jueves, 22 de septiembre de 2011

SEGUNDO VIAJE DEL TROVADOR DE SUEÑOS

            La figura inconfundible del trovador de sueños, laúd en mano y morral a la espalda, emprendió un nuevo y largo viaje, atraído por lo que había oído de labios de una mujer. Ella, mientras dormía entre los brazos del músico errante, murmuró el nombre de la ciudad en que nació, despertando en el trovador el deseo de descubrirla y conocerla, de recorrer sus caminos, los públicos y los secretos, como hacía con cada una de las mujeres que lo elegían para compartir sus juegos nocturnos.
            Teniendo en cuenta que partía desde una ciudad marítima, la maravillosa “novia del mar” a la que llegó en su primer viaje, le pareció lo más inteligente preguntar a los marinos del puerto, que eran los que más sabían de geografía, qué dirección debía tomar para llegar a su nuevo destino. El piloto de un bergantín que ya se aparejaba para partir hacia los mares del norte le dijo: “la ciudad que buscas no la hallarás caminando. Andarás muchas jornadas, pero luego tendrás que navegar para encontrarla”.
            El trovador de sueños, que no tenía prisa por llegar porque nadie le esperaba, sonrió ante la perspectiva de tener un nuevo horizonte al que dirigir sus pasos, se colocó en una esquina y cantó sus canciones para, con las monedas que ganase, emprender el largo camino que tenía por delante.
            Puso rumbo hacia el sur. Desde que el sol asomaba en el horizonte saludándole con un guiño hasta que comenzaba a declinar, el trovador de sueños caminaba por las vías más transitadas. De ese modo conoció a gentes de todos los lugares, aprendió cantares y romances nuevos y desconocidos para él, y pudo continuar con su costumbre de dormir bajo techo y acompañado, como solía, para continuar camino al alba, sin mirar nunca hacia atrás.
            En su ruta atravesó de nuevo las montañas del norte que ya conoció en su primer viaje, los páramos y la dura meseta en la que el sol no tiene piedad de nadie. Conoció pastores que conducían enormes rebaños de ovejas, y que en su camino trashumante buscando nuevos pastos para su ganado entonaban canciones muy antiguas para no sentirse solos. Vio en las ciudades por las que pasó vestigios de culturas que le eran ajenas, pero no quiso detenerse en ellas más que lo justo para buscar cobijo por las noches, porque las quería de destino para futuros viajes.
            Un histórico desfiladero le dio paso a las tierras del sur. Atravesó grandes extensiones de olivos, y las mujeres que le abrieron su lecho para compartirlo con él durante las últimas noches eran morenas, graciosas, y tenían un acento distinto al de cualquier mujer que hubiera conocido antes.
            Por fin, el trovador de sueños llegó hasta el mar, y los pescadores de la orilla le saludaron con agrado. Una muchacha descalza cosía las redes de su padre en la playa. Tenía la falda recogida sobre las rodillas, y sus piernas firmes y morenas atrajeron la mirada del trovador, que después de preguntarle el nombre de aquel mar, le dedicó un ocaso entero de canciones de amor. Ella le habló del puerto, de los barcos que salían de él hacia lejanos destinos atravesando un mar que los antiguos creían que tenía un final, un enorme abismo que se tragaba barcos y hombres, porque ignoraban la redondez del mundo. Le contó de los monstruos que creían que habitaban aquellas aguas, y le habló de un marino italiano que zarpó de aquel mismo puerto y descubrió un continente nuevo, cambiando para siempre su historia. Y llegó la noche, y entre suspiros y besos ella contó las estrellas al mismo ritmo que él contó los lunares de su cuello y de sus piernas. Al alba, se desenredó con cuidado de los brazos de la muchacha y se embarcó en el puerto, rumbo a la ciudad que le esperaba en medio de aquel mar.
            Al llegar, bajó del barco con su magro equipaje. Le dio la bienvenida una mujer. Llevaba una blusa blanca, el pelo cubierto por una toca también blanca, un gracioso sombrerillo de paja y una falda de rayas de colores. Sonreía, y le ofreció unas flores a cambio de una canción. Le dijo: “bienvenido, trovador. Aquí encontrarás muchos cantores como tú, que tocan laúdes como el tuyo, y conocerás también un instrumento musical que nunca has visto, pero que te enseñará cómo es la voz de nuestra tierra”.
            Mientras la seguía por las calles de la ciudad, la florista le fue contando, con su acento suave y su mirada atlántica, las maravillas de aquel pequeño mundo en el que vivía. Le relató cómo eran los antiguos pobladores del lugar en el que luego se asentaría la ciudad, y le dijo que eran gentes orgullosas pero confiadas, que creyeron en las promesas de aquellos que llegaron en barcos, como había llegado él, y que vieron cómo su confianza era correspondida con la masacre y la esclavitud. Le habló del Dios en el que creían los antiguos, Achamán, de los diez reinos en que se dividía el territorio, cada uno con su rey, o su Mencey, como los llamó ella, que mantenían la paz y la concordia entre todos los que allí vivían hasta que llegó la cruz cristiana, y tras ella los guerreros y la sed de conquista. Le habló del idioma aborigen y de sus cantos ancestrales, y entonó para él, al ritmo de un pequeño instrumento de cuerpo redondeado y con sólo cinco cuerdas al que llamó timple, las isas y las folías que desde niña había aprendido. Después, la florista volvió a su trabajo y le dejó solo.
            Dedicó mucho tiempo a caminar aquella ciudad, no sólo por su belleza, sino por los otros muchos atractivos que encontró en ella: decidió que no se marcharía hasta aprender todas aquellas músicas, hasta saber tocar el timple, hasta probar todos los bocados exquisitos que allí se preparaban, hasta saber cómo amar a aquellas mujeres por cuyo acento se sentía acariciado.
            Durante aquellos meses de eterna primavera que vivió en la ciudad, le sorprendió la manera de usar el cereal para preparar gofio en lugar de pan. No encontró naranjas, sino plátanos maduros. El vino era distinto, hasta la arena de las playas era morena, como las mujeres, y no blanca, como había visto en el norte. Supo que la montaña que se veía a lo lejos no era tal, sino un volcán dormido, vivió el carnaval más colorido y bullanguero que había conocido nunca, y disfrutó de la alegría de vivir de aquellas gentes tan acogedoras. Vio en las mujeres rasgos parecidos a la de aquella que nombró la ciudad en sueños, y mentalmente la bendijo por conducirle hasta allí.
            Todo le resultaba sorprendente. Vio un parque verde en cuya entrada un reloj hecho de flores marcaba las horas con exactitud. Incluso vio un monumento en forma de pez, que es el que da su apodo a los habitantes de la ciudad. Vio palmeras y tamarindos, y otros árboles muy antiguos que jamás vio en ningún otro sitio. Cambió el pan por el gofio, bebió leche de cabra y probó quesos elaborados con ella, que no se parecían a los que conocía. Y se sintió tan cómodo que llegó a pensar en echar raíces por una vez en su vida. Pero se dio cuenta de que haciéndolo dejaría de ser el trovador de sueños, el nómada cantor que recorre los caminos cambiando su canto por unas monedas, y después de pensarlo mucho decidió marcharse. Eso sí, antes de buscar un barco con el que volver a sus orígenes, disfrutó una noche más enredado en el abrazo de una graciosa muchacha cuyos besos volvieron a hacerle dudar entre asentarse o volar.
            Al amanecer, sin hacer ruido, se vistió, se echó el morral a la espalda, y antes de coger su laúd para salir hacia el puerto, le robó a la joven sus chácaras para no olvidar el sonido de aquella ciudad. Eso sí, se hizo el firme propósito de que, cuando sus huesos ya no quisieran seguir andando caminos, cuando buscase un refugio en el que pasar el resto de la vida olvidando al nómada de su juventud, volvería, y se quedaría allí, en aquella ciudad, dejando que los vientos alisios le acariciasen como poco antes lo había hecho la mujer cuyo sueño no quiso interrumpir.

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