jueves, 1 de septiembre de 2011

UN DÍA EN EL PARQUE DE ATRACCIONES

            Hay pocas cosas que le hagan más ilusión a un niño que un día en el parque de atracciones. Ya les hace ilusión ir a los de andar por casa, con que imaginad lo que supone para ellos la expectativa de ir a uno de los más famosos del mundo, en el que en teoría se pueden encontrar a los personajes de todas las películas que han poblado su infancia de colores y cuentos. Vamos, que cuando amanece ese día te los encuentras vestidos y peinados a las cinco de la mañana. Para no llegar tarde.
            Como la agencia de viajes incluía la entrada al parque en el paquete vacacional, no notas la dolorosa de la taquilla. Menos mal. Ya la notarás después, no te preocupes. Lo hacen así para que te cueste menos sacar la cartera del bolsillo durante el día, y ten por seguro que vas a hacerlo. Muchas veces.
            Cuando entras en el mundo de ilusión y fantasía, lo primero que te choca es ver a la mitad de las niñas que pululan por el parque, ya de buena mañana, vestidas de princesas. Da igual cuál de todas, todos los vestidos están disponibles en las tiendas por las que pasas nada más entrar. Ahí comienza el bombardeo. ¡¡¡¡¡¡YO LO QUIEROOOOO!!!!! ¡¡¡¡¡CÓMPRAMELO, MAMÁ, POR FAVOOOOOOOOR!!!!! Y de paso, la mamá se pone unas orejas de rata con lazo rojo, que paseará todo el día como si fuera lo más normal del mundo.
            A medida que vas paseando por el parque, te vas dando cuenta cada vez más de que las atracciones son algo, ya no secundario, sino incluso terciario. Ahí lo importante no es que te diviertas, sino que tu tarjeta de crédito eche humo. Una cerveza, cinco euritos. Una coca-cola, cuatro con cincuenta. Un botellín de agua, tres y medio. Con un calor de morirse, y aunque hayas podido colar una cantimplora, no es suficiente agua para pasar el día los cuatro, así que no queda más remedio que pasar por caja.
            Para la primera atracción chula (con chula quiero decir un poco movidita) nos comimos hora y media de cola. Luego, el recorrido de la atracción en sí dura cerca de dos minutos. El balance es escalofriante. Y a la salida, te ves obligado a pasar por la tienda, en la que puedes ver la horrenda foto que te sacaron mientras caías por la aterradora pendiente del cacharro, ese momento irrepetible en que tu cuerpo salió disparado y el alma se te quedó detrás, cuando llevabas la boca tan abierta que se te veía hasta el píloro, por si la quieres comprar (precio módico, ocho euros), y un montón de muñecacos, camisetas, gorras y complementos varios alusivos al trasto infernal del que te acabas de bajar. ¡¡¡¡¡¡¡YO LO QUIERO!!!!!!¡¡¡¡¡¡CÓMPRAMELO, PAPIIIIIII!!!!!
            El resto del día, multiplíquese el párrafo anterior tantas veces como atracciones a las que le haya dado tiempo a subir. En algunas crees que se te va a salir el cerebro por los ojos, no está uno preparado para tanto meneo. Y la mecánica del marketing es la misma en todas ellas.
            Entre zona y zona, te pegas unos pateos de impresión. Te entra una sed… (trin, trin, trin, paso por caja). Y de repente, un olor delicioso a palomitas. Sientes un deseo feroz de comerte un buen paquete de palomitas, y… ¡oh, milagro! Doblas la esquina y encuentras un kiosko: pop corn. ¿Casualidad? No lo creo. Yo he llegado a pensar que tienen un ambientador con olor a palomitas, y lo vaporizan por todos lados para que te entre el hambre. Y cuando se acerca la hora de comer, hacen lo mismo con otro ambientador que huele a perritos calientes, porque si no no me lo explico. En la vida me han gustado los perritos a la americana, y ese día me dirigí al chiringuito de los hot dogs como si estuviera en trance, dejando un rastro de saliva a mi paso. Penoso.
            El atracón familiar de perritos con mostaza, kétchup, patatas y coca-cola te sale por un pico, unos setenta pavos, más o menos. Y tienes aún más de medio parque por visitar. Imagináos el resto del día.
            A las diez y pico de la noche, sale una súper-cabalgata que señala el cierre del parque. Preciosa, con las princesas, los malos de las pelis, el ratón, las hadas, muchas luces, mucha música y todo muy bonito y espectacular. Los niños lo ven con la boca abierta como un pajar, chillando de entusiasmo, dando saltos y aplaudiendo llenos de ilusión. Y tú ya a esas horas estás para que te recojan del suelo con palita y te dejen dormir dos días seguidos. La cabeza como un bombo, los pies hinchados, y un terrible desangramiento de la tarjeta de crédito que sabes que te va a doler durante meses.
            Cuando te sientas en el autobús de regreso al hotel, aún oyes a tus dos vástagas comentando: “qué bonita la cabalgata, a mami le encantó, cuando salieron las princesas con los príncipes saludando la vi llorar de emoción, porque fue taaaaan boniiiiiitooooo…” Sí, señores. Lloré, lo reconozco. Pero de puro agotamiento.

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