella. No pretendía su amor, ni siquiera su atención. Sólo tumbarla en cualquiera de las camas de Palacio y olvidarla después. Por lo que la muchacha pudo saber, la fama precedía al marquesito, y doncellas, camareras y planchadoras cada vez más jóvenes eran requeridas en su residencia para trabajar, y despedidas poco después sin miramiento alguno y con cualquier peregrina excusa: esta quemó el mejor cobertor de la Marquesa, aquella le hizo una comida amarga a la familia, la de más allá no limpiaba suficiente… pero la realidad era muy distinta. Él no admitía un “no” por respuesta, y Elena sabía que si no se marchaba era víctima segura. Subió a la buhardilla a recoger sus escasas pertenencias con la intención de irse de Palacio. El depredador la cazó allí, y nadie oyó sus gritos.
            Un rato después, la Reina la mandó llamar. Ella dijo que se encontraba enferma y que necesitaba guardar cama, pero el mayordomo insistió: el vestido que iba a usar la soberana no podía esperar, y Elena debía plancharlo antes de que se lo pusiera. Aún sentía ganas de vomitar, pero recompuso su pelo y su gesto, y secándose las lágrimas bajó a la planta noble. Disimuló cuanto pudo, se esmeró en el planchado para que nadie notase lo que había ocurrido, y se retiró al terminar con permiso de la Reina para permanecer en la buhardilla el resto del día.
            Tumbada en la cama y mirando al techo inclinado que la cobijaba, asumió que no podía denunciar al hijo de los Marqueses. Si lo intentaba sería expulsada de Palacio, y no tenía adónde ir. Pero no podía quedarse sin hacer nada, por ella misma y por todas las muchachas a las que él había hecho pasar por la violencia de sus manos y la vergüenza de verse despedidas con falsas acusaciones.
            Empleó todo el dinero que había conseguido ahorrar en su vida en comprar el pasaje para América. Unas horas antes de zarpar, bajó a la habitación de su agresor para planchar la camisa y el calzón que se había de poner al día siguiente. Elena cargó la plancha con las brasas, segura de que él estaría allí, y de que trataría de violentarla de nuevo. El almidón en los ojos le cegó cuando trató de tocarla mientras ella planchaba. Después le hizo caer de un empujón sobre la cama, y con el hierro lleno de brasas que llevaba en las manos se aseguró de que ninguna muchacha más se viera agredida por él, dejando su hombría reducida a un triste churrasco.
            Toda la servidumbre de Palacio se volvió sorda y ciega aquella mañana para cubrir la huida de Elena. Nadie oyó nada, nadie vio nada, nadie sabía nada. Ella ni siquiera miró hacia la costa cuando el barco se alejó mar adentro. Sólo miró hacia el horizonte de la vida que la esperaba, y al fin estuvo tranquila.

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