martes, 20 de septiembre de 2011

REBELIÓN EN LA COCINA

            Cuando se tiene algún animal en casa, ya sea gato o perro, o todo junto como es mi caso, uno se vuelve inmune a los ruidos. Si durante la noche se oye algo raro, ya ni te levantas de la cama. Seguramente es el gato jugando, el perro tratando de coger al gato, o similar. Llega un momento en que los ruidos nocturnos ni siquiera te despiertan, porque no los identificas como motivos de alarma. Esto puede acarrear alguna que otra sorpresa.
            Yo no sé el festival que tuvo que tener lugar anoche en mi cocina, porque no recuerdo haber oído ningún ruido. Pero algo pasó en el armario de los desayunos, porque cuando lo abrí todo estaba fuera de su sitio. Aún así, tampoco le di importancia al tema, supuse que alguna de mis hijas habría estado rebuscando entre los dulces, aunque ellas negaron haber hecho nada.
            Antes de continuar contando esta historia tengo que aclarar que en mi casa cada uno desayuna una cosa distinta: leche entera para la que está creciendo, sin lactosa para la intolerante, desnatada para mi eterna dieta y soja para la dieta de mi costillo, café descafeinado para la parada y con extra de cafeína para el currante, cacao para la golosa, salvado de avena para una servidora, cereales integrales con virutas de chocolate para una, con frutos rojos para el otro, semillas de goji y de lino para la que se cree todos los artículos de salud que salen en las revistas, galletas de canela para la que aún no se preocupa de su línea, algún croissant para los días de depresión, levadura de cerveza para el acné juvenil, y zumos de todos los colores. Vamos, que para preparar los desayunos en esta casa hay que hacer un máster.
            Hecha esta aclaración, continúo la historia. Como ya he dicho, al abrir el armario de los desayunos esta mañana no había nada en su sitio. Lo saqué todo a la mesa un poco extrañada, pero bueno. Mis vástagas y yo comenzábamos a servirnos cuando sonó el teléfono. Era mi costillo. Por alguna extraña razón, el zumo de piña que se había tomado sabía a naranja, y le había dado ardor de estómago, porque la soja sabía a leche de vaca y la mezcla le sentó mal. Además, a pesar de haber tomado café se iba durmiendo por las esquinas. Yo me eché a reír. “Este se levantó medio zombi, y se equivocó de brick de leche, y de zumo, y luego se arreó un descafeinado. Debería acostarse más temprano, no duerme suficiente”. Pero no. Al cabo de un momento fue un “mami, la leche sabe raro”. La probé por si se había puesto mala. Era soja. La de mi tazón sabía dulce, pese a que yo no le echo azúcar. Me serví el salvado de avena, y las semillas de lino nadaban entre los copos. Me enfadé. “¿Quién me ha mezclado la avena con el lino?”, rugí. Pero mis niñas tenían cara de no entender nada, y además las galletas de canela estaban mojadas con zumo de manzana, y tuve que tirarlas. Malhumorada, le dije a mi vastaguilla pequeña que comiese cereales, pero las semillas del goji se habían enrollado en las virutas de chocolate, y como no le gustan empezó a escupir la cucharada que se había llevado a la boca. Mi otra niña protestaba porque la levadura de cerveza tenía un color raro, y es que estaba mezclada con el café de su padre.
            Después de comprobar que en el envase de zumo de naranja había melocotón, y en el envase de piña había zumo de naranja, ya no pude más. Mandé a mis niñas al bar de abajo para que fueran pidiendo un desayuno normal, me encerré en la cocina, saqué el cubo de la basura y lo coloqué frente al armario. “Cuando vuelva quiero que cada uno esté en su sitio, y al que encuentre en el envase que no le corresponde, lo tiro a la basura o al fregadero, ¿estamos? ¡Se acabó el cachondeo ya!”
            Todo el que me conoce sabe que cuando yo digo que tiro una cosa, la tiro. De hecho, a veces mi costillo dice que tengo un “affaire” con el cubo de la basura. Los habitantes del armario de los desayunos también lo saben, por eso cuando volví a casa de dejar las niñas en el colegio todo estaba perfectamente colocado en su lugar, de modo que las únicas víctimas de la insubordinación alimenticia fueron la caja de galletas de canela y mi niña mayor, que me llamó a media mañana desde la escuela para que fuera a buscarla. Se había bebido la leche de su hermana, y tenía un fuerte dolor de tripa. La intolerancia a la lactosa, que es muy latosa.

1 comentario:

  1. upssss espero que se mejore pronto, y que los batallones de la cocina hayan aprendido la lección y NUNCA MAS VUELVAN A LIARTE UNA ASI!!!

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