jueves, 8 de septiembre de 2011

NO COMPRES. ADOPTA.

            Carlos quería tener un perro. Siempre había soñado con tener uno, pero nunca había podido: su madre no estaba dispuesta a cuidarlo, y conociendo el carácter descuidado, pijo y poco comprometido de su hijo, no le creyó cuando él juró y requetejuró que lo sacaría siempre, que lo cuidaría, lo cepillaría y le daría de comer. Pero ahora era distinto. Ahora que se había independizado, tenía un trabajo que le permitía vivir bien y su madre no se podía negar. Había llegado el momento.
            Hojeó varias revistas especializadas en perros de raza. Carlos no quería un chucho cualquiera, quería uno concreto, el perro de moda, el que lucían los ricos y famosos en brazos cuando salían por la televisión. Quería un bulldog francés blanco y negro, costase lo que costase. Y, por supuesto, con carnet de pureza de raza, pedigree y árbol genealógico, nada de perros de criaderos chinos. Le habían dicho que esos se ponían enfermos con facilidad, y no estaba dispuesto a pagar veterinario a destajo de un chucho defectuoso.
            Fiel a su filosofía de que todo se puede conseguir con dinero, Carlos contactó con un particular que había tenido una camada de esa raza concreta. La madre era campeona de no sé qué exposición, y el padre tenía un impresionante carnet en el que se detallaba su rancio pedigree. Acababan de destetar a los cachorros, y ya estaban listos para ser vendidos.
            Casi mil euros le pidieron por el perro, y él estaba dispuesto a pagar. Pero antes le exigieron, como condición indispensable, que se quedase un rato a solas con la perra cuyo hijo iba a llevarse a casa. Lo que vino después jamás lo habría imaginado.
            “Sasha”, la bulldog francesa, se sentó en el sofá a su lado, y con toda la naturalidad del mundo, le tendió una pata.
            –Buenas tardes, Don Carlos. Tengo entendido que está usted interesado en llevarse a casa a uno de mis pequeños.
Estupefacto, él la miraba sin contestar. La perra continuó hablando.
            –¿Me oye usted? Le he preguntado si va a llevarse a uno de mis cachorros.
            –Sssí –balbuceó él–, eso parece, creo. Vamos, eso quiero.
            –Bueno, no parece usted muy despierto, que digamos –criticó el animal, mirándole de arriba abajo–. ¿Ha traído su carnet?
            –¿Mi carnet…? Creo que sí. Pero, ¿para qué lo quieres? Qué tontería, estoy hablando con un perro, me ha debido sentar mal el desayuno.
            –Su carnet, por favor. ¿Cómo quiere que sepa de qué clase de familia viene si no veo su pedigree, ni su árbol genealógico? –la bulldog estaba empezando a enfadarse– No me dirá que no lo ha traído…
            –Pues mire, señora perra, es que los humanos no tenemos carnet de pedigree porque no somos perros –le espetó en tono burlón.
            –Sus apellidos, humano estúpido. Quiero conocer sus apellidos. Y dónde nació. Eso lo pone su carnet, pero aunque no lo lleve encima, supongo que no será tan tonto como para no saberlo, ¿o me equivoco? –le contestó el animal a punto de perder la paciencia.         
Carlos, desconcertado, no se atrevió a contrariarla. Los ojos de la perra, saltones como es típico en su raza, parecían a punto de salírsele de las órbitas por el enfado. Resollaba ruidosamente, y temblaba sobre sus cortas patitas.
            –Me apellido Pérez Rodríguez, y soy de un pueblecito de…
La perra montó en cólera. Comenzó a dar saltos y a ladrar como una loca.
            –¡¡¡Amo!!! Llévate de aquí a esta “personucha”. No tiene categoría, ni abolengo, ni nada de lo que hace falta para llevarse a uno de mis hijos, que son los cachorros de mejor pedigree de nuestra raza. ¿Será posible, semejante patán pretendiendo tener un ejemplar así? ¡¡¡Échalo a la calle, amo!!!!
            Y Carlos se quedó sin perro.
            Esta historia tiene su moraleja. Los perros no preguntan sobre nuestra procedencia. Sólo quieren cariño, protección y que cuides de ellos y los alimentes. A cambio dan todo lo que son, a veces incluso hasta su propia vida, por amarnos y defendernos. Ellos no nos piden el carnet, no indagan sobre nuestras raíces, ni sobre la pureza de nuestra sangre. Y entonces, ¿por qué nosotros sí lo hacemos? ¿Por qué pagamos cantidades indecentes de dinero por perros de raza cuando las perreras están llenas de magníficos animales que serán sacrificados si nadie los adopta? El perro mestizo también es hermoso, también es inteligente, y está lleno de cariño para dárselo a quien lo quiera. Yo tengo un perro mestizo. No lo cambio por un carísimo perro de raza, que por endogamia puede incluso resultar enfermizo, o trastornado. Comprar perros solamente fomenta los criaderos ilegales, dejando sin amparo a los animales que no pertenecen a las razas de moda. No compres. Adopta.


2 comentarios:

  1. Guapisima sabes que me encantan tus historias, y que te sigo desde hace tiempo, por eso tienes una sorpresa esperandote en mi blog. Pasate por alli un besoo

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  2. Hay Su que bonito una historia real como la vida misma, muchísimas gracias por haber tenido este detalle conmigo aquí tienes una amiga para siempre un besito.

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