lunes, 10 de octubre de 2011

CUANDO SE TE PIERDE UN NIÑO


            Todos los que somos padres hemos experimentado alguna vez esa sensación: te metes en un centro comercial, o en una tienda llena de gente, te despistas un segundo y cuando vuelves la vista hacia donde estaba el niño, ya no le ves. Aún sientes el calor de su mano en la tuya, pero miras alrededor con desesperación y no lo encuentras. No le ha dado tiempo a ir muy lejos, piensas. Pero no está por ningún sitio. En el segundo número quince ya sientes pánico. En el número treinta se te hace de noche, y en el treinta y cinco el estómago se te encoge pensando que alguien se lo ha podido llevar mientras tú mirabas algo tan estúpido como un bote de tomate o unas zapatillas de deporte. Lo más probable es que en el segundo cincuenta le veas asomar detrás de una estantería, o te llamen por la megafonía del hipermercado para que vayas a buscarlo. En ese momento se pueden dar varias reacciones: que le des un azote por irse de tu lado, cosa que no sirve de nada porque a esas alturas el enano está bastante más asustado que tú (que ya es decir), que lo cojas en brazos para consolarle la llantina y lo achuches tan fuerte que lo dejes medio asfixiado, o que te eches a llorar como una magdalena porque pasaste más miedo que en todo el resto de tu vida junta.
            La mayor de mis hijas se me perdió una vez cuando tenía dos años. Fue en Torrevieja, en un outlet de prendas deportivas, una tarde de agosto. Allí había más gente que en las fallas de Valencia, casi no se podía andar. La solté un segundo de la mano para alcanzar unas zapatillas de su talla, y se esfumó. Comenzamos a buscarla desesperados, pero no estaba. Mi marido se fue a la puerta, le preguntó al guardia de seguridad, pero aquel dijo que allí entraba y salía mucha gente cada minuto, y que él estaba para vigilar robos, no secuestros (le habría dado un guantazo en ese momento que le hubiera dado la vuelta a la cabeza como a la niña del exorcista). Gateé por toda la tienda, buscando ver sus piececitos por debajo de algún expositor. La gente me miraba como si estuviera pirada. Me metí en todos los probadores a ver si alguien se escondía con ella en alguno. Imagináos los gritos de las personas que estaba dentro… bueno, no me entretuve tampoco en escucharlos. La niña no estaba en la tienda, y por mi cabeza pasaban los pensamientos más negros a toda velocidad. Salimos a la calle, el paseo marítimo estaba petado de veraneantes, y no tiene barandillas hacia el mar. La niña se podía haber caído. Escudriñamos a derecha e izquierda, me asomé al agua muerta de miedo, pero no vi ni rastro. Mirábamos a la gente, por si alguien la llevaba en brazos. Recuerdo la taquicardia, las lágrimas que me caían sin control, el temblor de mis piernas, la angustia cuando comencé a gritar su nombre para ver si me contestaba. Pero no la oía llamarme, mi niña no estaba y yo… yo la había perdido. Desesperados, nos dimos la vuelta para volver a entrar en la tienda. Quizá habíamos pasado algún rincón por alto, o alguien la había encontrado. En ese momento, con el teléfono en la mano para llamar al 112, la vimos. Estaba dentro del escaparate, colocando las camisetas de los expositores. Desde el interior era imposible verla. Ni siquiera estaba asustada, sólo jugaba a ordenar las prendas por colores. No fueron más que cuatro minutos, pero qué cuatro minutos. Varias horas después yo aún no había parado de temblar, y aún hoy, nueve años más tarde, alguna noche vuelvo a soñar con el episodio del escaparate.
            Después de eso, mi niña pequeña, que va bastante más por libre, se me ha despistado varias veces: la he perdido en un Carrefour, en un teatro, e incluso se me perdió este verano en la Ópera de París, y en cada ocasión tuve mi ración de angustia y un mal rato, pero aquella primera vez se me ha quedado grabada a fuego.
            Hoy me ha vuelto aquel episodio a la cabeza al ver en las noticias que han desaparecido dos niños pequeñitos en Córdoba. Yo prometo mantener los ojos bien abiertos. No soy muy de rezar, pero en ocasiones como esta aún me atrevo a hacerlo, porque conocí, durante unos minutos, la sensación de querer morir a cambio de que mi hija apareciera sin daño. Nadie se merece pasar por eso.

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