martes, 18 de octubre de 2011

COMERSE EL MUNDO

         Cristina se levantó aquella mañana convencida de que iba a comerse el mundo. Llevaba ya un año buscando trabajo, y todas las expectativas que habían ido surgiendo se habían estropeado en el último momento, de modo que su ánimo se había ido consumiendo poco a poco hasta quedarse en nada. Pero aquel día era distinto. Cristina se sentía distinta.
            No recordaba haber dormido tan bien en mucho tiempo. No sabía si había soñado o no, pero algo tenía que haber pasado, porque se levantó pletórica. Se duchó, se puso crema por todas partes, se secó el pelo con esmero, se planchó los rizos hasta dejar su melena lisa y sedosa, como a ella le gustaba. Maquilló sus ojos marrones y sus labios, pero no sus ojeras, porque ese día no se sentaron bajo sus ojos para arruinarle la imagen que el espejo le devolvía. Por primera vez en bastante tiempo, se vio guapa. Sonrió para aplicarse el colorete, y no le costó trabajo mantener la sonrisa.
            No puso la televisión para desayunar: no quería que las noticias le amargasen la mañana. Se hizo un zumo, un café, sacó los cereales con chocolate y saboreó la primera comida del día con verdadera glotonería. Adoraba el zumo de mandarinas, el café arábica y el cacao. Después eligió su mejor blusa y una falda lápiz que le quedaba perfecta, unas sandalias de tacón y un rojo para los labios que quitaba el hipo. Ella, sus ganas y su carpeta de currículums salieron a la calle rumbo a la parada del autobús. Destino: un polígono industrial con más de trescientas empresas censadas. Hoy iba a ser su día.
            Mientras esperaba el bus comenzó a llover. No tenía paraguas. Vaya, qué contratiempo: su melena volvió a llenarse de rizos en pocos minutos, arruinando media hora de trabajo con la plancha. Pero bueno, no pasaba nada. Era peor el tema del calzado, porque el aguacero se hizo tan intenso que el agua comenzó a correr en pequeños riachuelos mojándole los pies. Cristina cerró los ojos ante la desagradable sensación del agua fría y sucia entrando por todas partes en sus mejores sandalias.
            En el autobús no había asientos libres, pero ya estaba acostumbrada a ir de pie, así que se arrinconó contra una de las barras y miró por la ventanilla. Continuaba lloviendo. Llegó a la estación para coger el tren de cercanías, con tan mala suerte que al subir se rompió el tacón de una de sus sandalias. “Estupendo”, pensó. “Y ahora, ¿qué?”. Se quitó el calzado, apoyó el zapato sano en un bordillo y partió el tacón que le quedaba, era la única manera de caminar decentemente. No pasaba nada, en cuanto tuviera trabajo se compraría un par de zapatos de tacón espectaculares. Sus sandalias favoritas eran un sacrificio pequeño.
            El polígono industrial estaba encharcado por el aguacero. Los vehículos que circulaban por sus calles parecían conducidos por autómatas ciegos que no evitaban los charcos, y Cristina se vio rociada un par de veces por el barro de la calle levantado por alguno de esos coches. Vertió sobre ellos todas las maldiciones que se le ocurrieron. Llevaba treinta currículums en la carpeta, y dejó el primero en una empresa de reciclaje de aceites.
            Cuando dejó el número veinte decidió volver a casa. Llevaba cuatro horas caminando con unas sandalias de tacón sin tacones, estaba empapada, con el pelo chorreando, su falda y su mejor blusa manchadas de barro por las salpicaduras de los coches, el rímel corrido hasta el punto que parecía un mapache mojado… y aun así algo le decía que no se diese por vencida.
            De camino al apeadero del tren hizo un último intento, y entró en una pequeña nave. Hacían bordados por ordenador. Cristina entró, tenía un aspecto espantoso, pero lucía una sonrisa de ánimo inquebrantable que conquistó a la jefa de recursos humanos; la miró de arriba a abajo, y se dio cuenta de que alguien capaz de seguir caminando en las condiciones en las que ella lo hacía era capaz de afrontar cualquier problema que pudiera surgir.
            Cristina, la jefa del departamento de administración de la empresa de bordados industriales que la contrató, sabe que el espíritu con el que se afrontan las cosas es uno de los factores más importantes a la hora de valorar a las personas. Todo se puede poner en contra, pero hay algo que nadie nos puede quitar: las ganas de luchar. Mantenedlas. Todo lo demás llegará.

1 comentario:

  1. impresionante, como siempre... Tenemos tanto que aprender... y que no sea UN DIA, sino intentar que CADA DIA sea así, que esa actitud se mantenga!!!

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