jueves, 27 de octubre de 2011

CEMENTERIOS

            Con la fiesta de Todos los Santos tan cerquita, Sergio se frotaba las manos. Su mentalidad de niño de doce años hacía que sobrevolase sin daño la superstición de las fechas, de los lugares. Para él la idea de la muerte era algo que, lejos de asustarle, le reconfortaba. No sabía si su padre vivía. Su madre había muerto hacía tantos años que ni siquiera la recordaba; las monjas del orfanato le eran indiferentes, incluso llegó a odiarlas. Por eso, cuando se escapó del centro no miró atrás. De aquello hacía tres años, y desde entonces se había ganado la vida en el cementerio de la ciudad.
            La muerte nos hace a todos iguales, y al final el camposanto es la casa que nos acoge a todos. Lo mismo da panteón que nicho, tumba que cenizas: todos entramos por la misma puerta de forja, seguidos por los que nos amaron. Sergio se dio cuenta de eso inmediatamente, y por eso vivía allí. El conserje le hizo un hueco en su casa, y el chico se alimentaba de las propinas. Las viudas le daban un euro si se llevaba las flores muertas de los nichos de sus maridos. Los ricos le daban cinco si mantenía barridas y limpias las entradas a sus imponentes panteones familiares, y a veces, por retirar las coronas viejas y quemarlas en un descampado próximo, el propio guarda del cementerio le daba diez euros. En los entierros siempre estaba cerca. Vendía pañuelos de papel, llevaba un paraguas para tapar a las viudas cuando el agua hacía acto de presencia durante los sepelios, e incluso en alguna ocasión, cuando el finado era un muchacho de su edad, abrazaba a las desconsoladas madres como un amigo más de sus hijos perdidos. Y siempre recibía a cambio alguna moneda de los familiares conmovidos. Con el paso de los meses, Sergio había aprendido que la muerte hacía sensibles y generosos hasta los corazones más duros, y trataba de sobrevivir ofreciendo ayuda y consuelo a los que acababan de perder a alguien querido.
            Aquel año, cerca de la fecha de Todos los Santos, ya eran muchas las personas que le habían pagado para que limpiara las lápidas de sus difuntos y las adornase con flores, así que Sergio estaba contento. Con lo que había ganado podría comprarse un nuevo traje negro y zapatos, porque los que llevaba puestos se le habían quedado pequeños: estaba en la edad de crecer deprisa, casi llegando a la adolescencia. Además, contaba con que el día de la fiesta de difuntos muchas personas le comprarían crisantemos y claveles, así que posiblemente podría comprarse incluso algunos dulces y celebrar su buena suerte.
            El día de la fiesta, cuando ya todo el aluvión de visitantes se hubo marchado, Sergio dio una batida, como acostumbraba, por si encontraba alguna moneda, cartera, o cualquier cosa que uno de los muchos parroquianos que habían desfilado por allí durante el día hubiera podido perder. Una niña de su edad le saludó. Estaba sentada junto a una tumba.
            –¿Qué haces aquí? –le preguntó Sergio– Ya hemos cerrado, deberías estar en tu casa.
            –Y tú, ¿qué haces aquí? –le contestó ella, sonriendo– ¿A quién viniste a ver?
            –A nadie, yo vivo aquí –dijo Sergio, malhumorado–. ¿Tú viniste a ver a alguien?
            –Sí, a mi padre. Murió el año pasado, está enterrado aquí –señaló la tumba junto a la que estaba sentada–. He decidido quedarme, a ver si hoy, como es la noche de los muertos, sale a decirme quién es mi madre y dónde la puedo encontrar para no estar tan sola. Estoy bastante harta del centro de acogida, y tal vez si mi madre me acepta pueda ir a vivir con ella. Pero si él no me dice quién es, no se me ocurre cómo voy a averiguarlo.
            Sergio soltó una carcajada tan sonora que se oyó en todo el recinto. ¡Menuda tontería, eso de pensar que un muerto fuera a salir de la tumba para decir lo que en vida no le dio la gana de decir! Ella, ante su burla, se echó a llorar. El chico acababa de romper su última esperanza.
            –Anda, vamos fuera –Sergio trató de consolarla mientras la conducía a la calle–. Buscaremos un policía para que te devuelvan al centro de acogida.
            –No quiero volver, lo odio –dijo ella–. Déjame quedarme aquí contigo.
            –Ni hablar –se negó Sergio–. Este no es lugar para ti. Eres…
            –¿Soy qué? –replicó ella , desafiante– ¿Pequeña? ¿Una chica? ¿Qué me diferencia de ti?
            Sergio pensó la respuesta y no se le ocurrió ningún argumento válido para no herirla, así que esgrimió la verdad con crudeza.
            –Eres la competencia. ¿De qué vas a vivir? Apenas alcanza para mí, imposible para dos. Y yo llegué antes. Lo siento. Pero te prometo que, si yo encuentro una cosa mejor, te llamaré para que ocupes mi sitio y te libres del centro de acogida de una vez por todas. Hasta entonces, has de volver. Yo no puedo ocuparme de ti.
            –Padre tenía razón –murmuró la chiquilla–. Eres igual que madre. Cuando nacimos se quedó contigo y a mí me abandonó. No quería más mujeres en casa porque temía la competencia. Fue capaz de despreciarme por ser hembra, y ni padre ni yo se lo perdonamos nunca. Ahora tú me desprecias también porque no quieres compartir lo poco que tienes. No te mereces tenerme cerca. No sé por qué me he molestado en buscarte.
            Y dicho esto, se marchó. Sergio, atónito, se quedó pensando en las palabras de ella. No sabía ni su nombre, pero era su hermana. O al menos, eso había dicho. Se acercó a la tumba junto a la que la había encontrado, y leyó el nombre del ocupante. Un tal Sergio Marín. ¿Podía ser cierto que ese fuera su padre? Quizá, pero ahora ya le daba igual. Ningún muerto iba a proporcionarle nada de lo que pudiera necesitar, y ni siquiera el saber que tenía una hermana hizo que cambiase lo más mínimo sus planes. Tal vez era egoísta a los ojos de los demás, pero para él era una simple cuestión de supervivencia. Su corazón, a esas alturas, ya era tan duro y frío como las lápidas que limpiaba.
            Se encaminó a la caseta del guarda silbando una canción, y pensando en que el día siguiente había programados dos entierros, y uno de ellos era de alguien importante. Tal vez sacase suficiente para comprar también una corbata negra que le hiciese parecer algo mayor. Así a lo mejor las propinas aumentaban.
Sergio, rechazando a su hermana, había perdido la poca humanidad que le quedaba.

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