viernes, 7 de octubre de 2011

AURA

El mundo está lleno de personas especiales. Aura es una de las más singulares que he encontrado nunca, y creo que merece la pena que conozcáis su forma de ver la vida.
            Su madre le puso ese nombre porque era una persona que creía firmemente en las fuerzas de lo que no se ve. Creía en cosas como el aura personal, ese halo de energía que nos envuelve, que a veces es positiva y otras no, y que mediante determinadas acciones se puede modificar para que todo vaya mejor. Durante años estudió las fotografías que captan el aura, los rituales para limpiarla y los colores que indican su estado. Por eso, cuando la vida le regaló una hija, la coronó con el nombre de Aura, y en lugar de bautizarla realizó para ella un ritual particular mediante el cual pudo ver su aura blanca de bebé, y bendecirla para que supiese captar las energías del Universo y emplearlas en mejorar su vida.
            Aura creció rodeada de libros sobre la energía de la mente, la hipnosis, los campos magnéticos y los puntos de fricción entre la nuestra y otras dimensiones. Su infantil curiosidad la empujaba a leerlos a escondidas, y eso hizo que en el colegio comenzasen a mirarla un poco raro, porque en lugar de hablar de cromos, muñecas o canicas hablaba de los chacras, la telepatía y las fluctuaciones de las ondas cerebrales. Con el tiempo y la lectura, Aura fue adquiriendo una sabiduría sobre esos temas que en pocos años superó con creces la de su madre.
            Desde muy pequeña, nuestra protagonista aprendió a concentrar su visión hasta lograr ver el aura de las personas, los campos de energía que rodean nuestros cuerpos y que influyen en nuestro estado de ánimo e incluso en el de las personas que tenemos más cerca. Eso le permitía saber de los demás muchas cosas que de otro modo le hubiera sido imposible saber. Cuando alguien ocultaba un gran secreto, cuando un cuerpo estaba enfermo, cuando algo preocupaba a otra persona, cuando uno simulaba estar alegre y lloraba por dentro, e incluso cuando algún compañero fingía atender en clase pero en realidad su mente estaba muy lejos. Todo eso, y muchas cosas más, podía saberlas sólo mirando el aura de los otros. También se dio cuenta de que, cuando ella tocaba a una persona, su propia aura cambiaba de color porque absorbía la energía del otro y la intercambiaba por la suya. Pronto advirtió que eso, que en principio creyó que era un don precioso, se estaba convirtiendo en una maldición. Así, cuando Aura tocaba a alguien que se sentía triste, la otra persona se sentía mucho mejor, pero era ella la que se quedaba con la tristeza, y a veces le resultaba francamente difícil desprenderse de ella.
            El dilema de Aura la tenía permanentemente preocupada: ayudar a los demás pasaba por padecer ella misma, y no sabía si sería capaz de soportarlo. Si tocaba a un sufriente, sufría, pero aliviaba el sufrimiento del otro. Si tocaba a un triste, se entristecía, pero mitigaba la tristeza del otro. ¿Qué podía hacer? Era como una especie de médico del alma que trabajaba sin guantes y se contagiaba de todas las enfermedades de sus pacientes. El aura de Aura cambiaba continuamente de color, dependiendo de a quién le pusiera las manos en el centro de la espalda, el punto de conexión de los campos de energía. Luego, con la tristeza, el dolor, la culpa o los malos pensamientos a cuestas, se marchaba a la playa, a tratar de limpiarse con el aire costero y el agua del mar. Se sentaba, meditaba, respiraba, y finalmente, si aún no había logrado purificarse suficientemente, se bañaba, y así su halo tomaba el color de la tranquilidad necesaria para seguir viviendo y aceptar el destino que se le había asignado.
            Un día, Aura se levantó de la cama con el aura amarillo brillante. Se sentía pletórica, llena de energía, optimista y rebosante de amor por la vida. Su madre lo percibió al desayuno, y la abrazó para contagiarse de su entusiasmo juvenil. La muchacha se fue a la universidad para asistir a clase, pero cuando entró en el recinto percibió una mala energía que la puso en alerta. Un estudiante rebuscaba en su taquilla cerca de ella, y el aura rojo brillante del chico le gritó que estaba a punto de cometer una locura. El cañón de un arma de fuego asomaba junto a sus manos, y Aura vio con claridad lo que iba a ocurrir. No lo pensó. Se acercó a él y colocó las dos manos abiertas sobre su espalda. Se concentró en absorber toda la energía negativa e intercambiarla por la suya para evitar la masacre que él quería perpetrar. Nadie sabe las vidas que Aura salvó aquella mañana.
            Salió corriendo hacia la playa, evitando desesperada encontrarse con nadie. No respondía de sus actos. Se desnudó y se expuso a la brisa, pero aún no podía controlar la energía negativa de la que se había impregnado. Se sentó, meditó, pero no fue suficiente. Llovía, y los truenos y el cielo negro no dejaban que se concentrase en purificarse. Finalmente se metió en el agua. Estaba helada, pero se sumergió completamente, resuelta a no salir hasta que la oleada de odio se perdiese en el mar, dejándola libre. Respiró agua salada para que su interior no albergase ni una sola brizna de la fanática locura que había absorbido, y el dolor del líquido en sus pulmones no fue nada comparado con el alivio de ver de nuevo su aura blanca.
            Su cuerpo apareció desnudo en la playa al día siguiente. Sonreía.

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