domingo, 18 de septiembre de 2011

LOS RUISEÑORES VUELAN EN BANDADA

            Los ruiseñores son, de entre los pájaros cantores que conocemos, los que emiten el canto más hermoso, junto con las alondras. No hay en el reino animal aves cuyo trino enamore igual que el que ellos son capaces de regalarnos. Por eso da igual su tamaño o el color de su plumaje, porque la maravilla de su garganta le resta importancia a todo lo demás.
            Lo que mucha gente no sabe es que el ruiseñor no nace sabiendo cantar, sino que aprende de sus mayores. Esto es un dato cierto, podéis comprobarlo. Si en una  comunidad de ruiseñores hay un gran cantor, las generaciones siguientes mejoran la calidad de su canto, y a la inversa: cuando uno de los grandes desaparece o muere, los polluelos que le rodeaban no consiguen aprender a cantar igual de bien. Yo tampoco sabía que esto era así, hasta hace unas pocas noches.
            Una bandada de ruiseñores vino volando desde muy lejos, y fueron a posarse para cantar en una zona de bosque a la que el capricho de la naturaleza había castigado con dureza. Por todas partes se podía ver el recuerdo de la destrucción y la muerte: árboles caídos, ramas desgajadas, troncos muertos, y otros tratando de volver a brotar. Por eso, los mejores cantores de la bandada, acompañados de todos los demás, se esforzaron por ofrecer allí lo mejor que podía salir de sus gargantas, los cantos que aprendieron de sus mayores. Se les unieron algunos pájaros del bosque herido, y esa noche, cantando todos entre los troncos caídos, consiguieron crear un momento tan especial, tan emocionante, que incluso las piedras de los caminos se sintieron conmovidas. El resto de pájaros del bosque, que acudieron a escucharles, terminaron entonando también algunas canciones con aquellos ruiseñores, y al final, mirlos, tordos, gorriones, jilgueros, estorninos, golondrinas, alondras, abubillas, verderones, palomas, canarios y otras muchas aves se vieron, por una vez, cantando juntos como una sola voz: la voz de la solidaridad.
            Después, los pájaros de aquel bosque herido ofrecieron a los ruiseñores los mejores alimentos que pudieron encontrar. Los habían preparado añadiendo como condimento una gran dosis de cariño, y eso los convirtió en manjares dignos de la mesa de un rey.
            La bandada de ruiseñores echó a volar a la mañana siguiente. Volvieron a su isla, a su bosque, pero sabiendo que un lazo invisible los unirá para siempre con las aves del bosque herido. Allí, los pájaros vuelven a tener ganas de cantar, y algunos de los polluelos más jóvenes que fueron a escuchar a los ruiseñores saben ahora cómo hacer para que su canto provoque la alegría de los demás. Gracias, magos alados, por enseñarnos a cantar de esa manera.

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