sábado, 3 de septiembre de 2011

MI BICICLETA ELÍPTICA

            Mi bicicleta elíptica (o epiléptica, como la llaman mis vástagas) es una hermosura gris y negra, con sus plataformas y sus cuatro cuernos, que compramos durante un ataque de locura transitoria hará tres o cuatro años. Creo recordar que fue en uno de esos arrebatos de buenos deseos que todos tenemos dos veces al año. Sí, una época de esas que aprovechan las editoriales para tentarnos con colecciones de lo más absurdo que nunca terminamos. Ya no sé si fue un enero o un septiembre, que es cuando todos nos ponemos serios y decimos: de este año no pasa que pierda veinte kilos, aprenda inglés, deje de fumar… (elíjase la opción más adecuada en cada caso). Como en esta casa no se fuma, sólo quedaban el inglés y el adelgazamiento, y elegimos mejorar el físico primero.
            Cuando fuimos a comprarla, llenos de ilusión y de ganas de machacarnos quemando calorías sobre ella, estuvimos un buen rato mirando la tabla técnica de cada uno de los modelos que había en la tienda, sobre todo fijándonos en las horas de uso semanal. Cuanto más barata la bici, recomendación de menos horas a la semana de trabajo: de cinco a diez, un precio. De diez a quince, otro precio. De quince a veinte… en fin. Yo votaba por la de diez a quince. Calculaba: media hora diaria cada uno los siete días de la semana, más vale no quedarse cortos, pongamos la de diez. Pero mi costillo, en un alarde de optimismo decía que no, que más. Que una hora diaria por lo menos. Y yo, como en esas cosas procuro no llevarle la contraria, pues nada, lo que tú digas, amor. La más cara.
            Instalarla fue todo un show. Ríete tú de los muebles de Ikea. El tornillo A en el agujero J pasando por la abrazadera H del lado izquierdo, sin olvidar la arandela Z… un puzle de mil piezas se acaba antes. Tremendo. Así que dejé a mi manitas casero enredado con las instrucciones y yo me fui a hacer la comida, que con el pollo al horno me llevo mejor que con las herramientas y las tuercas. Toda una mañana oyendo un reniego tras otro, un alicate que se cae, un destornillador que no aparece… y al fin, ¡¡¡¡TACHAAAAAAAN!!!!! La bicicleta elíptica ya estaba lista para dejarla echando humo con nuestros pedaleos. Cariño, no me pongas patatas con el pollo que hoy empiezo la dieta.
            Ni que decir tiene que la estrenamos enseguida. Yo me subí, y cuando llevaba tres minutos ya sentía que el hígado se me quería salir del sitio, le bajé la resistencia, aflojé el ritmo y conseguí estar diez minutos dándole, tras los cuales me dejé caer en la cama. Mi costillo se reía, cariño, qué flojucha estás. Entonces se subió él, duró veinte minutos como un campeón, pero le hice bajar pensando que le podía dar algo (más que nada por el color escarlata de su cara, la lengua fuera y los ojos saliéndosele de las órbitas. No me pareció un aspecto muy saludable). Luego pasé el mocho para recoger el sudor, y decidimos aumentar dos minutos cada día (esto debe ser que como estamos desentrenados hay que hacerlo gradual).
            Hace algo así como dos años que ninguno de nosotros se sube a ella. Yo jamás alcancé la hora de pedaleo, ni siquiera pasé de la media hora. Él sí, pero una hora es mucho tiempo para alguien que no tiene tiempo. De aquella época en que adelgazamos hasta un nivel aceptable, sólo me queda una colección de pantalones que ya no me puedo poner porque volví a engordar. Y la bici me hace de perchero para el batín de estar por casa, y divinamente, oigan.
            Digo yo que a lo mejor, cuando el día uno de enero me entre otra vez el ataque de buenos deseos de año nuevo, a lo mejor me decido a volverlo a intentar. De momento, este septiembre sólo me han entrado ganas de aprender inglés. ¿Cómo lo hago? ¿Por fascículos o mejor en una academia?

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