jueves, 29 de septiembre de 2011

VAQUEROS GASTADOS

            La lavandería del Hotel Sherezade recibía todos los días cientos de prendas de ropa para lavar. Montañas de toallas y sábanas de las habitaciones, las cortinas de ventanas y balcones, colchas, mantas, almohadas y demás lencería, bayetas de la cocina, delantales… en resumen, como una casa, pero a lo grande. Un hotel de una ciudad importante, como era el Sherezade, siempre tenía una buena ocupación. El nivel del establecimiento era bastante alto, de modo que la dirección era muy exigente con la limpieza de las habitaciones, y por extensión con la de la ropa de sus camas, y la de los albornoces y toallas, servilletas y manteles de los comedores,  y, por supuesto, con la de los uniformes de los empleados.
            Catorce personas trabajaban a diario en la lavandería del Sherezade. Seis grandes lavadoras funcionaban durante casi todo el día, y otras tantas secadoras. Grandes carros iban recibiendo las toallas dobladas, y las planchadoras mientras tanto pasaban las sábanas por unos grandes rodillos calientes que las dejaban impecables, sin una sola arruga. Mantas, colchas y almohadas se iban apilando al otro lado. Dos personas se encargaban de revisar con cuidado manteles y servilletas para detectar cualquier mancha resistente, y que esa pieza de tela no llegase a ser vista en el comedor por ningún cliente.
            En máquinas aparte se lavaba la ropa personal de los huéspedes. Había que tener con ella un cuidado exquisito; la última persona que perdió en lavandería la falda de una clienta importante perdió también su empleo. Si alguna prenda se dañaba en el lavado o el planchado, el responsable debía pagarla de su sueldo y reponérsela al cliente. Por eso solamente Julia y Vega tocaban la ropa personal. Ellas eran las más cuidadosas, las de manos más hábiles, y las que mejores resultados conseguían. En los años que llevaban allí habían pasado por sus manos prendas exquisitas, de primorosos bordados, encajes, sedas, paños finos, ropa de los diseñadores más exclusivos del panorama, y ropa interior tan delicada y cara que jamás podrían permitirse piezas de lencería así para sí mismas.
            Un día, unos vaqueros gastados salieron de la bolsa de una de las habitaciones, la 645. Era una prenda impropia de los clientes del hotel. Ni siquiera eran unos vaqueros de marca, parecían de mercadillo. Estaban tan raídos que en algunos sitios la tela ya se había roto, deshilachándose por los bordes. En la bolsa había también unos calzoncillos verdosos de tela barata. Vega se volvió hacia los compañeros: “Vale, chicos, ya está bien de bromas. De quien sean los vaqueros que los recoja y que se los lave su madre”. Todos se miraron, pero el desconcierto en las caras les dijo que no había ninguna broma. Eran de un cliente.
            Julia los cogió y los metió en la lavadora pequeña. Añadió algo de sal para que el poco color que les quedaba no se fuera por el desagüe, y dio algunas puntadas a los rotos para que no se hicieran más grandes. Frotó las manchas con un producto especial para el algodón y programó un ciclo adecuado. Mientras efectuaba todas estas operaciones trató de imaginarse al dueño de los vaqueros. ¿Quién sería? No veía a ninguno de los habituales ejecutivos engominados y trajeadísimos que pernoctaban en el hotel vestido con aquel pantalón. Ni con aquel calzoncillo. Vega se preguntaba lo mismo. Les costó un café y un gran croissant convencer al recepcionista de que les dejase mirar el registro de habitaciones. La 645 la ocupaba un tal Ernesto Gigante.
            Al día siguiente, cuando Vega entraba a trabajar, le vio salir. El recepcionista le hizo un gesto para que supiera que era él (le costó a la chica otro café con otro croissant). Era un hombre imponente: alto, fornido, el pelo negro y rizado bien peinado hacia atrás, y un fabuloso traje de Armani sobre semejante percha. Quitaba el hipo. Al llegar a la lavandería, los vaqueros gastados volvían a estar allí para ser lavados. Julia sólo les dio un agua ligera, no podían estar tan sucios desde la tarde anterior. Cuando los sacó de la máquina notó un pequeño bulto en uno de los dobladillos de las perneras, y vio que estaba cosido con unas pocas puntadas irregulares. Cogió su tijera de costura y se dispuso a arreglarlo, pero para su sorpresa encontró un papelito doblado dentro. Unas letras, con la tinta corrida por el agua del lavado, se veían escritas, pero fue incapaz de descifrarlas.
            Una amiga, que trabajaba en la cafetería, las avisó por el teléfono interno: “Vuestro Gigante está almorzando. Que venga Julia a recrearse la vista un rato”. Julia subió, curiosa. ¿Qué aspecto tendría aquel hombre con esos vaqueros desastrosos? Le observó un rato, se quitó un pensamiento travieso de la cabeza y volvió a su trabajo. Cosió con mimo el dobladillo de la pernera, secó y planchó la prenda, la dobló y la envió a la habitación 645 cuando hubo terminado.
            Aquella noche, los sueños de Julia se llenaron de musculosos hombres morenos vestidos únicamente con un vaquero gastado y descolorido. Vega, que estaba casada, hizo a su marido colocarse los jeans más raídos del armario, y nada más. Y se los arrancó juguetona mientras le cubría de caricias. Por la mañana, al llegar al hotel, la bolsa de la habitación de Ernesto Gigante esperaba en la lavandería. Y el contenido era el de siempre.
            Rebuscó en sus bolsillos, como solía hacer, para comprobar que estaban vacíos, pero esta vez no era así. Había una notita en el bolsillo izquierdo: “Al personal de lavandería: son ustedes muy amables, pero por favor, absténganse de arreglar el dobladillo de la pernera que está mal cosido. Gracias.” Julia y Vega se miraron y se echaron a reír, pero no sabría decir cuál de las dos sentía más curiosidad. Sujeto con varias puntadas, un nuevo papel arrugado y desteñido, similar al que ya retiraran el día anterior se escondía en el dobladillo. No lo quitaron, por supuesto, y colocaron dos cosidos para disimular su ramalazo cotilla. Al cuarto día abrieron el escondrijo antes de lavar el pantalón. El papel ponía: “Saulo Ramírez y Pedro Juan Bermudo”. Lo lavaron como de costumbre.
            El señor Gigante se quedó en el hotel Sherezade durante diez días. La mañana que se marchaba, Julia, que ya no aguantaba más la curiosidad, le asaltó en la calle, antes de que pudiese coger su taxi para el aeropuerto. “Soy la lavandera del hotel. Sin rodeos, Don Ernesto. Por favor, cuénteme el misterio de sus vaqueros gastados”. Él se echó a reír y la invitó a un café. Media hora después, ella volvió a su puesto de trabajo con una gran sonrisa, y él salió en taxi para coger su avión. Vega estaba ansiosa por saber. Entre risas, Julia le explicó que Ernesto Gigante era un ejecutivo de banca que se encargaba de operaciones bursátiles. Siempre viajaba con sus vaqueros y sus calzoncillos de la suerte, y cuando se los ponía se sentía liberado del traje serio al que su trabajo le obligaba. Por eso los usaba para dormir. El misterio del papelito era muy simple: escribía el nombre de los agentes que trataban de hacerse con las inversiones más ventajosas, y los enviaba a lavar junto con el pantalón, para que se fueran por el desagüe igual que la tinta y no le estorbasen en su trabajo. Y estaba convencido de que funcionaba.
            Vega volvió a su casa esa noche pensando en las absurdas supersticiones de la gente, y ya no hizo que su marido se colocase los vaqueros viejos, sino que se fue a dormir en cuanto cenaron.
            Julia volvió a su casa esa noche con el teléfono de su Gigante bien guardado en el bolsillo. Sonrió al recordar los papelitos que llenaban el congelador de su cocina, con los nombres de las personas a las que quería alejar de su vida escritos en ellos. También creía en esos pequeños e inofensivos rituales que a veces nos ayudan a seguir adelante. Se fue a dormir en cuanto cenó, y sus sueños volvieron a llenarse de rizos morenos y vaqueros gastados.

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