viernes, 16 de septiembre de 2011

SOBORNOS

            Siempre me tuve por una persona íntegra. Cuando uno entra en conciencia de que es un ser adulto y responsable de sus actos, se promete a sí mismo que nunca hará determinadas cosas, y esta fue una de las que juré no hacer. Pero luego llega la maternidad, y cuando todos los esquemas saltan por los aires, a veces no queda más remedio que recurrir a lo que dijiste que no recurrirías.
            Cuando mi hija mayor no lo era tanto, debía tener unos cuatro años, se cayó. No era la primera vez, desde luego, pero como yo no soy nada alarmista, siempre se solucionó el tema con algo de hielo y una pomada. Pero esta vez la brecha de su frente dejaba ver su cráneo, y echamos a correr hacia el hospital. El azar quiso que hubiera poco personal disponible en urgencias, solamente una doctora. Pero para la sutura necesitaba una ATS, un quirófano y una auxiliar que sujetase a la niña. Esperé casi dos horas, y al final me planté delante de ella y le dije: tú la coses y yo te ayudo. Debí darle pena, y accedió. Allí mismo, en la camilla de pediatría, nos pusimos a ello. Pero mi extraordinariamente pacífica Paloma, que siempre fue una niña tranquilísima, dejó de serlo en aquel preciso instante, de modo que me faltaban manos para sujetarla. Así que, ante la importancia del caso, recurrí al soborno. Cada punto, una Bratz. Cada dos, una cena en el McDonalds. Con eso, y la mamá-pulpo sujetándola por todos lados, paró de moverse y pudimos hacer la sutura. La broma me costó una pasta, pero bueno, la cicatriz apenas se le nota.
            Desde aquel lejano accidente no había vuelto a necesitar tan vergonzoso recurso. Hasta hace dos días, y todo por culpa del sistema educativo español y la falta de plazas en los centros de estudios musicales. Mi pequeña Marina, un año tocando el clarinete en la escuela del pueblo, alcanza la edad mínima para entrar en el conservatorio de música, hace la prueba de ingreso, queda la primera (¡¡¡¡¡¡LA PRIMERA!!!!!!) de ochenta niños, y se encuentra con que no hay ninguna plaza disponible de su instrumento, y si quiere hacer estudios oficiales de música tiene que cambiar de especialidad. Hazle entender eso a una niña de ocho años. No me quedó otra salida.
            Me senté frente a ella, pañuelo en mano, a negociar. Eché mano de todos los razonamientos posibles. Le expliqué, le volví a explicar, la abracé, lloré con ella. Nada. No había manera de consolarla. Así que al fin, lo hice. La soborné.
            Jamás sospeché que una caja de Magnum de tres chocolates tuviese el poder de cambiar el futuro de una persona, pero lo tiene. Ellos obraron el milagro. Mi vástaga, con los ojos rojos aún, un tremendo hipo y la cara llena de chocolate, me dijo “vale, mami. Me cambio de instrumento. Tocaré la trompa”.
            Tal vez eso del soborno no sea tan malo como yo pensaba. Hasta estoy valorando crear un arsenal de helados en el congelador de casa…

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