sábado, 10 de septiembre de 2011

TRADICIONES FAMILIARES

            Las tradiciones familiares son algo que me fascina. Esos pequeños rituales que se iniciaron un día más o menos lejano como un acto casual o anecdótico, se repitieron después casi como una broma, y a la tercera quedaron definitivamente instaurados como algo que no puede faltar, casi como un apellido añadido al clan familiar, cobran estos días para mí una importancia mayor que en otras épocas.
            A lo largo de mi vida he conocido tradiciones familiares de todas las formas y colores. En casa de mi madre, por ejemplo, si no hay espárragos y consomé no hay Navidad. Se sirva lo que se sirva en la mesa, la bandeja de espárragos y el tazón de caldo no pueden faltar. Lo demás, lo mismo nos da gambas que cordero que huevos fritos. Eso es secundario. Lo importante son los espárragos y el consomé, y un buen jerez para añadir un chorrillo al caldo. Pero esta no deja de ser una tradición familiar de las más normalitas que conozco.
            Hace un tiempo, un amigo de toda la vida me contó que en su familia tenían una tradición desde hacía muchos años: cuando había alguna comida en la que se juntaban todos (abuelos, tíos, primos y demás), el último en sentarse a la mesa fregaba los platos de todos. Hubo una ocasión en que el día del padre a las seis de la mañana se presentaron los primeros para sentarse a la mesa, y a las nueve ya estaban todos con el trasero en la silla. El pobre abuelo, entre el madrugón y la próstata, abandonó el puesto para ir al aseo y le tocó fregar.
            Todo esto venía para contaros una tradición curiosa que hay en la familia de mi costillo. Confieso que cuando lo vi aluciné un poco. El verano en que llegué por primera vez a Valencia como novia oficial y formal, me presentaron a mis suegros, a mis cuñados, a mis sobrinas (niñas entonces, mujeres ahora), y me extrañó ver a mi cuñado Pepe, que ya estaba talludito, jugando con una peonza en el patio. Luego vino a invitarme a jugar con él y me tendió el trozo de madera. Hice el ridículo más espantoso, porque nunca he sabido manejar el trompo y la cuerda, yo era más de muñecas y cocinitas, pero bueno, había que caer bien, no era cosa de decir que no. Después de reírse de mí un buen rato, me explicaron de qué iba la vaina: cuando mi cuñado Pepe entró como novio oficial en casa de los suegros, mi costillo tenía siete años. Su hermana le dijo: “Esta noche viene a cenar mi novio para que le conozcáis”. El niño, para hacerse notar en algo, dijo: “Pues yo le bailaré la peonza, para que sepa que yo también sé hacer cosas importantes”. Y le dio la bienvenida a su futuro cuñado así, trompo en mano. Por eso él había hecho lo mismo al llegar yo. Para devolvérsela.
            Hace un par de años, mi sobrina nos presentó a su novio, ahora marido, y para recibirlo compramos una peonza más. Ya éramos tres jugando: mi cuñado, mi marido y yo. El pobre debió pensar que se estaba metiendo en una familia de chalados… Hoy voy a una juguetería a comprar la cuarta. Mi otra sobrina nos presentará pronto a su parejo. Veremos la cara que pone el pobre chico cuando su futuro suegro, su futuro cuñado y dos de sus futuros tíos se pongan a jugar como críos mientras él trata de no perder la compostura. Me encantan las tradiciones familiares.

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