lunes, 31 de octubre de 2011

ANIVERSARIOS

            Soy una persona con muy buena memoria. La vida pasa a mi alrededor y yo me la bebo con avidez, reteniendo en mi cabeza las cosas que ocurren: pequeñas anécdotas, cositas sin importancia, diminutos detalles a veces, se quedan grabados de forma indeleble en mi disco duro. Luego llegan los cumpleaños y no me acuerdo, y sin embargo soy capaz de recordar lo que pagué por un chocolate con churros la nochevieja del 91, o el color del jersey que llevaba puesto el día en que mataron a Miguel Ángel Blanco. Curiosidades del funcionamiento del cerebro humano, supongo.
            Dentro de esa extraña retentiva que me caracteriza, tiene capítulo aparte el tema “aniversarios”. Suelo despertarme por las mañanas y pensar: “hoy hace tantos años que vivo en esta casa”, o “hoy hace equis años que me contrataron en tal sitio”, o tal vez “hoy se cumplen los años que sean desde que me operaron de apendicitis”. Cosas así. No tienen ninguna importancia y no son causa de celebración alguna, pero en su día tuvieron para mí alguna trascendencia, y mi materia gris las saca a pasear de vez en cuando para mantenerlas frescas.
            Esta mañana, cuando abrí los ojos, pensé: “Hoy hace un año”. Tal día como hoy, pero cambiando el ’11 por un ’10, fuimos a una protectora de animales a ver a los perros. De entre toda la escandalera de ladridos multicolores que se organizó cuando comenzamos a pasear entre las jaulas, sólo fui capaz de fijarme en el único animal, de entre los más de cincuenta que había, que permanecía sentado, con el rabo escondido, y calladito. Me acerqué a la jaula, y él acercó su largo morro negro a los barrotes de la puerta. Sentí la humedad de su nariz en mi mano. Le pedí a la voluntaria de la protectora, una chica menuda y enérgica, que me hablase de él. Me dijo: “es joven, le calculamos un año y medio, más o menos. Lleva nueve meses aquí. Es el típico perro que no quiere nadie, porque ahora se llevan pequeños y chatos. Este es demasiado grande, tiene las patas demasiado largas, el morro demasiado largo, el rabo demasiado largo… y además es negro. Aún no se ha interesado ningún posible adoptante por él en todo este tiempo”. Recuerdo que me extrañó, a mí me pareció tan esbelto y elegante… tenía una mirada castaña y sincera que se me sentó en el corazón en el primer minuto. “Está sano, negativo en leishmania, vacunas en regla, esterilizado, tiene chip y pasaporte. Full equipe”. Pedí que lo sacara de la jaula a ver cómo reaccionaba ante las niñas. Ella se retorció nerviosa una solitaria rasta que le colgaba del pelo corto y alborotado, cogió una correa y fue a buscar a “Mazapán”, pues ese era el nombre que ellos le habían puesto cuando fue recogido. Tardó un poco, porque lo llevó a correr para dejar que desahogase un poco de su energía, no nos fuera a asustar. Después nos llamó. Yo me agaché para ponerme a su altura, y él me saltó encima con tanta alegría que me tiró al suelo. Vi por un momento la mirada de miedo de la chica de la protectora (oh, Dios, ya no se lo llevan) antes de la lluvia de lametones en la cara y en las orejas de aquella enorme lengua rosada. Era tan feliz por verse libre de los barrotes que me besaba a su manera para agradecérmelo. Lo acaricié, estaba sucio, pero yo también después de catar el suelo del recinto. Me dio tanta ternura ver sus huellas en mi jersey azul marino… Miré a mis hijas, chillando y riendo mientras me lo quitaban de encima. Luego vi la mirada de mi marido, y la chispa azul de sus ojos disipó la última duda. Nos lo quedamos.
            Hoy hace un año de aquello. Un año desde que “Mazapán” pasó a llamarse “Pelos”. Un año en el que, haya pasado lo que haya pasado, en ningún momento me he sentido sola, ni de día ni de noche. 365 días de caricias, paseos, juegos, lametones, miradas color castaño y amor incondicional a cambio de casi nada. Un año desde que mi ángel negro guarda mi casa y completa mi vida y mi familia. Uno de esos aniversarios que están marcados en rojo en el calendario de mi vida.
            Ven para acá, “Pelos”, que te he guardado un hueso de cocido con mucha chicha para celebrarlo. Y gracias por querer ser mi perro, el mejor perro del mundo.

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