martes, 6 de septiembre de 2011

LAS ESPECIAS DE SARA

            Siempre fue una niña muy despierta. Sus padres tenían una pequeña tienda de ropa en una de las calles más comerciales de la ciudad, pero el interés de Sara por las prendas de vestir era nulo. Por eso, cuando acababa sus deberes, cogía la merienda y salía a la calle. Unos metros más allá de la boutique familiar había una tienda de especias.
            El establecimiento era uno de los que contaba con más solera y tradición de todo el barrio. Conservaba las vigas y columnas de robusta madera con que fue construida, y también los armarios, anaqueles, cajones y mostradores de la misma madera rubia, aunque con el uso el barniz original se había oscurecido bastante. Grandes sacos de exóticas especias, abiertos para mostrar el género, se apoyaban en todas las columnas. Excepto por las balanzas de precisión y la caja registradora, que eran modernos, uno podía llegar a creer que allí dentro el tiempo había retrocedido varios siglos. Sara disfrutaba en aquel lugar, paseando por entre los sacos y mirando los rótulos de los cajoncillos: nuez moscada, pimienta de Cayena, orégano, pebrella, piñones, azafrán… Todo tenía un olor especial que ella estaba tratando de aprender a distinguir. La mezcla de las distintas especias que abarrotaban el local le confería al aire un perfume inigualable, pero ella estaba comenzando a distinguir cada uno de los aromas de entre los demás. Los dueños de aquel lugar la conocían desde niña, y la dejaban estar allí todo el tiempo que ella quisiera. Y Sara aprovechaba cada minuto. Hasta el bocadillo de la merienda le sabía mejor si se lo comía allí.
            Igual que un perfumista entrena su nariz para distinguir hasta los más sutiles matices de las esencias que emplea en su trabajo, Sara llegó a conocer tan bien los olores y colores de todos aquellos misteriosos polvos que era capaz de distinguir si la canela venía de Ceylán o del continente, si los granos de mostaza se habían mojado en el arbusto o no, si la pimienta era blanca, negra, verde o rosada sin llegar a verla, si la guindilla se había secado con las suficientes horas de sol para alcanzar el grado máximo de sabor, o si el curry procedía del centro o del sur de la India.
            Cuando ya no hubo condimento que tuviese secretos para ella, la pequeña Sara comenzó a preguntar a los clientes qué clase de platos pensaban cocinar con lo que habían ido a comprar; así aprendió que el pimentón de la Vera no sirve para las sopas de ajo con torrezno igual que el de Aldeanueva, que el pescado blanco se vuelve una delicatesen si se le añade una pizca de pebrella alicantina, o que para un solomillo a la pimienta más suave se usa la pimienta verde en lugar de la negra, y al revés si la carne ya tiene unos días y sabe fuerte. También aprendió que la mezcla de clavo y canela puede llevar a un conejo de corral a la categoría de ambrosía para el paladar, y que una besamel normal pasa a ser extraordinaria con una pizca de nuez moscada. El siguiente paso fue experimentar en la cocina de su casa el efecto de cada especia en los platos y en los paladares, y así aprendió que tenían efectos “secundarios” en aquellos que las tomaban: el mismo plato podía inducir a una persona al sueño o mantenerlo despierto dependiendo de con qué se condimentase, anular o animar su libido, hacerlo entrar en calor o refrescarlo… Las especias en sí mismas eran una ciencia maravillosa, y Sara estaba decidida a desentrañar todos sus secretos.
            Hacía falta una pequeña fortuna para tener un negocio de especias como aquel, y ella sabía que no conseguiría nunca semejante capital; además, los dueños de la tienda tenían hijos que se harían cargo del negocio cuando ellos faltaran, según venía haciendo la familia desde seis generaciones atrás. Pero Sara sabía que su vida tenía que seguir vinculada a aquellos sacos de polvo aromático de colores que valían, en muchas ocasiones, más que el oro. ¿Cómo podría hacerlo? Por más vueltas que le daba, siempre llegaba a la misma conclusión: la única manera era saber sobre ellas más que nadie, dominar su uso, su efecto y sus secretos. Convertirse en una alquimista moderna.
            Hoy en día, Sara no para un momento. Viaja por todo el mundo seleccionando las mejores especias. La llaman los cocineros de las casas Reales, y los mejores chefs que hay. Le dicen: “Señora Sara, se va a necesitar una mostaza especial para tal o cual tipo de carnes”, o “Señora Sara, en la boda de los príncipes se va a servir este plato de tal pescado, ¿cuál es el mejor condimento para dejarlo exquisito?” Y Sara lo encuentra para ellos, y se lo envía, indicando la cantidad justa para el efecto deseado. Es uno de los secretos del éxito de muchos renombrados cocineros, pero ellos nunca lo dirán. Ni ella tampoco, por supuesto, porque no quiere la fama, ni la notoriedad. Sólo seguir con su alquimia de los aromas y los sabores para que todos puedan disfrutar de sus amadas especias.

No hay comentarios:

Publicar un comentario