domingo, 23 de octubre de 2011

CARACOLES

Hola a todos. Me llamo Toñi, y estoy aquí porque tengo un serio problema, como todos vosotros. Me han dicho que el primer paso para superarlo es reconocerlo, y me ha costado mucho, pero al fin lo estoy consiguiendo. Ya no me da vergüenza, estoy aprendiendo a vivir con ello, y eso me hace sentir mejor. No fue fácil admitirlo, y he venido a dar la cara ante vosotros para deciros: Hola, me llamo Toñi, soy una parada de larga duración y me estoy quitando del consumismo.
            Cuando me despidieron de mi empresa por la manifiesta ineptitud gestora del dueño, me sentí perdida. La indemnización fue bastante ridícula, pero claro, ahora es suficiente justificar pérdidas económicas para reducir el valor de la patada en el trasero a un trabajador, sea bueno o malo, se haya dejado los sesos y el hígado en el empeño o no, a menos de la mitad. Pero bueno, yo sé que a él no le falta el solomillo y el rioja gran reserva a los que tan aficionado es, y espero que le aprovechen (y que le suba la tensión, tenga colesterol y ataques de gota también). Que le vaya bonito.
            El caso es que un buen día ese señor me dejó en la calle, pero no lo noté demasiado porque la prestación por desempleo me daba veinticuatro largos meses para encontrar otra cosa. Con lo que no contaba yo es con la dichosa crisis de los mercados. Desplegué una gran actividad, intenté recuperar mi vida y mi poder adquisitivo cuanto antes, ocupé todo mi tiempo en buscar un empleo mejor y con más sueldo, y el ingreso mensual de la prestación en el banco me daba una falsa sensación de seguridad, de que todo iba bien. Pero no era así.
            Ahora que se me ha acabado el paro, ahora que he comprobado que las largas jornadas entregando currículums no han servido de nada, ahora que renové cursos, actualicé conocimientos y conseguí diplomas nuevos, me doy cuenta de que he equivocado el camino, y que la respuesta a mi situación sólo voy a encontrarla en dos sitios: en mi madre y en mi abuela, dos maestras de la economía de supervivencia.
            Nos han hecho pensar que nuestro tiempo valía dinero, y nos han engañado. No ha sido sencillo llegar a esa conclusión, pero he venido para contaros mi experiencia, y si a alguno no le gusta lo que va a oír… bueno, pues que se fastidie, porque así son las cosas. Nos hicieron pensar que cada cosa que hacíamos debía sernos pagada, y que cada cosa que hacían los demás por nosotros debíamos pagarla también. Y para ello nos llenaron los ojos de necesidades falsas: esos zapatos ya no se estilan, hay que tirarlos. Tienes canas, qué horror, ve a la peluquería y que te tiñan. Y de paso que te hagan un corte moderno, que pareces una abuela. Tener arrugas no se lleva, opérate. No eres nadie si no tienes un móvil con acceso a internet, cómprate uno. Si no has ido a Punta Cana no sabes lo que son vacaciones, ni lo que son playas. Necesitas un traje nuevo, ese ya te lo han visto. Se te fundió un halógeno, llama a un electricista para que te lo arregle. Se te rompió el lavaplatos, es una tragedia, cámbialo inmediatamente o se te echará a perder la manicura de las uñas de porcelana… en fin, que nos fabricaron un mundo de mentiras encerrado en una burbuja, y en él vivía yo, como casi todo el mundo.
            Me ha costado dos años darme cuenta de lo falso que es todo, dos años en los que he tirado mi tiempo a la basura tratando de volver a entrar en esa espiral de dar mis horas por dinero para tener con qué pagar cosas que no necesitaba, aunque yo creyera que sí. Dejar de desear es duro, y por eso estoy aquí. Para reconocer mi problema, que es el mismo que el vuestro, y tratar de encontrar una salida a esto.
            He dejado la peluquería, y también la manicura. Llevo las uñas cortas, y no pasa nada. Incluso me siento cómoda. Friego los platos, limpio yo mi casa, que antes no tenía tiempo y le pagaba a una señora para que lo hiciera. He aprendido a planchar, e incluso le he pedido a mi madre que me enseñe a coser un poco. Ya no me da vergüenza ir a comprar ropa al Carrefour, e incluso tengo algunas prendas del mercado. Y no pasa nada, hasta me veo guapa. Me tiño el pelo en casa, me peino yo, y no se me da mal.
            Yo creí que los grupos de ayuda eran un cuento, pero veo que no. Gracias a estas sesiones me estoy quitando del consumismo que me estaba consumiendo, y poco a poco aprendo a vivir de otra manera. De hecho, cuando venía hacia aquí, a la reunión, comenzaba a llover, y en lugar de pensar que el agua me iba a arruinar el peinado y coger hora en el salón de belleza, apagué el móvil y comprobé que llevo una bolsa de plástico en el bolso. Así, en cuanto pare de llover me iré a coger caracoles, que he visto un tutorial en internet de cómo se preparan, y celebraremos con ellos una cena de lujo en casa para festejar mis avances.
            Quizá la semana que viene, en la próxima reunión, pueda contaros que pasé ante una zapatería y no deseé comprarme unas botas nuevas. Eso significará que me estoy curando. Pero si caigo en la tentación espero encontraros aquí de nuevo para que me ayudéis a superarlo. Gracias a todos, sois estupendos. Si se me da bien, ya os traeré una tapita de caracoles para que los probéis.

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