viernes, 21 de octubre de 2011

CADA UNO DA...

Llevo desde anoche canturreando mentalmente el estribillo de esa canción. No sé ni de quién es, estoy ahora mismo poco puesta en el tema “cantantes de éxito de los años 2010 y 2011”. Pero el otro día, por casualidad, la escuché de pasada, y el estribillo se me quedó pegado: cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da. Y por más que lo intento, no se me despega.
            En el mundo de las frases hechas conviven gran cantidad de temas. Este es uno de ellos. Sale hasta en la Biblia, así que supongo que es antiguo como el mundo, viejo como el ser humano. No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Y si haces mal, espera recibirlo en algún momento.
            Ese era uno de los mandamientos que regían la vida de Vicente. Ama al prójimo como a ti mismo, porque lo que tú des te será devuelto: si das bienes, recibirás bienes. Si das castigo, serás castigado. Por eso iba por la vida encajando las bofetadas que el egoísmo de los demás le iban propinando, y respondiendo a cambio con sonrisas y con buenas palabras, nada más. Esa era su venganza secreta: el pensar que el mal que le hacían volvería a los que le castigaban, como un boomerang, mientras que él siempre obtendría de la vida cosas hermosas. Y cuando su ánimo flaqueaba, recurría a su gran consuelo, su hija Paula, el maravilloso ser que su mujer le regaló antes de morir en un accidente de tráfico. El conductor borracho que se empotró contra ella había acabado tetrapléjico en una silla de ruedas, lo cual era peor que la muerte, así que Vicente sentía que, de algún modo, la pérdida de Jimena estaba compensada por la desgracia de quien la causó. De hecho, a veces iba a verle a la residencia en la que su familia le había aparcado, y le sacaba a dar un paseo. Para recordarle lo hermosa que es la vida, el infierno en que había convertido la suya, y que, aun así, no le guardaba rencor.
            Siempre le habían tomado por tonto. Decían de él que no tenía carácter, que su sangre era de horchata, y él continuaba sonriendo a los demás y haciendo el camino que se había marcado como objetivo de vida: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Pero todo cambió el día en que Paula, ya mayor y casada, con dos niños pequeños pegados a sus faldas, apareció en su casa con un ojo morado. Su marido llevaba maltratándola mucho tiempo, pero Vicente no se había dado cuenta. A borbotones vomitó los años de golpes, de celos, de insultos, de patadas y borracheras, de miedo y asco, de lástima por sí misma maquillada junto con los hematomas para que nadie advirtiera su infierno particular. Aquel día le dijo que la iba a matar, como tantas otras veces, pero además la amenazó con matar a los niños. Y Paula huyó, no por ella misma, sino por los pequeños.
            A Vicente se le olvidó de pronto todo lo que llevaba la vida entera repitiéndose a sí mismo. Perdió a Jimena, fue un accidente, pero aquella alimaña no iba a quitarle a Paula, ni mucho menos a sus nietos, así que fue a casa de su hija y le esperó. Cuando llegó, lleno de cocaína y alcohol hasta los topes, buscando a su esposa para darle una nueva paliza, Vicente le descerrajó un tiro con la escopeta de caza mientras le cantaba: “cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da”. Y después llamó a la policía.
            Cuando el juez le preguntó por qué lo había hecho, Vicente le sonrió. “Señoría, contésteme a una pregunta: ¿preferiría enterrar a su hija y a sus nietos y seguir viviendo cada día sin ellos, o verlos una vez a la semana, aunque fuera en la sala de visitas de la cárcel? Soy culpable. Cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da. La cárcel y su felicidad es mucho mejor que vivir sabiendo que no hice nada”.
            No puedo dejar de pensar que, en su lugar, yo no sé lo que habría hecho. Quizá lo mismo, o quizá no. Pero cada vez que el estribillo de la cancioncita se me escapa de los labios, en mi interior admiro a Vicente y a su heroísmo de padre.

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