viernes, 9 de septiembre de 2011

TIEMPO DE CRISIS

         Sin saber cómo ni por qué, la palabra “crisis” llegó de pronto a la vida de Andrea, igual que irrumpe un elefante en una cacharrería: haciendo trizas todo a su paso. Tenía treinta y nueve años, y tanto le hablaron de la “crisis de los cuarenta” que comenzó a sentirla. Llevaba media vida trabajando en la misma empresa, pero en ella también se instaló la crisis, y despidieron a la mitad del personal, incluida ella.
            Andrea pasó muchos días tan desconcertada que no sabía qué camino tomar. Eran malos tiempos y mala edad para buscar trabajo nuevo, pero no podía hibernar como un oso hasta que la tormenta escampase, porque prometía durar mucho tiempo. Tenía que comer, tenía que vivir. Tenía que ocurrírsele algo.
            Una de esas noches se despertó de pronto, se sentó en la cama, y murmuró: “Debo hacer una inversión inteligente. Eso lo solucionará todo”.
            Por la mañana fue al banco, sacó una cierta cantidad de dinero, e hizo su primera inversión: unas tijeras. Después, se acercó a una tienda de deportes e hizo la segunda: una bicicleta. Y por último, compró un ordenador portátil, y dio por terminada su “fiebre inversora”.
            Nada más llegar a casa con sus nuevas adquisiciones, cogió las tijeras y comenzó por cortarse el pelo. Se quitó diez años de encima en un cuarto de hora. Después, destruyó todas sus tarjetas de crédito, y dejó únicamente una para las emergencias. El recorte de gastos continuó por la televisión de pago que nunca había tenido tiempo de disfrutar; aunque ahora dispusiera de ese tiempo, no se la podía permitir. Aparcó el coche en el garaje de un familiar, que estaba vacío, y anuló el seguro. Y también se dio de baja del gimnasio: el gasto de gasolina, mantenimiento del vehículo y el centro deportivo iban a ser sustituidos por la bicicleta que acababa de comprar.
            La ropa de siempre se iba quedando anticuada, pero no había presupuesto para sustituirla, así que rescató la máquina de coser de la abuela, que dormía en un rincón perdido del trastero, y se sentó a pensar. Pero no se le ocurría cómo hacer para modificar sus prendas. Había llegado el turno del ordenador. Salió a pasear con él bajo el brazo hasta que localizó una zona wi-fi gratuita. Varias páginas enseñaban, paso a paso, cómo hacer para que las prendas usadas cobrasen nuevas vidas de manera rápida y creativa. Era lo que ella necesitaba.
            Cogió una falda que ya no se ponía hacía años, y se la probó. Demasiado larga, demasiado sosa. Marcó el largo ideal, y tijeras en mano se dispuso a arreglarla. Una vez rematado el bajo, recordó las mariposas de aquella blusa que ya no usaba desde que las hombreras habían pasado a la historia. Quizás una mariposa en un lado, y otra cerca de la cadera, hiciesen la falda más alegre. Cuando la terminó, se la puso, y le entraron ganas de bailar, así que metió un disco en su equipo de música y bailó descalza, con la falda puesta. Y se dio cuenta de que hacía años que no bailaba.
            Desempolvó el carnet de la biblioteca y se acercó por allí. Tomó un libro en préstamo, y lo empezó esa misma noche. Durante mucho tiempo se había acostado cansada, preocupada por el trabajo, llena de problemas. Había olvidado la dulce sensación que proporciona leer entre las sábanas.
            Unos días más tarde, decidió pasear por la ciudad con su bicicleta, para buscar ideas y arreglar algunos pantalones que tenía en el armario. Pasó por delante de una mercería que estaba liquidando existencias, y entró. Se enamoró de unos ovillos de lana de color naranja y los compró, junto con unas agujas de tejer. No le vendría mal un jersey nuevo para el invierno, pero no sabía cómo hacerlo. Su vecina de rellano, una mujer de setenta años que había sido toda su vida ama de casa, le enseñó a cambio de que le regase las plantas durante las vacaciones. Y Andrea descubrió el placer de entrelazar la lana con los dedos y las agujas, y ver crecer la labor entre sus manos. El paso de ovillo a jersey era como el paso de gusano a mariposa. Cuando lo acabó, se lo puso. Y sintió ganas de salir de casa y lucirlo orgullosa. Le había quedado muy bonito, el color le favorecía, e incluso se sentía sexy.
            Los meses pasaban, y la cosa no mejoraba. Seguía sin encontrar trabajo, así que alquiló una habitación de su piso. Continuó yendo a todos los sitios en bicicleta, se pasó del filete de emperador a las sardinas, de la ternera al pollo, del café al poleo. Dejó de fumar, y su cuerpo lo agradeció. Descubrió que los productos de temporada rebajaban aún más la cuenta del supermercado, y que no pasaba nada si en agosto no se compraban naranjas porque vienen de Argentina, y que el melón que se encuentra en las tiendas en Enero es chileno y carísimo, mientras que el del mes de julio es nacional, sabroso y mucho más barato.
            Un año después de perder su empleo, Andrea comparó sus gastos de cuando ganaba un salario con los actuales, y le entraron ganas de llorar. No necesitaba un sueldo tan alto, que le exigía tanta responsabilidad y le hacía pasar tantas noches en vela, estrés, ansiedad y malos ratos. Había vivido para trabajar, y no quería volver a hacerlo. Sólo necesitaba trabajar para vivir, pero hasta ese momento no había visto la diferencia.
            Uno de sus aburridos trajes de chaqueta de la oficina tomó otro aire cuando le hizo dos aberturas profundas a los lados de la falda que dejasen ver la tela verde agua que había colocado debajo, y para hacerlo más divertido le cosió dos flores de colores a las solapas. Con su pelo corto y ese traje fue a una entrevista de trabajo. El entrevistador se extrañó al ver su edad: a él le había parecido bastante más joven. Aún así, no consiguió el empleo, y se sintió mal. En ese momento, como un destello fugaz, le vino a la mente que su madre, cuando ella era niña, la llevaba a un kiosko para cambiar los cómics ya leídos por otros igualmente usados, pero que aún no habían pasado por sus manos, y pagaba a cinco pesetas el trueque. Cuando le había ocurrido alguna cosa en el colegio y estaba disgustada, su madre la distraía llevándola a “cambiar los cuentos”. Era una forma inteligente y barata de que esos cómics tuvieran no una, sino muchas vidas, y también era la manera que ella tenía de cambiarle el humor a su hija. Y se le ocurrió una idea.
            Ahora mismo, Andrea tiene una tienda en su barrio de toda la vida, y una página en internet. Se llama “Trocadores Anónimos”. Ese libro que ya leíste, puedes cambiarlo allí por otro, dejando sólo un euro por el servicio. El chaleco que ya no usas quizá puedas trocarlo por unos pendientes que trajo la clienta anterior pagando solamente tres euros, y esa prenda, con algún detalle añadido, se la llevará otra chica mañana dejando a cambio un par de euros y una falda muy bonita que se le quedó pequeña.
            Poco a poco, como hizo Andrea, todos tendremos que aprender que la cultura del “usar y tirar” que ha imperado durante décadas se tiene que acabar si queremos salir adelante. Todo puede tener más vidas. Merece la pena darle a las cosas una segunda oportunidad. Contra la crisis, imaginación.

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