sábado, 24 de septiembre de 2011

LADY MERMELADA

            No, no tiene nada que ver con la “Lady Marmalade” de la famosa canción. Carola era una mujer amable, regordeta y siempre sonriente, que vivía en un pueblo pequeño, de esos en los que todo el mundo se conoce.
            Carola era soltera. Su madre había sido una alcohólica, hecho que provocó dos cosas determinantes: que Carola naciese con un cierto retraso mental y que se quedase huérfana bastante joven. No tenía oficio ni nadie que la quisiera, fue incapaz de completar los estudios de la escuela, y no podía vivir eternamente de la caridad de sus vecinos. Debía hacer algo para poder salir adelante. Una opción era ponerse a servir, pero para eso se tenía que ir a la ciudad, y sólo de pensarlo le entraba un tremendo miedo a perderse. La otra opción era ponerse en manos de alguna institución pública que la acogiese.
            El día que cumplía quince años, Carola salió al campo a coger moras. Había muchísimas, y cogió tantas que tuvo que hacer seis viajes a su casa para descargar la fruta. Cuando vio la montaña de moras que tenía, se dio cuenta de que ella sola no se las podía comer todas, y de que tampoco las podía guardar para comer durante un mes, porque se pudrirían. Le preguntó a Pura, su vecina, y ésta le sugirió: “¿Por qué no haces mermelada? Yo tengo muchos botes de cristal, y te puedo enseñar a hacerla”. Como no tenía otra cosa en que ocupar su tiempo, Carola aceptó.
            Comenzaron por meter las moras a cocer con un poco de agua en las ollas más grandes que encontraron. Añadieron trozos de manzana para darle cuerpo. Pusieron azúcar, no mucha, porque las moras son de las frutas más dulces que hay, y pasaron la mañana revolviendo lentamente mientras la mermelada espesaba. Después, cuando se hubo enfriado, fueron echando porciones de la pasta resultante en un trozo de sábana blanca bien limpio, lo enrollaron y retorcieron con fuerza los extremos, cada una en una dirección, para que la tela exprimiese la fruta. La confitura salía por entre la trama de los hilos, quedando dentro atrapadas las molestas semillas. Luego volvieron a cocer el resultado para que espesase aún más, lo metieron en frascos de cristal, los taparon bien y los hirvieron al baño María durante una hora, para hacer el vacío y preservar así la confitura durante más tiempo. A Pura se le ocurrió cortar círculos de tela de colores y hacerles un ribete de ganchillo para luego colocarlos en la tapa de los botes atados con cintas. El resultado fueron algo más de cincuenta frascos llenos de una dulce confitura morada, coronados por gorritos multicolores. Habían invertido dos días de intenso trabajo. Carola le regaló tres botes a Pura, se quedó otros tres, y el resto lo repartió entre los vecinos del pueblo. La tía Amparo agradeció el suyo con una bolsa de naranjas. La tía Lola le dio unas latas de atún y un beso. La señora Julia la invitó a comer al día siguiente, y Doña Carmen le hizo un bizcocho. El tío Pedro había cosechado ya las calabazas jaspeadas de su huerto, y le dio dos bien grandes. Le dijo que con ellas podía hacer cabello de ángel.
            Tres días después, treinta botes de cabello de ángel, dulce, espeso y muy sabroso, hervían al baño María mientras Carola hacía ganchillo para los gorritos de los frascos. El tendero del pueblo le compró la mitad a cambio de víveres para una semana, y de dos cajas de manzanas muy maduras que se le iban a echar a perder. De allí salieron un montón de frascos de mermelada de manzana.
            Durante los años en que Carola vivió, no quedó nadie en la comarca que no hubiera probado alguna de sus confituras. Con el tiempo, centenares de kilos de fresas, cerezas, grosellas, arándanos, calabazas, manzanas y peras, melocotones y albaricoques, caquis, uvas, naranjas y tomates pasaron por sus manos, y múltiples mezclas multifrutas que daban dulces e irrepetibles partidas de frascos, todos con su gorrito, salieron de la cocina de Carola, haciéndola merecedora de ese título, Lady Mermelada, por el que todo el mundo la conocía.
            No necesitó caridad, ni servir a nadie para poder vivir. A pesar de su discapacidad, salió adelante por sus propios medios gracias a su pequeña industria casera. Por eso, cuando se me presenta alguna dificultad que no acierto a resolver, pienso en Carola y en aquellas primeras moras, y me doy cuenta de que en lo más sencillo está a veces la clave para superar los mayores problemas.

1 comentario:

  1. que gran razón y cuánto tenemos que aprender de gente como Carola

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