lunes, 5 de septiembre de 2011

LO QUE PIENSAN LOS ANIMALES

            Por culpa de esa tendencia rara que tengo yo de ponerme en el lugar de todo el mundo (y que me ha metido ya en algún que otro lío), muchas veces trato de adivinar qué es lo que piensan los animales. En ocasiones me gustaría oír su opinión, como le ocurría a Eddie Murphy en una película, pero luego desecho la idea: ya bastantes problemas nos dan a veces las opiniones del resto de humanos como para encima escuchar las de los bichos. De todos modos, reconozco que suelo tratar de meterme en su piel para aventurar lo que dirían ante determinadas situaciones.
            Cuando escribí “La paloma de suelta”, el segundo cuento de mi libro, lo hice tratando de ponerme en el lugar de la protagonista, una paloma usada como reclamo en las sueltas deportivas que tanto se practican por donde yo vivo. Expresé y puse en su pico lo que yo diría si me encontrase en su situación, enlazando ese sentimiento con temas tan de actualidad como la violencia machista, la prostitución y las apuestas ilegales. Ese cuento es una gran metáfora de ese mundo que tenemos delante y a veces no queremos ver. No debí escribirlo bien, porque muchas personas no lo han entendido.
            Cuando intentas poner en marcha un proyecto laboral creativo, como es un libro, te expones a que no todo el mundo comprenda lo que quieres decir; hay bastantes personas que me han dicho: “El libro me ha encantado, menos el cuento de la paloma. Yo creo que en la realidad no es así, se te ha ido la mano, es muy triste, los pájaros no tienen sentimientos…” Todo ello son opiniones de personas reales, y por tanto respetables. Por un lado me arrepiento de haberlo incluido en la selección de relatos para el libro porque no sigue la línea de los demás, y no está siendo aceptado. Pero por otro lado me resisto a creer que me equivoqué escribiéndolo. Las palomas no hablan, no lloran, no gritan. Pero si extrapolásemos la situación al mundo de los seres humanos, la cosa cambia. Imaginad una mujer a la que sueltan a correr en campo abierto, y lanzan tras ella doce o catorce hombres hambrientos de sexo que la persiguen sin descanso con el único fin de tumbarla y copular con ella en cuanto la alcanzan, y agredirla a golpes si no consiente ser montada por el macho que la detenga el primero. Imaginad que además existe la costumbre de mermar la capacidad de correr de esa mujer para que pueda ser alcanzada más fácilmente por los machos. Y que encima haya otros apostando a ver quién es el campeón que primero se la lleva al huerto.
 Yo no sé lo que pensará la paloma, quizá nada, o quizá sí, pero el único fin de ese relato era el de hacer pensar a las personas sobre el uso que hacemos de los animales. A juzgar por las críticas, no lo he conseguido. ¿O sí?
            Le pregunté al respecto a mi perro, que me suele aconsejar en estas cosas. Con su mirada me dijo: “ama, si quieres que la gente te lea y quede contenta, habla de sentimientos humanos sin más, y si tus relatos acaban bien, mejor que mejor. Si te metes en temas escabrosos, causas comprometidas o política, no podrás comer de tus libros nunca”.  Tendré que aprender a hacerle caso.

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