domingo, 2 de octubre de 2011

ALICIA EN NUESTROS TIEMPOS

            Vi la película de dibujos animados, “Alicia en el País de las Maravillas”, cuando tenía nueve años. Con esa edad no fui capaz de comprender nada, solamente veía a una niña desobediente metida en una serie de extraños líos en los que siempre salía perdiendo. No fue, ni mucho menos, una película que me marcase, ni tampoco de las que más me gustó del género. Hizo falta que volviese a verla con ojos adultos para darme cuenta de que es una grandísima paranoia, que llega a resultar a ratos incluso desagradable. Después vino la versión de Johnny Deep, y sólo de ver el aspecto que tienen él y Helen Bonhamm-Carter como la Reina de Corazones tuve material para pesadillas durante un mes. Por eso, y porque lo del rollo masoquista no me va, decidí transformarla en otra cosa más actual y menos fantasiosa. Y casi me dio más miedo. Os presento mi versión.
            Alicia era una niña petarda y contestona, mentirosa, manipuladora y mala estudiante por pura holgazanería. Siguiendo su costumbre de hacer siempre lo que le daba la gana en lugar de lo que debía hacer, se fue a dar un paseo por el campo en lugar de ir a clase. En el camino vio un gato y trató de darle una patada para ponerlo en órbita, cosa también bastante habitual en ella, pero persiguiendo al animal perdió el equilibrio y cayó barranco abajo. Trató de volver al camino pensando en qué mentira le iba a contar a su madre para explicar los rasguños y el roto que la caída le había producido en su camiseta, pero cuando llegó a él se dio cuenta de que había ido a parar a un mundo distinto. Allí no salían conejos con reloj, orugas fumadoras, flores parlanchinas ni animales extraños.
 Lo primero que encontró fue un indigente que le pidió dinero. Como sólo llevaba dos euros en el bolsillo y los quería para comprarse gominolas y chicles, le importó un bledo que los hijos de aquel hombre sucio no tuviesen nada que comer. “Que se busque la vida”, pensó.
Continuó caminando, y vio un grupo de profesores manifestándose en protesta por los recortes en la educación. Se rió de ellos: los maestros le caían mal, la vigilaban en el colegio y trataban de obligarla a aprender un montón de cosas que no le interesaban en absoluto y que tampoco iban a servirle para nada. Es más, pensaba dejar los estudios en cuanto cumpliese los dieciséis años. Les hizo un corte de mangas y siguió adelante. Ella era inteligente y le sobraba con lo que ya sabía para conseguir todo lo que quisiera.
Un rato después le salió al paso un hombre muy amable que le ofreció un videojuego a cambio de que le acompañase a su casa. Ella ya sabía lo que aquel hombre pretendía, pero se creía tan lista como para poder burlarse de él, quedarse con el videojuego y después salir corriendo. No obstante, cuando ya estaban llegando al lugar en donde el desconocido decía vivir, le entró miedo y se marchó todo lo deprisa que pudo. Buscó por los alrededores algún grupo de jóvenes entre los que camuflarse, por si el pederasta volvía a por ella, y vio una docena de chavales en un parque cercano. Se sentó con ellos, se reían mucho y eso le hizo sentirse mejor. Le ofrecieron un trago de cerveza. Sabía que no debía beber porque era muy joven, pero lo hizo igualmente, porque solía contravenir por sistema las normas que los mayores trataban de imponerle. Luego le ofrecieron un cigarro muy raro, y fumó varias caladas. Se sintió un poco mareada, pero le entró la risa tonta y siguió bebiendo.
Se despertó sentada en un portal. No conocía la ciudad, ni el edificio. Había perdido los dos euros, una de las zapatillas de deporte y el móvil. Se levantó y salió a la calle. Al pasar frente a un escaparate se vio y se asustó. Había crecido, tenía aspecto de tener dieciocho años por lo menos. Sentía hambre, pero no sabía de dónde sacar algo para comer. Paró a una mujer desconocida por la calle y trató de explicarle que se había perdido y no sabía volver a casa. La mujer le puso mala cara. “¿No cree usted que ya no tiene edad para ese tipo de bromas?”. Alicia se percató de que en su nueva situación tenía que buscarse un trabajo para vivir hasta que su madre la encontrase… si es que alguna vez lograba encontrarla, claro. Ahora que no la tenía cerca para sacarle las castañas del fuego como siempre la echaba de menos, y se daba cuenta de que el trato que le daba normalmente, los gritos, los insultos y las exigencias con que la obsequiaba todos los días, no eran la mejor forma de portarse para una hija. Pero así era Alicia, cuando quería algo le daba lo mismo a quién tuviera que machacar o maltratar para conseguirlo porque se creía con derecho a todo y sin ninguna obligación. Al ser hija de padres divorciados y con muy mala relación entre ellos, el chantaje y la exigencia continua hacía que obtuviera cuanto se le antojaba de uno y de otro. Pero ahora la cosa había cambiado. No tenía a nadie a quien someter a sus caprichos, y necesitaba una manera de subsistir.
Por la mañana recogió un periódico atrasado y buscó en los anuncios un trabajo, pero como en realidad no sabía hacer nada no se le ocurría a cuál de ellos acudir. Era muy bonita de aspecto, pero nada más. Sin estudios, ni oficio, era muy complicado encontrar un puesto para ella. La aceptaron en una empresa de limpieza, pero en dos semanas fue despedida por no cumplir correctamente con su trabajo y tratar con orgullo y descaro a los clientes cuando le decían que repasase las zonas que no habían quedado limpias. En un bar, como camarera, duró dos días por la misma razón, y en una tienda en la que la aceptaron como dependienta la pillaron metiendo la mano en la caja. Era lo mismo que hacía con el bolso de su madre y la cartera de su padre, y no entendió por qué la echaban: coger lo que quería sin siquiera preguntar era lo más normal del mundo para Alicia.
Cuando dejó de pagarle a la dueña de la pensión el alquiler de la habitación se quedó en la calle, y terminó durmiendo en un parque. Allí se juntaba con un grupo de jóvenes que hacían botellón. De los porros pasó a las primeras rayas de cocaína, que le facilitaron gratis sus nuevos y divertidos amigos, hasta que un día le dijeron “si quieres más tendrás que pagarlo”. Se mudó a otro parque, y robó en una tienda para comer. No tenía quién le lavara la ropa, su aspecto era el de una indigente sin futuro: exactamente lo que era. Un hombre le ofreció diez euros por pasar un rato con ella en el callejón, pero no aceptó. Esa misma noche, un grupo de adolescentes de ideología neonazi se divirtieron a su costa dándole una paliza. Antes de perder el conocimiento, pensó en su madre, y en qué distintas habrían sido las cosas de haberle hecho caso.
Se despertó en el barranco, con un buen chichón en la cabeza. Volvía a tener doce años, y el gato al que perseguía cuando se cayó aún estaba cerca de ella, con lo cual dedujo que sólo había debido pasar unos pocos minutos inconsciente. Aliviada, se fue a casa. Ese día aprendió muchas cosas, entre ellas que el País de las Maravillas no existe, y que a menudo nos damos cuenta de ello cuando ya no tiene remedio. Al menos a ella le estaban dando la oportunidad de elegir a tiempo otro camino.
Cada vez hay más Alicias por ahí, todos conocemos alguna. Ojalá hubiera alguien que les diera un buen golpe en la cabeza antes de que sea tarde para ellas.

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