viernes, 30 de septiembre de 2011

VELAS

            Lola creía firmemente en el poder de las velas. Estaba convencida de que la cera de colores, al quemarse, podía influir en que las energías cósmicas variasen su flujo normal y la ayudasen a alcanzar aquello que deseaba o necesitaba. Era algo así como la fe que la gente le tiene a ciertos santos, a los que rezan convencidos de que van a ayudarles a conseguir cualquier cosa: salud, trabajo, dinero… Lola no creía en Santa Rita, ni en San Pancracio, ni en ninguna otra figura de la corte celestial. Lola creía en el poder de las velas verdes, moradas, rojas, azules, negras o de cualquier otro color.
            Con el paso de los años fue creando un compendio de teorías acerca del poder de las velas, basadas en la experimentación de sus efectos. Así, a sus casi sesenta otoños, tenía ya claros los colores que eran necesarios para cada cosa. Para los problemas de salud encendía velas naranjas y amarillas, dependiendo de si el mal era del cuerpo o de la mente. Para los deseos ocultos, velas marrones. Para los problemas de trabajo, utilizaba las de color morado. Las azules iban bien para los asuntos de los niños, y las rojas para ahuyentar a los maledicentes y chismosos. Si el mal venía causado por una rata de dos patas o un lagarto humano, se surtía de velas verdes, y las encendía de dos en dos, para asegurar el efecto. Las velas blancas las empleaba para agradecer lo bueno que la vida le daba, y guardaba las negras y doradas para honrar a la Muerte.
            En el pueblo en el que vivía todo el mundo la conocía, y sabía de su ciencia de la cera. Aunque se reían de sus creencias, ya hacía años que muchas personas, a escondidas, iban a pedirle consejo y ayuda para problemas de todo tipo. Ella sonreía y proporcionaba las velas, que había aprendido a fabricar en su casa (salía más barato que desplazarse a la ciudad a comprarlas), a la persona que se las pedía. No cobraba por la ayuda, pero la gente sabía agradecérsela.
            Lola rechazaba por sistema ayudar a quien venía buscando la manera de hacer daño. En ocasiones le pidieron velas para hacer enfermar a otros, o incluso para desear la muerte de un enemigo, pero ella les daba velas rosadas para transformar el odio en indiferencia porque no quería que su saber fuera utilizado para el mal. A veces incluso mezclaba la cera con esencia de azahar para purificar los pensamientos y el aura de esas personas. Albergaban tanto veneno en el corazón que no podían siquiera pensar con claridad.
            El día en que Lola sintió la Muerte rondando su calle encendió una vela negra y otra dorada, para honrarla y pedirle que pasara de largo. La Muerte se asomó a su ventana y llamó con sus huesudos dedos. Lola abrió la puerta y la invitó a entrar. La Muerte le preguntó si en el barrio había alguien deseando su visita. Lola le dijo que no lo sabía, pero mentía. El día anterior una mujer cuyo marido la maltrataba desde hacía muchos años había ido a pedirle una vela para desear que muriera y la dejase vivir a ella, porque le estaba dando una vida que era peor que la misma muerte. Ella se negó, pero le dio una plateada para animarla a hacer su equipaje y abandonarle. La Muerte entonces le dijo: “He venido para llevarme a alguien de esa casa. Ahora mismo tengo que elegir entre ella y él”. Lola le pidió a la Muerte que no se llevase a ninguno, pero ella le confesó: “ahora mismo él va hacia su casa armado y dispuesto a matarla. De ti depende que ella le reciba preparada y se defienda”.
            Con una vela de color púrpura en la mano se fue corriendo hacia la casa de aquel desgraciado matrimonio. La mujer estaba sola, y Lola le dijo: “vamos a encender esta vela para que nos ayude a afrontar lo que viene. Tu marido está a punto de llegar y trae la intención de acabar con tu vida”. La mujer no lloró. Esperaba ese momento desde hacía tiempo. Envolvió a su hija de seis meses en una toquilla y se la confió a Lola. “Llévatela y críala tú. Enséñale todo lo bueno que  llevas dentro, y dile que su madre la quiso más que a su propia vida”.
            En los periódicos del día siguiente la noticia iba en primera plana. Ella lo roció todo con gasolina, incluso a sí misma. Cuando él le disparó, la mujer llevaba la vela púrpura encendida en la mano. Él murió también en el incendio.
            Lola crió a Aura como si de una nieta se tratase, y le enseñó todo lo que sabía. No le contó de su familia nada más que lo que necesitaba saber para crecer libre de fantasmas: que la querían y que murieron en un desgraciado accidente, el incendio de su casa. De ese modo Aura jamás albergaría rencores ni malos pensamientos contra nadie.
 El día en que la Muerte vino a buscarla, Lola la hizo pasar, la invitó a café y le presentó a Aura. Le dijo: “me voy contigo tranquila, porque sé que mi trabajo aquí ya terminó. Sólo te pido que tardes muchos años en venir a por Aura. Se merece vivir toda la felicidad del mundo, y también merece una vida larga y llena de alegría”. La Muerte aceptó, y Lola, después de besar a su protegida, se marchó del brazo de la siniestra figura, cantando una canción.

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