domingo, 11 de septiembre de 2011

NOTO QUE ME HAGO VIEJA

            Sí, ya lo voy notando. Hasta ahora no había sido consciente de ello, pero ya llevo una temporada percibiendo en mí misma actitudes que antes no tenía, y que me dan a entender eso, que me hago vieja. Vieja y gruñona, añado. Lo de gruñona me viene desde la cuna, lo he sido siempre (luego no sé por qué me quejo de mi vástaga pequeña, si ella es igual, la pobre), pero como dicen que cuando uno envejece esas cosas se acentúan, constato que ahora soy cada día un poco más renegona, porque encuentro razones para gruñir en todas partes.
            Empecé a darme cuenta de que me hago vieja con esa moda absurda de los chicos de llevar los pantalones vaqueros con la cintura perdida en algún lugar entre el bajo vientre y las rodillas, y con los calzoncillos al aire. Que los ves andar y se han vuelto mancos, porque tienen que estar siempre con una mano aguantándose los pantalones para que no se les caigan, con lo cual sólo les queda una zarpa libre para todo lo demás. Luego esa moda se extendió a los bañadores, que ahora van a las piscinas con el bóxer asomando sobre la cinturilla. Que digo yo que de nada sirve buscarles un bañador bonito y que se seque rápido para que no se les arruguen a los chavales los colganderos, si luego ellos se colocan los gallumbos debajo. Vamos, eso no se seca ni a tiros. Me imagino a mí misma con el bikini puesto y unas bragas debajo, asomando las puntillas por los bordes, y me parto de risa. Cuando era joven aceptaba mejor eso de las modas. Ahora, como me hago vieja, no sólo me espantan sino que además lo digo, cosa que antes no habría hecho.
            Otra de las modas de ahora que me da repelús, es aquella que dictaba que todas las chicas, aunque les sobrasen arrobas, tenían que llevar pantalones de tiro bajo (de los que yo llamo RDH, o sea, “a ras de higo”) porque disimulaban la “tripita”. ¡Ja! Decía yo. ¡Ja, ja!, añado ahora que me hago vieja. Con eso sólo se consigue que las lorzas se desparramen por encima de la cinturilla del vaquero. Por no hablar de lo de llevar debajo tanga de cuello alto en color fluorescente, para que asome y se vea que somos liberales y usamos tanga. A más de una me dieron ganas de estirarle del hilillo y soltar de golpe, a ver si así se daban cuenta de que iban haciendo el ridículo. Hasta tal punto llegó el tema de los vaqueros RDH, que cuando las chavalas se agachaban a recoger algo del suelo les pasaba como a los albañiles y fontaneros de antaño, que se les veía el arranque (o algo más) de la regatilla del trasero. ¡¡¡UN EURO PARA ESA HUCHA!!!! me dieron ganas de gritarles a algunas. Menos mal que mi costillo me contenía, que si no…
            Pero sobre todo, en lo que más estoy notando mi aproximación a la vejez es en el tema tatuajes, piercings y demás perrerías corporales. Pares un hijo, lo crías con todo el amor, le curas las heridas cuando se cae de la bici, que cada gota de su sangre y cada rasguño te duelen a ti en el alma, lloras cuando cogen la varicela y se les quedan marquitas en la cara para toda la vida, y luego crecen y se llenan el cuerpo de dibujos negros que no se quitan, y de agujeros, pinchos, tachuelas y demás trozos de elementos extraños que se hacen colocar en los sitios más dispares: las encías, la lengua (Dios, con la pasta que te costó la ortodoncia), la cara, el ombligo (sí, ese ombligo que te tuvo días sin dormir cuando era un bebé porque se infectó y no cicatrizaba), y hasta en la punta de… bueno, ya sabéis a qué me refiero. A todos esos yo les pondría otro en forma de argolla bajo la nariz (algunos ya lo llevan, doy fe) para enganchar al aro una cuerda, como se hacía antiguamente con los bueyes díscolos, y tirar de ellos cuando estén a punto de hacer otra tontería. Mis hijas me preguntan cuándo se van a hacer un tatuaje, y yo les contesto que cuando ya no vivan en mi casa y yo me haya muerto y no pueda verlo.
            La lista de las cosas que me sacan de quicio en la juventud crece cada día, con temas como la falta de puntualidad, la falta de formalidad y el escaso o nulo sentido de la palabra “comprometerse” que tienen algunos, pasando por el escaqueo descarado que se gastan a la hora de dar el callo en lo que sea, y ese pensar que “ya lo harán los demás”. El poner y quitar mesas, preparar comidas, comprar, trasladar, servir y limpiar son tareas para los mayores. A ellos, si lo intentan, a lo mejor les sale una hernia, o se les cae un piercing, o se rompen una uña.
            Por todas esas cosas que hacen que cada día reniegue más que el anterior, es por lo que noto que me hago vieja. Antes veía que de cada diez jóvenes, dos eran personas amables, educadas, trabajadoras y comprometidas, y sólo esos dos me hacían creer en la juventud. Ahora sólo me fijo en el egoísmo de los otros ocho, y pienso en que, si esos son los que han de pagar mi pensión de jubilada algún día, los viejos como yo tendremos forzosamente que trabajar hasta los ochenta y cinco años, si no la palmamos antes de un ataque de mala leche.

1 comentario:

  1. Permiteme que me incluya en ese clan de viejas gruñonas si es asi como hay que definirlo. Si, porque aunque mi edad no diste demasiado de esos "JOVENES DE HOYH EN DIA", no entiendo ni su actitud, ni sus modas ridículas, ni su falta de personalidad ni sus aspiraciones a nada!
    Creo que el sentimiento de crisdpación y preocupación por el futuro, nos hacen ver las cosas mucho peores, pero algo tengo claro, y esa que se que tu, que tienes dos pequeñas joyas por pulir, no serán dos piedras mas que caer en el mismo saco, asi que animo!!

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