miércoles, 14 de septiembre de 2011

SÍ, QUIERO

            Hay que ver, a veces, qué rebuscada es la gente. Con el afán de ser originales, de hacer algo que nunca nadie hizo antes, hay quien se inventa las cosas más inverosímiles. A mí me llama especialmente la atención esa moda tan americana del “¿Quieres casarte conmigo?”, pedido a veces de la manera más absurda, y por supuesto grabado y colgado en internet, vídeos de primera o cualquier otro canal en el que el resto del mundo pueda ver y admirar el acontecimiento.
            Hace un tiempo, un chico complicó al pasaje entero de un avión comercial. Su novia le esperaba en el aeropuerto, y cada pasajero le fue entregando una flor a la chica a medida que fueron saliendo. El último, por supuesto, era el novio, con un ramo enorme y la pregunta de marras escrita en una cartulina. Lágrimas, aplausos y parabienes, y la intimidad del momento expuesta en un escaparate a los ojos de todos. Otro lo hizo tirándose en paracaídas sobre la playa en que había quedado con ella (a la pobre chavala casi le da un patatús de puro pánico), y rizando el rizo, otro enseñó el cartelito por el cristal de un acuario, vestido de buzo y rodeado de tiburones, en uno de esos parques oceanográficos enormes que hay por ahí. Qué alarde de espontaneidad, ¿eh?
            La verdad es que yo para eso soy más tradicional. O se hace a solas, o que no se haga. Hay momentos que se estropean si los compartes, y hay recuerdos que deben pertenecer sólo a dos. Para mí, uno es ese. Vas a pedirle a la persona a la que amas, quien mejor te entiende, quien más te apoya, quien mejor te conoce (todo esto en teoría, ¿eh? Que, aunque debería ser así, estas premisas no siempre se cumplen) que comparta contigo lo más bonito de tu vida, pero también lo más feo. Vas a darle tus sueños y tus ronquidos, tus despertares y tus legañas, vas a compartir el baño pero no siempre vas a limpiarlo. Compartirás la comida, pero también la digestión (con algunas de sus consecuencias), tu esfuerzo y tu sudor, tus buenos momentos y los malos, la alegría de vivir y todo lo que venga a estropearla. ¿Vas a pedirle todo eso delante de una multitud?
            Reconozco que mi marido no me pidió que me casara con él, fue algo que tuvimos tan claro y tan asumido desde el principio que no hizo falta la pregunta, ni el anillo. No podíamos, ni podemos, vivir el uno sin el otro, así que lo natural era casarse en cuanto fuera posible, y eso hicimos. Por eso anoche, mientras recogíamos la mesa después de la cena, me sorprendió el “Cásate conmigo” que me dijo. Tenía en los ojos la misma mirada enamorada con que siempre me mira, y la sonrisa de duende que usa cuando quiere hacerme reír.
            Evidentemente, dije “sí”. Sin flores, sin tiburones, sin paracaídas, con los platos sucios en la mano y en pijama. Y volvió a hacerme sentir como una princesa.

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